Vicio y subcultura Obsesionados con Amy Adams

La nueva protagonista de nuestras obsesiones es una belleza madura nacida en Italia y criada en Castle Rock, Colorado. Pronto tendremos dosis semanal de Amy gracias a la serie ‘Sharp Objects’.

Amy Adams
Javier Blánquez | 17/07/2018 - 13:59

Hay un culto casi secreto del que casi nadie habla, hay una obsesión compartida por millones de personas en todo el mundo que hasta ahora no ha encontrado la manera de crear conexiones que permitan que nos comuniquemos y aflore la verdad de manera natural y mayoritaria.

Este culto existe porque muchas veces nuestras pasiones las llevamos en silencio, recatadamente, sin llamar la atención, no sea que alguien te ponga una denuncia por pensar, o simplemente porque se da por entendido que las cosas son siempre de la misma manera, porque no hay un razonamiento lógico que lleve a disentir.

El culto secreto es el que afirma que Amy Adams es, posiblemente, la actriz más atractiva y magnética de su tiempo, a pesar de que no sea ni la más guapa, ni la más alta, ni la más esbelta ni la más radiante. Para eso ya tenemos a Beyoncé o a Irina Shayk, por ejemplo, que son al cuerpo femenino lo que el número pi a las matemáticas. Amy Adams, en cambio, es una abstracción, la suma de elementos dispares, desorganizados, obrando el milagro de la perfección de la naturaleza.

 

Madurez radiante

Seguramente, todo aquel que se haya sumado a la secta de Amy lo ha hecho después de un largo proceso y sin querer, sin darse cuenta hasta que ¡zas!, ha sucedido.

Amy Adams es una mujer que siempre ha estado allí: empezó a salir en películas con poco más de veinte años y ahora tiene 43, tan bien llevados como en su momento los llevó Marisa Tomei –y los sigue llevando aún; señores de Marvel, vayan preparando más películas de Spider-Man–, y en todo este tiempo no la hemos visto cambiar, sino madurar, asentarse, mejorar en la propuesta de fondo.

Amy Adams

 

Al final, el aura que proyecta Amy se resume en un concepto que nos reconcilia con la bondad de nuestra naturaleza: nos gusta Adams porque hay mujeres con las que querrías pasar una noche, un mes, unos pocos años –los mejores, aquellos en los que la primavera se realza orgullosa–, pero a Adams la querrías para toda la vida, y a poder ser tener réplicas y hasta una copia en vitrina, por lo que pudiera pasar.

Y toda la vida hemos estado con ella, en la distancia, aunque sin saberlo se nos aparecía siempre cálida en la pantalla. La recordamos en Atrápame si puedes, aquella comedia de Spielberg, que está entre las películas malas de Spielberg, pero que precisamente por ella vale la pena revisarla, y luego empezó a aparecer en un montón de basurillas coyunturales, flops de taquilla, trabajos modestos, hypes de corto recorrido en el que tenía papeles secundarios, como en La duda (2008), La guerra de Charlie Wilson (2007) o incluso El luchador (2010) de Aronofsky, donde estaba eclipsada por Marisa Tomei, precisamente (si usted no creía en la serendipia, o en la rueda del dharma, revise sus ideas).

O sea, fue ocurriendo que durante una década íbamos viendo a Amy por los sitios, y nos transmitía algo, pero estaba tan poco tiempo en pantalla, y había tan pocas réplicas de su imagen en los periódicos e internet al día siguiente, que no terminábamos de afinar la atención. Y, sin embargo, era imposible no reconocerla: pelirroja, sonriente, con unos ojos azules y profundos como el Pacífico, voluptuosa, serena. Si fuera una diosa, sería Ceres.

Amy Adams

 

La consagración

Y entonces ocurrió que varios directores de peso se fijaron en ella y, a partir de 2010, comenzaron a venir los papeles importantes. Primero, Paul Thomas Anderson la reclutó para The Master. Luego, Clint Eastwood le ofreció un papel en La chica de la curva. Spike Jonze la colocó en Her, con un papel de carne y hueso que, sin embargo, no podía rivalizar con la voz de software sexy levemente bañada en cazalla y anís de Scarlett Johannson, hasta que finalmente aterrizó en La gran estafa americana (2013) y la factoría DC le asignó el papel de Lois Lane (¡nada menos que Lois Lane, la novia de Superman!) en la refundación de la franquicia con El hombre de acero, que sin ser una maravilla al menos llegaba al público mainstream, y fue aparecer ella en pantalla y ya estábamos tirando de memoria y preguntándonos lo de la canción de Madonna.

