Vicio y subcultura Nostalgia de Pocholo

A Blánquez le corroe la añoranza por la España de antes de la crisis, cuando referentes jurásicos del canalleo y del desmadre como Pocholo Martínez-Bordiú dominaban la noche sin darse tregua ni hacer prisioneros.

Pocholo
Javier Blánquez | 16/08/2016 - 10:16

La gente normal lo recuerda como aquel rubio simpático que salía por la tele y hablaba raro, atropellando las vocales, como si tuviera un zapato en la boca, el que nunca se separaba de su mochila. Pero hay otra España más golfa, aficionada a la noche, a las vitaminas y al despendole, a la que la mochila de Pocholo le toca un pie y lo que más admiraba de nuestro hombre era la capacidad sobrehumana para ir enlazando noches de empalme y euforia, para aguantar en pie en las discotecas hasta el final, el que hacía temblar a los camellos cada vez que sonaba el teléfono.

El grito de guerra de Pocholo era ‘fiesta’ –alargando tanto la ‘a’ que se convertía en un gorjeo ahogado, como si en vez de voz de hombre fuera sonido de cuervo, algo así como ‘fiestaaaaaaarghhhhhh’–, y todo lo que no fuera vivir al límite las horas siguientes a la caída del sol era para él como tirar el tiempo a la taza del wáter. Pocholo hizo del pajareo un arte. Pocholo no comía techo. Para toda una generación, fue el faro y guía de una vida hedonista sin descanso. ¿Descansar? Ya descansaríamos cuando estuviéramos muertos.

 

Aristocracia canalla

La fiesta salvaje tiene sus propios mitos. Los alemanes tienen a Techno Viking, aquel hombre musculoso y wagneriano, de larga melena rubia trenzada, mostacho al estilo Bernd Schuster, que jaleaba a las hordas de ravers en alguna Love Parade de tiempos remotos.

Los ingleses han tenido a Bez (sí, el tipo de la foto de más abajo), aquel sujeto dentro de la banda Happy Mondays cuya única ocupación era tocar las maracas, agotar las existencias de éxtasis, meterse unos tiritos en el backstage y bailar como si estuviera poseído por un demonio medieval.

Bez

¿Qué tenemos nosotros? En ese aspecto, ni los festivales tipo Sónar, ni los clubes punteros de Madrid o Barcelona, ni la escena de dj’s nacional, han sabido crear un mito de tan largo alcance. Pero tenemos a Pocholo.

Pocholo era la personificación de Ibiza, de la fiesta rimbombante, de la capacidad innata para diseñar una ruta nocturna que le llevara de Space a Amnesia, con remate en Pachá, sin pagar entrada nunca, con todo gratis y abrazos de los dueños. Tanta era la dedicación de Pocholo a la marcheta que todo lo demás le daba igual, nunca quiso ser un gurú, ni vivir del cuento, como las celebrities de Instagram. Él salía, bailaba, y dio la casualidad de que lo contó en la televisión.

Al salir en entrevistas –durante unos años fue un clásico de ‘Tómbola’– y realities como aquella gloriosa edición de ‘Hotel Glam’ en la que acabó eyaculando en el pelo de Yola Berrocal, esa mujer de pellejo colgante y silicona firme, conocimos al verdadero Pocholo. Algunos ya lo teníamos fichado y sabíamos que era dios, pero como cualquier personaje singular que merece la pena, le llegó el momento de volverse mainstream.

Pocholo

 

Asaltar los cielos

Pocholo Martínez-Bordiú, conde de Gotor, sobrino del Marqués de Villaverde (el yerno de Franco), fue uno de los muchos parientes directos que le salieron díscolos al dictador: su prima Mery, la que se acabó casando con Jimmy Giménez-Arnau, fumaba más porros que Bob Marley, y Pocholo se volvió hippie, le dio por el ácido y por Ibiza, y desde muy temprano se instaló como espíritu libre en la isla, practicando el esquí acuático y el surf, recorriendo senderos y amaneciendo en calas, y desde los años 70 hasta su época de máximo esplendor, a mediados de la década pasada, fue una presencia inevitable en las noches de ese rincón del mediterráneo que estaba reescribiendo la historia de la música electrónica.

