El sexo de Lucía Tirarse a un mamut

Hoy, en nuestro rincón del sexo, Lucía nos habla de especies que se extinguieron hace milenios y de otras que, aunque parecían extintas, siguen apareciéndose en la cama cuando menos te lo esperas.

Sexo con mamuts
Lucía | 12/07/2016 - 10:46

Recuerdo de mis viajes en coche a París cuando era pequeña, aunque no sé si la memoria me juega una mala pasada, unos supermercados vascos que se llamaban Mamut.

También me es familiar el mamut de la película ‘Ice Age’, y poco más sé de estos paquidermos que se extinguieron, hasta que mi amiga Pilar me abrió la puerta de un imaginario que tenía a este animal como referencia en el coito. “Bueno, vaya polvo más desastroso el mío de anoche con este tipo. Primero no me gustó, que era súper pijo, pero bueno, por lo menos me invitó a cenar en un sitio guay. Pero lo peor vino después, en la cama, tía: follaba como un mamut”.

Así me resumió su noche de sexo y no desenfreno y a mí, lo de mamut se me quedó grabadito a sangre y fuego. ¿Cómo sería eso de follar como un mamut? Mal, evidentemente, a tenor de los comentarios de mi amiga, pero, ¿cómo lo haría este tipo? ¿Se pondría encima y haría movimientos aparatosos, de aquellos como si estuvieses acabando un triatlón y no te diesen ya más las fuerzas? ¿Notarías el peso de su cuerpo como si fuese una losa, apenas pudiendo respirar y simplemente sintiendo un cosquilleo entre tus piernas porque evidentemente el mamut tiene un órgano sexual diminuto?

Yo, que soy muy gráfica, me imaginaba a mí misma con un imitador de Jesús Gil, que en paz (o no) descanse, en la cama: con esos pechos más grandes que los míos, esa grasa colgando a modo flotador, ese cuerpo flácido y una respiración entrecortada, la suya, síntoma inequívoco de que le sobraban varios quintales y de que el deporte lo veía por la tele pero no lo practicaba. Follar como un mamut para mí era como una mezcla de coitar a la vez con Jesús Gil, Bertín Osborne y un luchador de sumo japonés: la grasa y la caspa.

 

Qué suerte la mía

Qué afortunada me sentía, pensé, porque nunca había dado con un tipo que follase como un mamut. Hasta que le conocí a él. Era un directivo, como otros tantos de los que abundan por Tinder, y jugador de waterpolo. En las fotos no se le veía fibroso pero tampoco rechoncho, vamos a decir que era un fofisano, que a mí me conviene perfectamente. Si es jugador de waterpolo, pensé, al menos seguro que estará ágil y tendremos para varias horas de sexo porque está acostumbrado a hacer deporte.

Ay, cómo nos engañamos las mujeres: fue terminar el coito y llamar a mi amiga Pilar y decirle “ya sé lo que es follar como un mamut”. Este chaval, porque no llegaba ni a los 40 años, no había follado bien en su vida (qué lástima, por cierto). Si lo tuviese que resumir en dos palabras diría que “follaba cansado”, como harto de vivir, sin ganas.

Y diréis, mentes viperinas, que a lo mejor yo no le gustaba, pero fue él quien insistió en subir a mi casa. Ni hubo preliminares ni historias: pasó a la acción rápidamente y se puso encima y yo me sentí tal cual os describía en el primer párrafo: con un ligero cosquilleo en la entrepierna y casi a punto de ponerme a limarme las uñas. Me debatía entre los pensamientos del artículo del día siguiente y la lista de la compra del Mercadona. “Por favor, pensé, que acabe pronto”.

Él jadeaba costosamente y no porque me embistiera como un toro bravo, como un empotrador. No, le costaba respirar porque éste el waterpolo lo veía desde las gradas, al agua bajaba entre poco y nada. Así estuvo cinco minutos que a mí se me hicieron eternos y me parecieron 50, y me pidió entonces que me pusiese yo encima: “Bien, pensé, a ver si así le siento un poco más, me consigo correr y que se vaya para su casa”.

Sexo con mamuts

 

Yo, que soy de orgasmo fácil, no tardé en llegar al clímax y no me hubiera importado repetir porque soy una pequeña viciosilla, pero el mamut ya estaba cansado (debíamos llevar 12 minutos) y también se corrió. Uff, qué fatigoso todo.

Entonces, en vez de quedarse dormido, como hacen muchos, que a veces es hasta de agradecer, se puso a hablar. Lo nunca visto: un tío a quien un polvo (un mal polvo en este caso) le desata la lengua. Y venga a hablar y yo pensando que a ver si tenía pensado quedarse a dormir.

Después de media hora de soliloquio sobre su trabajo, hizo otra intentona y esta vez los besos me supieron mejor, no era como si me estuviese metiendo la lengua como una taladradora hasta las amígdalas como sucedió en un principio. “Vale, repitamos, me dije, a lo mejor el segundo es mejor”. Entonces fue cuando él, todo gentleman y finura, me puso el falo al lado de la boca y me dijo como quien pide cuarto y mitad de Chóped en la charcutería: “Chúpamela un rato, anda”.

¿Que qué hice? Pues echarle una de mis charlas sobre las enfermedades de transmisión sexual que les deja fríos: Disculpa, yo sin condón, no practico sexo oral, porque, ¿tú sabes lo que te puedes pillar si lo haces a pelo?” Quiso saber, claro, y eso bastó para que se le quitase de la cabeza la idea de volver a intentarlo.

Tened cuidado chicas, no es fácil detectar a un mamut hasta que lo tienes entre las piernas. Y por favor, señores que me leen, caballeros: no sean mamut en la cama, un poquito de por favor..

En fin, mi único consuelo es que a estos sujetos que practican el sexo de esta manera les pase como a los mamuts originales, los que compartieron planeta con los dinosaurios: que se extingan.

Hasta la próxima entrega, amores.

El sexo de Lucía es el heredero en la web de ‘Primera Línea’ de este otro blog.

 

Sexo con mamuts

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