Vicio y subcultura Cuando Tyson se lo follaba todo

Las memorias de Mike Tyson, opina Blánquez, son un derroche de contracultura violenta y viciosa que bien merecía una entrada en la página de ‘Primera Línea’.

Tyson
Javier Blánquez | 22/12/2015 - 11:58

Así por encima, todo el mundo sabe quién es Mike Tyson y la pinta de hijoputa peligroso que ha gastado a lo largo de toda su vida. Cada cierto tiempo, una vez ya retirado del boxeo el ex campeón mundial de los pesos pesados, surgía una noticia según la cual Tyson habría asaltado a no sé quién en cualquier lugar, que la había liado parda en algún garito, que se había comprado algo muy tocho por una pasta gansísima o había aparecido por la tele diciendo más palabras malsonantes que una concursante de Gandía Shore.

Pero eso no es nada en comparación con lo que cuenta en sus memorias, que acaban de publicarse en castellano bajo el título de Toda la verdad (Duomo, 2015), y que son un no parar de anécdotas morbosas, declaraciones arrogantes y confesiones de una vida extrema en todos los aspectos: drogas, dinero, crimen, maltratos, derroches, mal temperamento y, por supuesto, sexo. Ya no hay que buscar la última novela de Don Wilson para estar al corriente de cómo han vivido los gángsters en los últimos tiempos: las estrellas del deporte, inmaduras por dentro y forradas de pasta por fuera, son el vivo ejemplo de lo que estamos hablando.

Mike-Tyson

 

Los escándalos de Mike

No es que Tyson haya escrito estas memorias, porque aunque se proclame a sí mismo como un Alejandro Magno reencarnado y asegure que leyó algunas de las obras de Aristóteles en la cárcel, no nos lo imaginamos sentado enfrente del ordenador escribiendo a toda velocidad. Antes sabrá manejar el mando de la PlayStation que un teclado QWERTY, y es por ello que la autoría real del texto -plenamente acreditada- corresponde a Larry Sloman, escritor profesional que ha conseguido darle un ritmo y una riqueza de expresión a este libro hasta el punto de convertirlo en droga durísima.

Hace un año, también en Duomo, se publicaron las memorias del tenista Andre Agassi, Open: otro libro en el que el protagonista confiesa los avatares de una vida increíble, tan marcada por el esfuerzo como por el odio, y que tenía el toque maestro de un ‘negro’ contratado para la ocasión; biografías de altura escritas con mano hábil. Ésta de Tyson también lo es: se devora como si fuera una hamburguesa y golpea el estómago con la misma agresividad con la que lo haría un menú McDonalds completo, o un puño del propio Tyson, que se regala durante 500 páginas de letra espesa con todos los detalles escabrosos de su vida. Y no se guarda nada.

Lo primero que impresiona es el tono: Tyson habla como otro negro insigne y orgulloso, el trompetista Miles Davis, en su autobiografía de los 90 firmada junto a Quincy Troupe, con abundancia de expresiones malsonantes y comparaciones delirantes. Este texto está tan lleno de coños, hijos de puta, mierdas y cabrones que le tendrían que poner la etiqueta de ‘Parental Advisory’ en la portada.

Tyson-en-buena-compañía

 

Entre rejas

De hecho, comienza a lo grande: el día en que un tribunal popular condenó a Tyson a cumplir diez años de cárcel por la supuesta violación -que en su versión de los hechos no fue tal; él asegura que sólo le comió el clítoris mientras usaba sus dedos y luego se negó a acompañarla a su casa- de Desiree Washington, Miss America negra y bastante trepa, que es como Tyson describe a todas las mujeres que se han cruzado en su vida, víboras ávidas de sacarle la pasta en lujos, sueldos vitalicios y Visas oro. Y a partir de ese momento, que ni siquiera es un momento decisivo en su vida, el hombre de la pegada letal, el potro salvaje del boxeo de los 90, lo cuenta todo.

Por ejemplo: que fue un delincuente juvenil y que hubiera dado con sus huesos en la cárcel (antes) de no ser por el boxeo. Tyson era especialista en colarse por las ventanas de los pisos y salir cargado de joyas y dinero; más tarde, se hizo especialista en azotar a los chicos de las bandas rivales; acabó teniendo problemas y en una de sus huidas conoció a Cus D’Amato, un ex boxeador y entrenador fracasado que vio en él al “futuro campeón del mundo de los pesos pesados más joven de la historia”. Empezó un entrenamiento rígido, militar, que le metió en vereda a pesar de que Tyson era un adolescente díscolo e intratable, una basura de persona, carne del programa Hermano Mayor, pero le enganchó el boxeo, le encontró el puntillo a pelear, vio dinero por el camino, y rápidamente, después de machacar a todos sus rivales con golpes letales que les tumbaban a los pocos segundos del primer asalto, acabó conquistando el título. Y entonces es cuando empieza lo bueno.

Tyson explica en su libro que el estilo de vida de las estrellas del hip hop lo inventó él. Multimillonario a mediados de los 80, intratable en el ring, un terror con piernas al que nadie quería enfrentarse a menos que fuera por una pasta -porque el cinturón no se lo quitaban ni con intervención del ejército, a pesar de que acabó perdiéndolo por no preparar un combate adecuadamente; mucho sexo, mucha vida loca-, fue el primer negro en invertir su fortuna en alhajas, cochazos, ropa de Versace y Gucci, convirtiéndose así en un modelo de conducta y referente de éxito para los futuros héroes de la escena gangsta.

Esta parte del libro es de las más entretenidas: Tyson explica cómo se lo follaba todo -con bastantes detalles-, cómo sólo tenía que hacerle un gesto con el dedo a las chicas que pasaban por la calle al lado de su coche de lujo para que se subieran y le practicaran una felación, cómo sus habitaciones de hotel parecían una boda gitana, siempre llenas de gente durante tres días sin parar. Todos los clichés sobre el modo de vida desprendida de los boxeadores -y que ha llevado todavía más al límite Floyd ‘Money’ Mayweather Jr.– están relatados con todo lujo de detalles. Las drogas, los cunnilingus, los ataques de ego, los brotes de locura: no falta nada.

Al final, todo se reduce a lo de siempre: la típica historia del auge, caída y redención del boxeador. Lo hemos visto en el cine innumerables veces -desde Toro salvaje a Rocky (V), y más recientemente en Southpaw, con Jack Gyllenhaal en plan Eminem del pugilato-, y nos la explica un Tyson que ahora se ha pasado al Islam, al vegetarianismo, a la vida sencilla en familia y a la consideración escrupulosa de que su cuerpo es su tempo y ahí no entra nada nocivo, tipo Sánchez Dragó.

Pero hasta que llega esa parte final, típica y algo aburrida, nos lo hemos pasado teta, porque lo que más nos gusta es la historia del macarra que reparte hostias, se droga y fornica hasta que se le cae la polla a trozos y contrae la sífilis, y que incluso en su momento de delirio más celebrado y mítico le arranca un cacho de oreja a Evander Hollyfield en pleno combate. Ahora quien quiera le puede ver en programas de televisión tipo Qué tiempo tan feliz pero al estilo yanqui. Pero nosotros queremos verle como lo que ha sido siempre: un peligroso hijo de puta negro que, al estilo del Rey Midas, todo lo que tocaba lo convertía en pulpa sanguinolenta con resplandor de joyería y teñida del verde y negro de los billetes de mil dólares.

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