Vicio y subcultura Nostalgia de Mariló Montero

La extraña ausencia televisiva de Mariló Montero sirve a Blánquez para expresar su nostalgia por un España, la de hace apenas cuatro o cinco años, más disparatada, más sexy, más frívola y más divertida.

Mariló Montero
Javier Blánquez | 27/08/2018 - 11:23

España aprendió el significado de la palabra MILF gracias a Mariló Montero, y desde entonces, como no podía ser de otra forma, tenemos a Mariló en un lugar privilegiado del altar privado de mujeres esenciales en nuestra vida.

Si los recuerdos fueran un panteón en el que se conservan las efigies mentales de las diosas de nuestro paso por este valle de lágrimas, habría todo tipo de divinidades ahí guardadas: cada cual tenemos nuestro canon de señoras estupendas, mozas primaverales, primeros amores, mitos eróticos y otras perfecciones de la naturaleza, y qué duda cabe que Mariló, durante unos pocos años, marcó época, en especial durante el periodo comprendido entre 2010 y 2014, cuando ella tenía 45 años y los siguientes, que es posiblemente la edad adecuada para ser MILF.

Mariló aparecía en ‘Las Mañanas de TVE’, el programa despertador de la televisión pública, compitiendo por la audiencia con otras bestias de la comunicación –y también de la milfería– como Ana Rosa Quintana y Susanna Griso, y si elegíamos darle datos de audiencia favorables al ente público, y no a la competencia privada, era porque Mariló hacía que se alborotaran las hormonas de una manera imprevista. Con ella renacía el paradigma clásico de la mujer española, racial, tempestuosa, morenaza, con chasis reforzado, una Carmen del siglo XXI, borrascosa y fatal, que nos llevaba por el mal camino.

Mariló Montero

 

Mariló, en definitiva, era una nueva adquisición para esa vitrina de trofeos admirables de la Feminidad Española en la que también han estado, en sus años de esplendor, bellas y perfectas construcciones de la naturaleza como Carmen Sevilla, Sara Montiel, Marta Sánchez, Victoria Vera, Nadiuska, Terelu Campos y Neus Asensi: la fémina ibérica de figura favorable a los derrapes, de arcos rotundos, pelazo al viento, rasgos fieros y consistencia fuerte, mitad bella mitad tanqueta.

Cada cultura tiene su canon, sus mitos, sus referentes –por ejemplo, en Alemania están desde hace años debatiendo si a Heidi Klum habría que conservarla tal cual está ahora y depositarla en cualquier Staadtmuseum, para que la posteridad la admire como se admiran los poemas de Schiller–, y por eso Mariló Montero adquirió en cierto momento una estatura cultural admirable, tanta como en Francia tienen a Jane Birkin y en Inglaterra a Katie Price, más conocida como Jordan. Son mujeres que trascienden el tiempo y el espacio, las clases sociales y las culturas de origen. Son la argamasa de la nación, y cimientos sólidos de la civilización occidental. Si Helena desató la guerra de Troya, la navarra Montero podría haber propiciado un nuevo Roncesvalles.

 

De casta

Decimos navarra, y no andaluza, porque aunque Mariló siempre ha tenido un deje salado y un acento fácilmente confundible con el de Sevilla capital, ella nació en Estella –allí donde se asentó la corte del rey pretendiente Carlos, y donde el Marqués de Bradomín va a visitarlo en la trama de la ‘Sonata de Invierno’ de Valle-Inclán–, rodeada de viejos castillos navarros, de montañas, valles verdes, lluvia fresca y naturaleza salvaje.

Aquí a veces hablamos de las diosas griegas, pero Mariló, por sus orígenes épicos, nos encajaría mejor en la mitología nórdica, como una Frida de mirada gélida como el acero. Pero incluso así, Mariló lleva a Sevilla en la sangre en proporciones comparables a las de Curro Romero, y es que en 1991, cuando llevaba poco tiempo siendo chica Hermida –un concepto muy de la España de antes, que conviene explicar a los jóvenes: Jesús Hermida era un presentador de televisión que hablaba raro, con pelazo, que se rodeaba en cada programa de mujeres muy españolas–, encontró el amor y el amor le llevó a orillas del Guadalquivir.