¿Quién es esta chica?

Cuando Amy empezó a acaparar papeles notables y jugosos, estaba en la flor de su madurez, y sin duda ahí empezó el despertar silencioso y colectivo del culto a la mujer que parece normal al principio, y que se vuelve extraordinaria a los pocos minutos. Podemos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que somos legión: si fuéramos adolescentes, tendríamos pósteres suyos en la habitación, y estaríamos viendo on repeat sus últimas películas, ahora ya sí, con papeles protagonistas rotundos, como La llegada y Animales nocturnos, ambas de 2016, papeles con los que hemos descubierto a la Amy que ha superado los 40 y los lleva fabulosamente.

No diremos que es la MILF del momento, porque podría interpretarse como una afirmación irrespetuosa y cosificadora, y no está en nuestro ánimo tratar a las chicas con ese desdén, pero sin duda lo pensamos. Hay madres y madres, y Amy está en ese rol que da gusto.

Amy Adams

 

El culto por Amy Adams y la obsesión asociada se han formado lentamente, también, porque ella nunca ha dado pie a que se arremolinaran a su alrededor los fieles para hacerle ofrendas florales y besar sus pies. Es una actriz atípica en Hollywood, teniendo en cuenta el historial de la industria, porque siempre ha huido de la fama, nunca ha querido llamar la atención, y esto ha sido así porque su nivel de atención e implicación en los proyectos en los que trabaja le ocupan el tiempo completo.

 

Una gran profesional

Amy estudia sus papeles, se mete en la piel de sus personajes las 24 horas del día, y evita tener contacto con el mundo para que no se rompa ni la magia ni su concentración. Sostiene que si la gente conoce muchas cosas de su vida real, luego le resultará menos creíble convencer al público de que sus interpretaciones son reales. Ella quiere ser como una plantilla sobre la que insertar personajes, sin que se sepa nunca qué características tenía por defecto. Y el hecho de que la verdadera Amy se nos oculte, lógicamente, aumenta los niveles de morbo. Nos pasó lo mismo con Eva Green.

Además, transmite la idea de mujer serena, fiel y celosa de su vida privada. Lleva con el mismo hombre desde 2001, el actor Darren Le Gallo, con el que se casó oficialmente en 2015 –seguramente, cuando la posición económica de la pareja ya era próspera y firme–, y con el que tiene dos hijas.

Amy Adams no necesita nada más: tiene su casa, tiene su familia, tiene sus libros y su Netflix, la chimenea en invierno y el aire acondicionado en verano, y se la suda bastante el mundo exterior salvo cuando tiene que ir a facturar, y ese tipo de actitud vital, casi eremita y despectiva hacia los placeres mundanos, qué quieren que les diga, nos representa. Amy es una maravilla de la naturaleza a la que la naturaleza le da bastante igual. Ella quiere que le dejen en paz.

Amy Adams

 

Objetos punzantes

Hemos hablado de Amy Adams porque su nuevo trabajo, que es el papel protagonista en la nueva serie de HBO, Sharp Objects (Heridas abiertas), es lo que estábamos esperando de ella: una ficción negra y realista en la que ella apareciera en pantalla todo el rato, con su melena pajiza y su mirada perdida.

Precisamente, es la autora de Perdida (Gillian Flynn) quien escribió Heridas abiertas hace la tira de años, fue su primera novela, y un ejemplo temprano de lo que se conoce como novela negra doméstica, aquella en la que los crímenes suceden en el ámbito de la familia, o con una subtrama de desintegración del núcleo tradicional de la familia americana.

En Sharp Objects, el personaje de Amy, Camille Preaker, tiene que volver a su pueblo en el sur profundo para investigar la desaparición de unas adolescentes. Ella es una periodista alcohólica en Chicago y no tiene ganas de volver al infierno de su infancia, pero lo hace y ahí comienzan tanto el misterio como los malos rollos con su madre. Es como una mujer neurótica metida dentro de la trama de una novela de John Connolly, y eso, por supuesto, mola mucho.

Lo bueno es que tendremos una dosis semanal de Amy Adams durante este verano y nos daremos el gusto de tenerla en la pantalla, alimentando poco a poco, y con dosis de calidad, nuestra obsesión por ella. Será el mejor estío desde los últimos juegos olímpicos. Hay un culto silencioso, pero empezamos a hablar: somos legión, y ahora todos los sabemos.

 

 

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