El sexo de Lucía Polvo caníbal

La inquieta y siempre imprevisible Lucía reflexiona esta vez sobre lo lejos que pueden llegar las fantasías sexuales cuando nos dejamos llevar por arrebatos de pasión desbocada.

El sexo caníbal
Lucía | 08/08/2016 - 10:08

Allí estábamos los dos, dale que te pego, en su nuevo pisito del barrio madrileño de las Letras, abuhardillado, con terraza. Una cucada (perdón, que esto empieza a parecer Idealista), si no fuera porque no podías ponerte encima de su verga a lo cowgirl porque te dabas con la cabeza en el techo.

O sea que yo parecía casi el Jorobado de Notre Dame en esa postura que me gusta tanto: la de cabalgar encima de un hombre. Estaba realizando una gesta digna de un acróbata en los Juegos Olímpicos: me debatía entre correrme y descoyuntarme, todo a la vez…

Y ahí estábamos, insisto. Me encantaba follar con este hombre. Su mente perversa me ponía a mil, nunca había conocido a nadie como él, que no tuviera ningún tipo de prejuicio, barreras morales o miedos en lo que a sexo se refiere. Lo había hecho todo, lo había probado todo y a mí eso me excitaba terriblemente. Me pedía todo tipo de guarrerías en la cama (cosas, en fin, que serían tachadas de guarrerías por las mentes más convencionales, quiero decir), que, lejos de asustarme, me enganchaban más a él.

Ya me había corrido un par de veces cuando, no me preguntéis ni cómo ni por qué, empezamos a hablar de lo que nos gustaría hacernos el uno al otro, a fantasear. El comentó que le gustaría rebozarse en mi saliva, que tendría que llenarle un tarro durante una semana y embadurnar su cuerpo con ello cuando nos viésemos. Me miró muy fijamente y yo supe que lo decía en serio. Y entonces me salió del alma: nunca había sentido tal necesidad ni tan siquiera creo que hubiera fantaseado con ello previamente: “Me gustaría comerte”, le dije.

 

Una mente maravillosa

Se quedó estupefacto y le salió una sonrisa. Dejó por un momento de penetrarme y me dijo muy serio: “¿Eres consciente de lo que dices?” “Claro, respondí, no me refiero a cortarte en trozos, congelarte y hacerme un guiso con tu cuerpo, sino a quitarte un trozo de tu carne, muy finito, de un sitio donde no se vea mucho la incisión, y comérmelo como si fuese un carpaccio de ternera. Acompañado de una buena copa de vino tinto, claro está”.

No, nunca he sentido la menor atracción por Hannibal Lecter ni por las tribus caníbales, en absoluto. Pero quiero pensar que este sujeto cuyo pene tenía dentro de mí me ponía tan cachonda que no me bastaba con compartir efluvios, fluidos y sudores: quería más y quería llevármelo puesto.

Entonces empezamos a divagar sobre que la próxima vez compraríamos betadine, un bisturí, vendas y todo el resto de parafernalia porque mi amante estaba tan loco o más que yo y se prestaba al juego de que me comiese un trozo de su cuerpo. Y lo vuelvo a repetir: no buscaba cercenarle el pene (Dios me libre, si era lo que más me gustaba de él), lo que me ponía era practicar ese juego malévolo de posesión y esclavitud en el que uno hace y el otro se deja hacer. Totalmente entregado.

Acabamos de follar, hartos de corrernos y sudorosos pero con la mirada encendida, con una llama nueva, la de haber traspasado aunque fuera mentalmente, otro obstáculo.

Después de aquello, no volvimos a vernos, “carnalmente” quiero decir. Creo que al final quizás sí nos asustamos y preferimos quedar como “amigos”, no fuera a ser que saliésemos en las Noticias porque se me fuese el bisturí y acabáramos en Urgencias.

No he vuelto a tener este pensamiento: creo que fue algo a lo que nos llevó esa pasión arrebatadora que sentíamos el uno por el otro, esa locura que manifestábamos en la cama, donde no éramos más que dos enajenados mentales follando como animales, queriendo siempre más.

Y todo esto fue lo que le conté al juez…

Sexo caníbal

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One Response to Polvo caníbal

  1. LUISSAEZRIVAS dice:

    ESBUENO

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