Vicio y subcultura Carlos Lozano, uno, grande y macarra

Blánquez acaba de encontrar una razón de peso para engancharse a ‘Gran Hermano VIP’: Carlos Lozano, ilustre superviviente y crápula de manual. ¿Quién si no?

Carlos Lozano
Javier Blánquez | 27/01/2016 - 11:56

Siempre hubo algo perturbador en la imagen de Carlos Lozano, el que fuera el presentador de televisión con las audiencias más jartas entre 2001 y 2004 -por aquel entonces le encomendaron llevar a buen puerto ‘Operación Triunfo’ y se convirtió en el rey de la pequeña pantalla, en el yerno soñado por millones de suegras-.

Lozano venía de pasearse por las pasarelas, de conducir programas como “La ruleta de la fortuna”, era la versión educada de Alonso Caparrós -presentador de ‘Furor’, el formato que, ‘Crónicas marcianas’ aparte, puso de moda, suponemos, lo de ir a escondidas al lavabo a ponerse a punto entre pausa y pausa- y a la vez una evolución cada vez más modernizada de modelos anteriores de presentador como Agustín Bravo o Andoni Ferreño.

Tío grande con planta noble, ligeramente meridional, con camisa de chorreras y chaqueta entallada y -aquí viene lo perturbador- unas patillas delineadísimas, cuidadas hasta la obsesión, que acababan siempre en una perfecta punta afilada. Era ver su cara y parecía que llevara una navaja en cada flanco. Era un macho ibérico de manual, pero a la vez, podía parecer también el típico perturbado que te invita a subir a su Ferrari para ir a rodar una película snuff. Simplemente Carlos.

Y una vez más lo tenemos aquí, y empezamos a comprobar que las sospechas eran ciertas: que a diferencia de Jesús Vázquez, cuyo único vicio conocido debe ser follar, Carlos Lozano tiene un tremendísimo lado oscuro que ha aflorado ahora que es una presa débil, un profesional de la televisión en decadencia que hace tiempo que no rasca nada de sustancia en España, y se ha tenido que ir a hacer programas a Perú y a Chile, y que encima ahora está en el paro -o en un hiato, o de largas vacaciones, como se le quiera llamar al no hacer nada y practicar las bondades de la socialdemocracia-, y por eso ha entrado en ‘Gran Hermano VIP’ en condición de ‘celebrity del pasado en caída libre’, para ver si remonta y, con el tiempo, vuelve a la primera línea del gremio de los galanes de la pequeña pantalla. Y parece que va a ser que no.

Carlos Lozano

 

Canalla VIP

Desde que entró en la casa de Guadalix, Carlos Lozano ha empezado a liarla muy parda y el que parecía un señor educado, cariñoso y de trato exquisito -“cariño, he comprado Dom Perignon, condones, velas y he cubierto el suelo del apartamento de pétalos de rosa”- se ha mostrado como un canalla y un crápula de manual.

En ‘Gran Hermano VIP’ hay cuatro tipo de concursantes, más o menos -la celebridad todavía en el candelero (Rosa Benito este año), el freak de programas del corazón (Sema), el freak de alcance nacional (El Pequeño Nicolás, injustamente botado de la choza) y la celebridad caída en desgracia (Carlos Lozano)-, y una vez dentro de la casa se pueden tomar diferentes actitudes: la maquiavélica, la conciliadora, la pasiva o la borde. Normalmente, son los concursantes violentos los que más nos molan –Carlos El Yoyas, Aída Nízar, Bea la Legionaria, Los Chunguitos-, y ahí es donde tenemos ahora a Lozano, un inesperado pimp para nuestras noches de aperitivos y bebidas refrescantes de los jueves.

En las apenas dos semanas que lleva Lozano en la casa ya ha tenido discusiones con todo el mundo y ha lucido un verbo soez, grueso, escogidísimo -respeto máximo para quienes utilizan la palabra “gentuza”-, que confiamos que siga aflorando sin barreras en todo el tiempo que le quede a don Carlos en la casa, que esperamos que sea mucho.

Hay dos aspectos esenciales que delimitan el culto extremo que le tenemos que profesar a Lozano: primero, su aspecto, su vestimenta, se pasea por la casa como si fuera un proxeneta en el Strip de Los Ángeles, está a medio camino entre el rapero blanco y el productor de películas porno de bajo presupuesto, entre el jugador de póker que siempre pierde y el cliente de sex shop. La mezcla de sombrerito, gafas de sol y camiseta con estampados llamativos es suficiente para hacer de Carlos Lozano uno de los nuestros, pero más aún los términos que ha utilizado para dirigirse a sus compañeros de programa, sobre todo cuando le da un poquito al alcohol y pierde el control.

Carlos Lozano

 

Toda la agresividad de Lozano (supuestamente) tiene que ver con el efecto que tiene en él la priva. Hace unas dos semanas se puso como un basilisco porque le acusaron de haber robado una botella de ginebra con el afán, lógicamente, de pimplársela en privado y a gallote, y como ya iba bastante perjudicado empezó con el show, acusándoles de chusma, de querer perjudicar su imagen, de intrigantes y, a la mínima que se descuidara, incluso de podemitas.

Sus rifirrafes más sonados han sido con El Pequeño Nicolás -a quien le vino a decir que sería un don nadie si no fuera porque engañó al mismísimo Aznar; disparando con bala-. Nicolás es una especie de Lex Luthor irritante para nuestro Superman, que cuando se pone chulo lo cierto es que gana muchos enteros, se crece en el juego sucio como buen manipulador que es, le encanta bajar al barro. El guionista que ha permitido que se rompa esta pareja es, directamente, merecedor de cárcel.

 

La soledad del titán

El caso es que Carlos Lozano tenía algunos apoyos, pero ahora se ha quedado solo. Con Rosa Benito ya no se puede ni ver: ella ya le acusa públicamente de borracho -que no hace falta que Lozano se defienda, si toda España le ha visto beber lo más grande, rebuscando entre los floreros para ver si quedaba agua-, y salvo milagro de última hora, hay dos grandes noticias sobre la mesa.

La primera, que Carlos Lozano es ya oficialmente nuestro nigga: un macarra de la tele, un dios de la fiesta, alguien que cuando salga de ‘Gran Hermano’ nos encontraremos con frecuencia en la barra de José Alfredo dando cuenta del género del local. La segunda, que después del espectáculo, será raro que ninguna tele le contrate para presentar shows de alto presupuesto, así que pronto le veremos relegado a la marginalidad del late, pero que muy late, show, o de las teles locales, siempre y cuando no consiga hacerse un Bertín Osborne, dar una pirueta imposible y volver a molar.

Mientras tanto, a tope con Lozano: ha conseguido que tengamos una razón para ver ‘Gran Hermano’ cada semana. Respetazo.

Carlos Lozano

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