Vicio y subcultura 2015, el año del pene

Las calles reclaman salami, asegura un Blánquez siempre a la última en lo que a vicio y subcultura se refiere. En su opinión, superados tabúes como el del pezón, el glúteo o la vagina. lo próximo que veremos en todas partes, del cine convencional a las pasarelas, son planos frontales de entrepierna masculina con extra de chorizo.

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Javier Blanquez | 03/02/2015 - 12:48

Este texto podría empezar perfectamente con la música de entrada de la serie ‘Star Trek’ y una voz en off, grave y masculina, que dijera: “El pene, la última frontera”.

De todas las partes de la anatomía, masculina o femenina, pocas hay ya que sean tabú. Es cierto que sigue habiendo por ahí mucho censor puritano que tolera el pezón de hombre pero sigue delineando la tira negra cuando se trata de senos femeninos -como si una teta sin alveolo fuera menos teta-, y que tampoco es muy habitual ver alegremente la vulva por el mainstream. Pero llevamos un tiempo en el que la desnudez es cada vez, no solo más atrevida, sino constante; hay flow de carne.

 

El destape

Antes, igual en las revistas, las películas o los programas de noche en televisión, se veía a un señor de espaldas, mostrando la curvada retaguardia. El culo era ocasional, pero era. O a una mujer abriendo los encantos de su pecho con un ágil movimiento de manos para desabrochar un botón. Las faldas se hicieron tan cortas que ni faldas ya eran, y solo quedaba muslo para ver. Con el tanga, lo único que quedaba por mostrar era la sonrisa vertical, que de tan poco escondida se había convertido en la carta robada de Edgar Allan Poe, que parecía oculta precisamente porque estaba perfectamente a la vista.

 

Tanga

 

El caso es que el desnudo ya no intriga como en otras épocas en las que solo era admisible en ciertas galerías del museo del Prado, y no hay que esforzarse demasiado para tenerlo ante los ojos: si alguien quiere ver tetas, las tiene hasta en el Telediario cuando salen las del Femen.

Culos en abundancia, pechugas al por mayor; incluso ya no sería noticia, como en los tiempos gloriosos del cruce de piernas de Sharon Stone en ‘Instinto básico‘, adivinar entre finas sombras el dorado fulgor de un coño depilado. Si han visto ‘Trance‘, la última película por el momento de Danny Boyle, ahí sale Rosario Dawson de frente, como dios la trajo al mundo, exhibiendo generosamente la perfecta rectitud de su vagina, y no un plano fugaz, sino uno largo, para regalarse y quemar pestaña.

 

Rosario

Últimas barreras

No tardará en llegar el día en que, como en el porno, disciplina a la que cada vez le queda menos misterio, tengamos a la vista por todas partes la apertura del secreto, la profundidad del tesoro. Si antaño había la obsesión por tapar, ahora hay el regalo por mostrar.

Pero, atención, no todo. Hagan ustedes memoria. ¿Cuántos penes han visto por ahí, lozanos y sin pixelado japonés? En televisión convencional, diríamos que ninguno hasta que llegó el experimento de ‘Adán y Eva’, sin lugar a dudas un síntoma prematuro de lo que está por venir. En la prensa rosa, igual el de aquellos robados a Alberto San Juan, muy bien acompañado en la playa.

En el cine, está el tremendo rabo de Michael Fassbender en ‘Shame’ como ejemplo principal -y no exento de polémica en su día- de lo que era todavía una práctica restringida, que era la del desnudo frontal masculino con extra de chorizo. Y es que no es fácil: el hombre, si se presenta de manera tan transparente, tal que si su anatomía fueran las cuentas de Podemos o UPyD, se la juega demasiado.

 

Shame

Hay antecedentes: Bruce Willis, que se suponía que tenía que renovar la aristocracia del sex symbol masculino con aquel thriller erótico titulado ‘El color de la noche’, acabó ridiculizado y menospreciado durante un tiempo porque el único plano que salía de su polla, en un polvete en la piscina, sugería que sus dimensiones eran poco menos que las del garbanzo.

 

Genitales de cine

Si la memoria no falla, a Marlon Brando se le veía un cacho bastante generoso en ‘El último tango en París’. Pero como demuestra esta lista elaborada por Jezebel, la famosa web de procrastinación camuflada de periodismo, aunque se puedan encontrar muchos penes sin censura en el cine mainstream, es difícil encontrar más de cinco que sean verdaderamente significativos.

¿Vincent Gallo dejándosela chupar en ‘The Bown Bunny’? Bien, pero demasiado underground. ¿Las escenas de ‘Magic Mike’? Para ser una película de strippers masculinos, poca polla se veía ahí -y ni de lejos se olía la de Channing Tatum, que es la que querrían haber visto sus fans de uno y otro sexo-.

Algunos ejemplos son incluso risibles: en la lista, aparece Ken Jeong, el señor Chang de la trilogía ‘Resacón’, en su momento micropene. Y lo de Mark Wahlberg en ‘Boogie Nights’ era una prótesis, porque ni de lejos él puede emular con lo que gaste las 35 centímetros de John Holmes/Dirk Diggler. ¡Por los clavos de Cristo, si hasta el frontal masculino más célebre, que es el de ‘El silencio de los corderos’, tiene la picha p’adentro porque el psicópata quiere hacerse pasar por hembra ante el espejo!

 

El-silencio-de-los-corderos

Pero ya hay síntomas fuertes, que avanzan, que nos llevan hacia un nuevo escenario inevitable. Antes mencionábamos ‘Adán y Eva’, horrendo programa en el que chonis y neardentales jugaban a la disertación filosófica mientras a unos les colgaba la morcilla y otras hacían todo lo posible por ponerla firme.

