Historias del porno Por orden del arzobispado

Paco Gisbert nos lleva de vuelta a una España (no tan lejana) en que el porno era considerado sacrílego. Un atentando contra el decoro y las buenas costumbres que, por supuesto, podía prohibirse en cuanto llegaban las festividades religiosas.

Porno vintage
Paco Gisbert | 15/12/2016 - 18:00

El porno llegó a España tarde y mal.

En marzo de 1984, casi un decenio después de que la mayoría de los países civilizados legalizaran la pornografía, se abrieron las salas X en nuestro país. Pese a las trabas legales que la ley ponía a los exhibidores (un número limitado de butacas, un gravamen impositivo demencial o la imposibilidad de anunciar en el exterior de los cines más que el título del filme que se proyectaba), la sociedad española acudió en tropel a las salas X. Muchos, por la curiosidad de saber qué se podía ver en aquellos locales con olor a Zotal y butacas con restos de poluciones pasadas. Otros, con la coartada cultural de rescatar clásicos del género que, por la prohibición, habían sido imposibles de ver por estos pagos.

La tardanza en la legalización del porno en nuestro país provocó una avalancha de películas sin ningún rigor histórico. Las programaciones de las salas combinaban cintas contemporáneas con clásicos del cine X, sin que el espectador pudiera discernir si lo que iba a ver era una película legendaria o un porno oportunista sin valores artísticos. Sin embargo, la Santísima Trinidad del cine X (‘Tras la puerta verde’, ‘El diablo y la señorita Jones’ y ‘Garganta profunda’) llegó puntualmente a las pantallas españolas, mezclada con filmes de Seka o los divertidos e improvisados pornos de Jess Franco. Aun reducidas al gueto de las salas X, las películas porno se podían ver. Pero todavía quedaban resquicios del pasado.

 

¡Sacrilegio!

En aquel lejano 1984 quien esto escribe apenas había superado los 20 años. Y, la verdad, tenía ese punto transgresor que acompaña en muchas ocasiones a la juventud y que, en el momento que se pierde, te avisa de que te vas haciendo mayor. Y pocas cosas más transgresoras se podían hacer nueve años después de la muerte de Franco que ver una peli porno el día más religioso del año. Así que el viernes santo de aquel año fui con dos amigos a ver ‘Garganta profunda’ en una sala X de Valencia.

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El estreno de ‘Garganta profunda’ había pasado desapercibido en España, acallados ya los ecos de su polémica presentación en los Estados Unidos. Aquí era una película X más, solo que con algo más de historia que la mayoría de las que se proyectaban en los cines.

Fuimos a la sesión de la noche. La película se proyectaba en una vieja sala del centro histórico de Valencia que, no muchos años antes, había albergado la filmoteca y un cine de arte y ensayo. La fiebre del porno había hundido a ‘El acorazado Potemkin’. Pero, al llegar a la sala, descubrimos que estaba cerrada. En los pasquines exteriores se anunciaba que la película que debía proyectarse era ‘Garganta profunda’. No obstante, no había ningún cartel que explicara por qué aquel local estaba cerrado a cal y canto.

Al cabo de unos minutos de llamar insistentemente a la puerta, apareció un hombre de mediana edad que parecía el encargado de la sala. Nos preguntó qué hacíamos allí, a esas horas de la noche (tampoco era para tanto, no serían ni las diez y media), y le respondimos que queríamos ver la película. El hombre, que parecía sorprendido de que tres chavales se acercaran a una sala X en viernes santo, solo respondió: “Hoy no hay sesión. El cine está cerrado por orden del arzobispado”. Los fantasmas del pasado habían resucitado. Y nosotros, en vez de irnos a casa para entregarnos a la oración y la meditación, nos fuimos a emborracharnos.

Que nadie pìense que esto es una batalla de abuelito. Hace escasamente 15 años, ya en el nuevo milenio, Fernando Trueba y Santiago Segura enviaron una carta a un diario nacional en la que se quejaban amargamente de que Canal + suprimiera la emisión de su porno de los viernes en la semana santa. Poco habían cambiado las cosas.

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