Mariló Montero

 

Aquí es cuando decimos, abierta y públicamente, que de mayores, si tuviéramos la oportunidad, nos gustaría ser como Carlos Herrera, su ex marido y padre de sus hijos. Ha llegado un momento en el que es imposible ocultar más la admiración que sentimos hacia el presentador de las mañanas de radio en la COPE, y no por los programas, puesto que no le escuchamos demasiado –aquí somos más de ‘Es la Mañana de Federico’–, sino por sus cuentas de Twitter e Instagram.

Herrera es el mayor prescriptor sobre comida que podemos encontrarnos en internet, una estrella de la gastronomía que diariamente nos muestra lo que ha comido, lo que ha cenado e incluso lo que ha merendado, ya que uno de sus hobbies es pasarse por restaurantes, pedir lo mejor de la carta, comérselo hasta dejar el plato vacío, y luego publicar la foto que ha hecho justo antes de empezar a devorar. Herrera es un ejemplo para los más jóvenes: se recorre el Camino de Santiago, se pone como el tenazas y, durante veinte años, fue pareja de Mariló.

 

La consagración

La fama de Mariló Montero a todos los niveles, de hecho, se produjo durante la fase de divorcio y la posterior de soltería.

La relación con Herrera duró hasta 2011, y fue por aquel momento cuando podíamos regalarnos viendo por la tele esas cejas negras, la tez morena, esa plenitud sexual de la mujer madura que, volvemos al origen del texto –disculpen la digresión–, hizo que mucha gente descubriera el significado del concepto MILF.

Mariló Montero

 

MILF significa ‘mother I’d like to fuck’, y se refiere a esas señoras maduras, y preferiblemente procreadoras, que mantienen la fortaleza y el esplendor de sus años de juventud. Antes, el concepto MILF se canalizaba a través de expresiones como “madres que están más buenas que sus hijas”, algo que suele darse sobre todo en la alta sociedad, pero el lenguaje específico del porno a veces obra milagros, y sus palabras totémicas acaban saltando a la vida real. Sin ninguna duda, Mariló era una MILF de cabeza a los pies.

Lo que nos gustaba de ver la tele no eran las polémicas, o las meteduras de pata, que fueron uno de los sucesos anecdóticos y jocosos que hicieron que la popularidad de Mariló se disparara hasta la estratosfera. Recordarán episodios como el del órgano de un asesino supuestamente trasplantado en una persona buena, y su reflexión –muy de la escolástica medieval, casi influenciada por Santo Tomás de Aquino– sobre si alma podía ser troceable, y pasar de un cuerpo a otro, o aquella vez que le preguntó a Anne Igartiburu, su rival más evidente en las mañanas del Ente, si se sentía un poco oxidada, después de varios meses sin hacer televisión tras haber dado a luz a su primer hijo.

 

Pantera televisiva

Pero más allá de eso, lo que nos mantenía pegados a la tele eran los momentos en los que Mariló se levantaba del sillón, se paseaba por el plató y, por ejemplo, se iba a cocinar.

Mariló Montero

 

Los movimientos de Mariló, que más bien eran movimientos de pantera, terminaron de modelar su figura y su impresión felina. En plena crisis, y cuando más necesitábamos que nos levantaran la moral y nos mantuvieran el ánimo elevado, Mariló era para la audiencia como un bálsamo reparador de sex appeal ibérico. Cada mañana en la pequeña pantalla era un triunfo de la naturaleza contra la civilización, ya que lo suyo era un arrojo salvaje que sólo habíamos visto antes en la sabana africana, cuando en los documentales de vida salvaje se tomaban imágenes de una leona cazando a una gacela. Mariló tenía esa fuerza.

Y, de repente, desapareció de la parrilla. En dos años se le ha visto muy poco: alguna entrevista en un periódico, una aparición en ‘El Hormiguero’… Mientras Carlos Herrera está completamente on fire y ha convertido sus paseos por España en un espectáculo y una demostración apabullante de liderazgo, su ex mantiene el perfil bajo, quizá a la espera de regresar, o quizá especulando con el tiempo para convertirse en mito.

Sea lo que sea, todo será bueno, pero que nos lo aclaren ya, para decidir si hemos de prolongar nuestra nostalgia de Mariló, o hacerle ofrendas –toros y corderos sacrificados en el altar– como hacían los antiguos a sus dioses. Y más diosa que Mariló, coincidirán con nosotros, no se nos ocurre que haya nadie (o, dicho en vulgar, haiga naide).

 

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