Quizá sea insuficiente para pronosticar que 2015 vaya a ser el año de la polla, del mismo modo en que 2014 ha sido el año del porno, aunque ese laboratorio de tendencias que son las pasarelas de moda ya ha dado el primer aviso.

 

¿Un visionario?

Sucedió el pasado 22 de enero, en un desfile en París en el que se pasaban los nuevos trapos, con apariencia de túnica, de Rick Owens: por ahí se paseaban señores a los que, en un cuidado descuido, les asomaba entre los pliegos de la tela el pene bamboleante, unas veces a cubierto tras una sisa, pero otras veces liberado para su estratégica exhibición.

 

Rick Owens

¿Qué pretendía Rick Owens? Lógicamente, hacerse notar, porque no pretenderá que nos vistamos con esos harapos. Y si lo que pretende es que vayamos por la calle con la picha al aire hay opciones mucho más atrevidas como la falda escocesa o el tanga de Borat. Pero ya es un aviso, es otra grieta más en la coraza del tabú: lo que más se comentó de ese desfile fue la osadía de un diseñador a la hora de indicar que ya va siendo hora de que el hombre se airee santa sea la parte, y que lo que viene después de marcar paquete es deshacer el lacito para dejar que cuelguen, con toda su gravedad y peluda redondez, la bolsa de los huevos y la nariz de Mortadelo.

Es un apuesta elevadísima, de las que podrían hacer saltar la banca y llevará tiempo hasta que alguien se tome en serio el órdago.

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Lejos está el día en que la visión del pene sea tan frecuente y normal como la del pectoral, que antes no se veía demasiado –salvo en películas de gladiadores– y ahora está en los campos de fútbol, en los anuncios de colonia, en los conciertos de Morrissey. Tampoco era de buen tono el glúteo de hombre, y desde que Boris Izaguirre empezó a bajarse los pantalones en televisión, mucho trecho se ha recorrido, aunque casi siempre sea en clave gay y escasamente con especímenes heterazos -nota mental: cuando superemos el tabú del cimbrel, habrá que pasar al del ano-.

Ahora bien, el pene es otra historia. Más que nada porque mostrar el pene es una responsabilidad gigantesca, hay que tenerlo todo muy bien puesto como para atreverse a dar el paso, y hay que tener mucho estómago y arrojo para pasar por el quirófano para embellecerse esa parte, como quien se blanquea el ojete y se pone silicona en las ubres.

 

Miley-Cyrus

Porque incluso para el pene hay escalas de belleza, y no precisamente impuestas por la escultura griega o renacentista -los escasos ejemplos que quedan, después de que muchas estatuas fueran mutiladas, como Farinellis de mármol, por las autoridades eclesiásticas provistas de marcillo, cincel y sagradas escrituras-.

Es llamativo que, ni siquiera en el porno, donde hay hombres que se ganan muy bien la vida con tan carnosa y amorcillada herramienta, se haga exhibición orgullosa del taller: unos, porque la tienen circuncidada, y otros, como Manuel Ferrara, porque tienen tanto pellejo que con su prepucio daría para tapizar un tresillo y aún quedaría para levantar una tienda de campaña; otros, porque la tienen bicolor, como la mirada de David Bowie -el tronco oscuro y blanco el capitel-, y los más porque las proporciones no les convencen, unos por gruesa y granulosa, otros porque se les tuerce la punta, como a Marco Banderas, y otros por no tan largas como las de la competencia, que sería el caso de James Deen. Las que son negras porque son muy prolongadas; las que son cortas porque además tiene requesón de serie. En fin, un drama.

La perfección del pene está en la literatura: en las páginas de ‘La gloriosa e insólita hazaña del Cipote de Archidona’, por ejemplo, hercúleo músculo de erección como el Kilimanjaro y expulsión propia de un Etna, que en tiempos de Franco regó un cine de simiente como si fuera un aspersor del Camp Nou tras una victoria de Mourinho.

La glorificación del pene está en piezas de barroquismo castizo como ‘Fábula del falo’, de Francisco Umbral, que es una oda ultra-machista a la polla, o ‘El falo’, de Ángel Antonio Herrera, una copia de lo mismo, pero con más gracia y menos Bataille. Hay coplillas –“tengo un cimbrel matutino con la forma de un pepino, que por delante echa gotas y por detrás le cuelgan dos pelotas”– y recuentos, como la canción ‘Tiene nombres mil, el miembro viril’, de Leonardo Dantés.

 

Arte X

La verga pertenece tanto a la esfera del arte que sacarla de ahí la hace vulgar. Es más: la importancia de tener un buen pene, y saberlo usar, nos la recuerdan los grandes de la literatura erótica, como Sade, Louys, Casanova, Apollinaire. Hay una tradición que pesa como una losa, y que exige al hombre que lo que pende de sus ingles sea tan perfecto, tan infalible, como lo que pintaba Miguel Ángel y ejercita Max Cortés. Hemos aprendido a apreciar la variedad de pechos, pero aún no estamos preparados para mostrar al mundo que cada polla es un mundo, y que este multiverso fálico es a la vez falible.

Pero habrá que hacerse a la idea: las calles reclaman salami en un contexto convencidamente heterazo, y tarde o temprano la frontera ética del rabo, ese tabú que todavía sugiere ocultarlo en vez de humildemente agitarlo como si fuera una serpentina, va a caer derribado.

Todo comenzará con un acto inofensivo y extrañamente simbólico -por ejemplo, un desfile de maniquís- y continuará cuando cualquier estrella popular, sedienta por llamar la atención -por ejemplo, Kanye West-, decida que lo único que queda por hacer es bajarse el calzón y, sin cortes ni trampas, mostrar lo que le cuelga. Y cuando ese momento llegue, sabremos que la polla va a estar rabiosamente de moda.

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