Pocholo mantuvo un perfil bajo durante muchos años. Le conocían los gestores, los dueños de discoteca, los dj’s locales, era normal encontrárselo en el Café del Mar mientras, al estilo de los atardeceres de Santorini, se hundía el sol en las aguas en una majestuosa puesta de sol mientras sonaba cualquier disco de The Orb, y por aquello de que había sido sobrino de Franco, y que sus parientes próximos –Francis, Carmen, etcétera– aparecían con frecuencia en las páginas del ‘¡Hola!’, a él también lo tocó una pequeña cuota de popularidad miocárdica, en el entorno de la prensa del corazón. Pero a Pocholo le daban igual la aristocracia y el famoseo, porque tenía una alternativa mejor: tenía el house, tenía el techno, tenía el acid, tenía la fiesta, joder. ¡La fiesta!

Siempre quiso ser dj, y aunque tenía la boca grande y la mandíbula elástica, y un pelazo que tanto le daba para hacerse un moño –que queda muy trance– como para fregar suelos, también tenía manos de mantequilla y muñecas de madera, y hasta un mono tití con párkinson habría sido capaz de cuadrar dos discos mejor que él.

Una vez entrevisté a Pocholo, al poco tiempo del final de ‘Hotel Glam’ y cuando Vale Music le había fichado para publicar un DJ Mix, y lo que transmitió Pocholo era que dentro de su cuerpo de hombretón se escondía un niño. Tenía un sueño: pinchar en Amnesia. Había envidiado el poder de comunicación de artistas como Carl Cox o Sven Väth, les había espiado los movimientos manuales y el contenido de la maleta de discos desde la parte de atrás de la cabina, había estado comprando vinilos y CDs en una tienda de Ibiza, y si algún día le dejaban tomar la alternativa y ser dj por un momento, su vida habría tenido sentido.

Pocholo

 

Pero lo cierto es que pinchaba de pena y su selección musical era terrible, mezclaba sin ningún sentido mugidos de vaca con referencias de Cocoon, y estropeaba una producción de John Digweed con el trino de unos pajaritos, pero en los movimientos era un frenesí impulsado por estimulantes, como un Nando Dixkontrol que en vez de botas militares de caña alta y ropa de camuflaje se presentara en la discoteca con chanclas de dedo, una camiseta de tirantes y un pareo. Hubo una época en la que era salir Pocholo por la tele, a hacer el mónguer, y se te dilataban las pupilas.

 

¿Qué fue de él?

¿Dónde está Pocholo? Pocholo desapareció.

Después de la primera y única temporada de ‘Pocholo Ibiza 06’ –uno de los primeros docu-realities de famosos de La Sexta, avanzado en muchos años al de Alaska y Mario–, apenas se ha sabido nada. Su último momento televisivo fue en 2011, cuando se reencontró el casting original de ‘Hotel Glam’.

Así que, repetimos, ¿dónde está Pocholo? Dedicado a sus negocios, claro. Cuidando del título nobiliario del que es responsable –lo de cuidar es un decir, no tiene herederos directos–. Así pues, está escondido en Ibiza. Ya no acepta entrevistas, mantiene un perfil bajísimo, ahora la fiesta se la monta en casa.

Imaginamos que seguirá manteniendo el nervio, y que seguirá yendo a los afters de Ibiza de incógnito porque mala hierba nunca muere, y Pocholo no es de los que se jubila ni de los que se cansa, antes morirá de pie en una zona VIP que se aburrirá en su sala de estar viendo unos documentales de naturaleza.

Pero aún así, nos ha dejado un vacío. Pocholo tenía algo muy Väth, que era el de ser la representación gráfica del ponerse hasta las trancas y contagiar las ganas de salir. Era verle y la sangre se encendía. Pocholo nunca bajaba el brazo, su alerón emanaba efluvios de feromonas y eau de reenganche, era de los que pateaba el suelo con 130 golpes por minuto.

¿Quién es ahora el hombre que representa a la fiesta en España? ¿Albert Rivera en noche de elecciones? ¿Guti cuando trasnocha en el programa de Pedrerol? Pues vaya puta mierda. Que vuelva Pocholo. Lo echamos de menos.

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