El sexo de Lucía Oda a los condones

Porque el sexo debe ser seguro. Por esa razón, Lucía dedica en su rincón del sexo un encendido elogio a los condones, esos artilugios de látex tan útiles y tan necesarios pero con tan mala prensa.

Oda al condón
Lucía | 09/01/2017 - 10:02

Leo con asombro que han empezado a comercializarse unos condones para el vino. Sí, habéis leído bien, son unos profilácticos que se utilizan una vez la botella ha sido abierta. ¿Objetivo? Que el tintorro (en caso de que sea tinto) siga conservándose bien.

La cosa no está mal pensada. Puede resultar práctico y causar incluso una buena impresión con tus ligues eventuales. Imagínate: estás ahí, casi acabando la cena, y de repente te sacas un condón del bolsillo y ella se imaginas que vas a poner el pene sobe la mesa, en un alarde de virilidad. Que ya no puedes esperar más y que lo vais a hacer allí mismo, emulando a los protagonistas de ‘El cartero siempre llama dos veces’ pero sin harina de por medio.

Y no, tú le pones el profiláctico al vino y te quedas tan ancho, después de haber quedado como un hombre de mundo, que controla sus impulsos, tiene costumbres modernas y, ya de paso, no le hace ascos a un buen condón. Porque si hay uno para el vino, otro habrá para vosotros.

 

Usos alternativos

Tampoco viene mal el producto de cara a difundir el uso del condón porque, en general, el mercado ha evolucionado mucho (los hay de todos los sabores, colores, incluso que se iluminan en la oscuridad o con gusto a whisky, por citar solo algunos). Por haber, los hay incluso que rinden homenaje al pasado: se siguen comercializando condones hechos con tripa de animal (no, no es una broma, he aquí la prueba).

Oda al condón

 

O sea, que la oferta es extensa y sin embargo, la demanda deja bastante que desear. Muchas personas siguen siendo aun reacias a utilizarlos en sus relaciones sexuales. ¿Qué pasa con los hombres? ¿Por qué muchos de ellos no quieren usar un método profiláctico tan sencillo, barato y útil?

Sí, me diréis (y con razón), que también hay muchas mujeres que lo van haciendo alegremente, a pelo, a lo loco, yendo por la vida sin miedo al sida, al embarazo o a las ladillas. Lo sé, también sucede con algunas de nosotras, pero a juzgar por mi experiencia fálica, con lo que me encuentro más a menudo es con hombretones reacios a algo tan cómodo y sensato como usar preservativos.

 

Costumbres de alto riesgo

Y digo hombretones porque no hablo de jóvenes alocados, con subidón de hormonas que en un momento dado deciden pasar del condón. No, me refiero a hombres hechos y derechos, policías o militares, científicos o poceros, de 30 o de 40. Incluso de pasados los 55.

Tipos que, por las razones que sean y por raro que pueda sonar, no quieren ponerse un condón ni aunque se lo pida Satán. Ni aunque apeles a su sentido común dedicándoles un discurso sobre enfermedades venéreas que parezca sacado de la web del ministerio de Sanidad, como si te llevases comisión por cada profiláctico que consigues encasquetar en pene ajeno. Nada, no hay nada que hacer: ellos hacen oídos sordos a la voz de la razón y siguen argumentando todo tipo de incoherencias:

  • Que si solo te van a meter la puntita. Como si la puntita no fuese, precisamente la parte que eyacula, además de tan susceptible o más de contagiarte algo chungo como cualquier otra parte del pene.
  • Que solo va a ser un rato. Como si el contagio se produjese solo a partir del cuarto de hora de penetración.
  • Que confías en ellos. Como si el seductor en serie al que acabas de conocer en TInder (un hombre a todas luces promiscuo que, además, insiste en algo tan poco razonable como no usar protección) fuese cien por cien digno de confianza.
  • Que si con el condón sienten mucho menos. Algo que seguro que también te pasa a ti, pero resulta que tú eres una persona a la que también le importa sentirse segura y a salvo después de haber tenido relaciones sexuales.
  • Que si son alérgicos al látex. Y además, no saben que, gracias al cielo, también hay condones de silicona. (gracias, los hay de silicona)
  • Que les gustas mucho y que quieren sentirte a pelo. Y a ti te gustan mucho los albaricoques, pero como te resultan indigestos y te hacen trizas el estómago, has acabado optando por no comértelos, porque tienes dos dedos de frente y sufrir por sufrir es tontería.

Oda al condón

 

A lo hecho, pecho

De verdad, no lo acabo de entender: sí, el ritual de ponerse un condón puede cortar el rollo, pero todo depende de cómo lo enfoques. De cómo lo pongas (¿habéis probado a que os lo hagan con la boca?), del sentido del humor con que te lo tomes, de la complicidad que generes con tu amante.

¿Qué hago yo cuando me encuentro con amantes tercos hasta lo irracional, gente que se enroca en la estupidez del “a mi el sexo me gusta a pelo”? Procuro haber hablado del tema antes para no verme en esa tesitura. En cuanto hablo de sexo con un hombre, le dejo caer que no lo hago sin preservativo.

Si no se dan por aludidos y, una vez en harina, insisten en hacerlo a las bravas, me armo de paciencia y les explico que no entra en mis planes coger clamidia. Me da igual, yo me marco mi sesudo discurso sobre enfermedades venéreas incluso estando en pelotas en la habitación de un hotel, como si estuviese en un ciclo de conferencias sobre salud sexual en la sede de las Naciones Unidas.

Y sí, reconozco que muchas veces no consigo que cambien de opinión. Pero mi alarde de elocuencia siempre consigue, como mínimo, que la erección de mi aspirante a follador kamikaze caiga en picado.

Vamos, que me quedo sin follar. Pero creedme si os digo que, a estas alturas, es mejor acabar una noche de picos pardos en régimen de abstinencia forzosa que jugar a la ruleta con mi salud.

Hay cosas en esta vida que son muy serias.

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