Vicio y subcultura Aquellos maravillosos años del house francés

La última película de Mia Hansen-Løve sirve de pretexto para que Blánquez dé rienda suelta a su nostalgia por esos años 90 en que el house hablaba francés y París era la capital mundial de la música electrónica.

Mia-Hansen-Love
Javier Blánquez | 11/05/2015 - 16:11

Aunque la mayoría sean anecdóticas o tirando a malas, como Berlin Calling (2008), Groove (2000) o Human Traffic (1999), le tenemos mucho cariño a las películas inspiradas en la música de baile y la cultura rave.

Sobre todo porque, a su modesta manera, ejercen de documento permanente para acontecimientos que se evaporan a gran velocidad, y de los que sólo quedan registros incompletos -páginas de revista, discos en vinilo, un vídeo recuperado en YouTube– a menos que alguien consiga resumir una época en un libro especialmente bien documentado, o un documental especialmente bien escrito.

Las películas sobre cultura de club rara vez serán capaces de rescatar las emociones, la música y el impacto íntimo de ciertas épocas –Human Traffic, por ejemplo, trata como puede de la época de los superclubes y el revival del éxtasis a finales de los años 90-, pero al menos se les puede conceder la oportunidad de intentarlo. Y de eso trata Eden.

 

Un toque francés

La primera vez que supimos sobre Eden (2014) fue a las puertas del pasado festival de San Sebastián. La directora de la película, Mia Hansen-Løve, que poco a poco ha ido ganándose un núcleo duro de fans gracias sobre todo a su delicada aproximación a las relaciones sentimentales fracasadas en Un amour de jeneusse (2011), se había propuesto situar su nueva película en el centro de la explosión del house en París, el llamado French touch, y que trajo consigo fenómenos comerciales extraordinarios, como el de Daft Punk, y otros mucho más limitados en el tiempo y su repercusión como Motorbass, Dimitri From Paris o Mr. Oizo. ¿De qué iba esto? ¿Una película sobre fiesteros, sobre dj’s, o la típica historia de jóvenes sin rumbo que, por azar, acaban saliendo mucho de fiesta? La semana pasada se proyectó en el D’A, el festival de cine de autor de Barcelona, y pudimos salir de dudas.

Eden

La historia de Eden está basada en acontecimientos de la vida de Sven Hansen-Løve, el hermano de Mia, un protagonista real de aquellos años del French Touch -su nombre artístico era Sven Love, publicó un maxi en solitario en 2001 y algunos EPs en colaboración con Catalan FC-, y que como tantos otros dj’s del momento, vivió su propia historia de auge (moderado) y caída (sin que a nadie le importara) como djhabitual en fiestas como Cheers o Respect, que fue sin duda el gran acontecimiento nocturno de París en los 90, y que tomaba como modelo de referencia, igual que Ministry of Sound en Londres, el mítico Paradise Garage de Nueva York.

Cuando la película se titula Eden no es únicamente por la sensación de expulsión del paraíso que experimenta Paul, el protagonista, una especie de eterno adolescente que se obceca en vivir de dj y que nunca cambia ni en su gusto ni en sus estrategias de trabajo, aislado en su fantasía, sino también por las referencias constantes a Larry Levan, la pureza del deep house y el contraste entre alma y máquina, calor y frío, del sonido garage.

 

La edad de la inocencia

Eden tiene dos aspectos diferenciados y que contrastan entre sí. Primero está la historia. Las peripecias de Paul no tienen nada de especial: descubre el house y el techno en aquellas raves primitivas de las afueras de París -la acción comienza en 1992, mientras unos jóvenes descienden por la escotilla de un submarino al tiempo que suena el emblemático Plastic Dreams de Jaydee-, y junto con su compañero de fiestas decide formar un dúo de dj’s especializado en garage house.

Todo lo que viene después es el desarrollo de una carrera a partir de decisiones acertadas y equivocadas, algunas lo suficientemente correctas como para ganar dinero, celebridad o la posibilidad de salir de gira, y otras que inciden en la espiral descendente de la autodestrucción: demasiadas drogas, demasiada inestabilidad para sostener las relaciones afectivas, demasiado apego a planteamientos inmaduros.

Por una parte, está bien plantear la historia de un dj como antihéroe que fracasa, en un momento en el que muchos jóvenes creen que esta profesión es jauja. Por otra, hay demasiado candor y lugares comunes en un relato muy poco interesante -y que se desarrolla durante demasiado tiempo; a la película le sobran unos 15 minutos-.

Pero luego están los detalles, el envoltorio, la ambientación, la recreación de un momento. Y ahí es donde Mia Hansen-Løve acierta, sobre todo para quien busque el retrato generacional más que la historia individual. Eden cubre un arco temporal de dieciséis años, de 1992 a 2008. El protagonista no cambia en todo ese tiempo -lo que parece un error de raccord es, en realidad, una metáfora de su incurable síndrome de Peter Pan-, pero sí evoluciona un momento cultural, una industria del ocio; todo aquello todavía nos resulta muy cercano.

Mia Hansen-Love en pleno rodaje

Hay una evidente obsesión por parte de la directora por recuperar el tiempo perdido en muchos de los fotogramas de Eden: los discos de vinilo de la época, la manera de vestir, la forma de relacionarse en los clubes, los diferentes animales de aquella fauna -desde la chica que sólo viene a bailar o ligar a los husmeadores de cabinas que van con el propósito de escuchar música y anotar referencias pinchadas por otros dj’s- y medios de comunicación, como los primeros fanzines o Radio Nova, la primera emisora dance especializada en Francia, donde Cheers acaban teniendo un programa.

Eden no es exhaustiva como retrato del French touch, pero al menos sí escrupulosamente fiel. Prácticamente todos los artistas significativos aparecen citados o sugeridos -el dj de la primera rave podría ser Laurent Garnier; las fiestas Respect fueron reales, y cuando llega un vocalista invitado de Estados Unidos para actuar una noche, podríamos pensar que se refieren a Romanthony; hay dos personajes que interpretan a Daft Punk, se recrea aquella hipotética primera noche en la que se pincha Da funk y Francia pasa a ser el centro del universo dance, otros artistas aparecen referenciados en camisetas, pegatinas o pósters, como Dimitri From Paris, Superdiscount o Cassius. Para quien no sea un geek del house, son detalles que pasarán desapercibidos, igual que la excelente banda sonora -cronológica con la expansión y la contracción final del garage, desde el Promised land de Joe Smooth, al Finally de Kings Of Tomorrow-, pero que le dan color a una película que habría fracasado de no haber tenido ese cuidado en ser fiel al momento.

Eden no es 24 Hour Party People (2002), lamentablemente. Carece de ese entusiasmo y esa energía propia de la música de baile -no por casualidad, Paul es un dj de garage, el estilo más conservador, delicado y soulful; no está hecho para evolucionar hacia posiciones más extremas ni para saltarse las reglas-, y el mensaje final no puede desprenderse de un cierto tufillo moralista. Pero si alguna vez has amado el house, has disfrutado del primer disco de Motorbass o crees que los verdaderos Daft Punk son los de Homework (1997) y no lo que vino después, al menos una vez en la vida hay que dedicarle dos horas a Eden. Y emplear el momento no como fin, sino como medio para recordar aquellos maravillosos años del dance francés. Ahhhh, Francia…

Paul en Eden

Eden, de Mia Hansen-Love

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