Vicio y subcultura Esperanza Aguirre: hoy ríen, mañana llorarán

Aguirre o la cólera de Dios. Blánquez se me mete en otro jardín para reivindicar esta vez a la profesional de la política que mejor ha ejercido de gran icono pop en los últimos años. Una mujer que bordó durante años su papel de Angela Channing hasta que se pasó de frenada y se convirtió en madrastra de Blancanieves.

Esperanza Aguirre
Javier Blánquez | 28/05/2015 - 18:43

Me hice radicalmente fan de Esperanza Aguirre allá por diciembre de 1997, cuando ella era la primera ministra de cultura de los gobiernos de Aznar y en una entrevista confesó que no sabía quiénes eran ni Santiago Segura ni Javier Tomeo.

En aquel entonces, Segura ya lo estaba partiendo con Torrente, y Javier Tomeo, uno de nuestros más grandes escritores con fondo humorístico, sonaba a lo lejos como hipotético candidato a ganar el premio Nobel. La gracia de aquella entrevista no estaba únicamente en que a Aguirre ignorara la existencia, uno en el mainstream y el otro a las puertas de la RAE, de dos puntales de la cultura local, siendo la máxima responsable de la cosa. Había una cosa mejor, que era la arrogancia con la que despachó las protestas enojadas de los culturetas, quitándose de encima las moscas como si fuera una vaca meneando el rabo.

Recuerdo un momento memorable en el programa Caiga Quien Caiga en el que Pablo Carbonell, o quizá Tonino, intentaba meter el dedo en la llaga, y ella despachaba el tema con un “a quién le importa quién sea Javier Tomeo”. Se la sudaba muchísimo porque ella lo vale.

Aguirre

 

Un carrerón fulgurante

Entonces, como el lobo en el cuento de los Tres Cerditos, Aguirre ya estaba asomando la patita espolvoreada de harina por debajo de la puerta.

Si aquella se suponía que era la legislatura moderada de Aznar, ella ya iba con la altanería, la silueta de chulapa y el desprecio por la chusma que, con el tiempo, supimos que dirigía su carácter. Mientras sus compañeros de partido disimulaban el muelle en el sobaco -había que tener muy controlado el brazo para no saludar a la romana como una caricatura de López Vázquez, que los tiempos de AP estaban todavía cerca-, ella ya iba por ahí como Popea en el Capitolio, con el laurel en la cabeza y aspirando a altas metas. Pensaba a largo plazo. Mientras muchos compañeros del gobierno o la ejecutiva rapiñaban con ansia viva, embolsándose sobres y comisiones, ella tenía el objetivo puesto en las poltronas más mullidas del establishment. Frank Underwood, ese pobre tipo, no ha inventado nada.

Por supuesto, Espe quería la presidencia del gobierno y del PP, que en aquella España de la rapiña era como conquistar el Everest y el K2, pero para hacerlo había que ser baronesa antes. Tras una etapa en Cultura de la que nadie recuerda nada, porque ella de pinturas, libros y dirección cinematográfica sabe lo que Raquel Bollo de células madre, sus progresos le llevaron a la Comunidad de Madrid, y ahí es cuando empezó realmente lo bueno.

 

Jugada maestra

Muchos se llenan hoy la boca con Maquiavelo, sobre todo en el partido lila, y no hace mucho a ZP lo llamaban ‘el Maquiavelo de León’ por su astucia para joder la marrana y pescar en río revuelto en beneficio propio -quien dice Maquiavelo, en su caso, dice también mosquita muerta-, pero con el tamayazo supimos que el círculo estaba completo, y que como Darth Vader, podía decir aquello de “cuando te dejé, era un aprendiz, pero ahora soy el maestro”.

Desde que Espe tocó poder de verdad y pisaba las más aterciopeladas moquetas, fue cuando surgió LA BESTIA. Con esa barbilla siempre arriba, esa nariz finamente afilada con cúter, esos ojos agazapados en las covachas y una forma de hablar entre la frase lapidaria y la salida ingeniosa, muy a lo Alfonso Guerra, nuestra musa siempre daba espectáculo.

Parafraseando lo que dijo aquel, si alguien le intentaba echar un pulso, lo perdía: ha dejado más cadáveres (políticos) por el camino que cualquier mafioso en las películas de Scorsese, y hasta desde una posición de debilidad -cuando estaba fuera de la política, esperando inventarse una excusa para volver- consiguió derrotar a Gallardón, el hombre con un oso panda en cada ceja.

Lo normal era que se ganara odios: lógicamente, entre la oposición rojeras, que no soportaba a una pretoriana de la derechona que, además de rancio abolengo en la cosa autoritaria, sabía torearles como el Litri. Esperanza Aguirre era como Nikos Gallis para la selección española de baloncesto en los 80, como el Milán de Sacchi para la Quinta del Buitre: no sólo era buena, encima era irritante en su superioridad.

 

Sin adulterar

Lo que más mola de Espe es que no está aguada en absoluto. En el PP siempre hay quien intenta pasar por lo que no es, y se queda en una cosa de chichinabo, en un sí es no es. Si tomamos a personajes como Cascos, Acebes o Rato, la imagen pública era por una parte de meditada moderación, de servicio público y responsabilidad, pero por la retaguardia te mostraban la cara real, normalmente enfariñada, roja por el whiskazo, hundida entre las nalgas de una lumi ucraniana en un motel a las afueras de Alicante.

Esperanza Aguirre en la boda real

Espe, en cambio, tenía una doble cara, como el dios Jano, y cada una de ella más temible que la otra: la primera es la de la encarnación de Catalina la Grande, o de Agustina de Aragón, o de Juana de Arco, la elegida, la caudilla, que en su caso se dijo lideresa con gran fortuna léxica; la segunda es la de Keyser Söze, aquel artista del engaño que sostenía que la gran creación del demonio era la de haber convencido a todo el mundo de que no existía.

Esperanza nos convencía con su impresionante cercanía de que no existía ni una gota de mal en ella. Te cantaba un chotis, te daba un abrazo, o los buenos días, y te pellizcaba un moflete, y pensabas ‘joder, esta mujer es dios’. Es el síndrome de Estocolmo que capturó a Mario Vaquerizo, que siempre sostiene que Espe es la mejor, además de una vecina fabulosa a la que puedes ir a pedirle sal para la lubina si una noche te quedas a medio cocinar, o a Fernando Sánchez Dragó, que siempre le ha agradecido que no informara a la autoridad del cultivo de marihuana de su balcón.

Espe sabía ser campechana, como el Borbón, sobre todo para esa gente de Madrid que en su agenda del domingo no perdona ni el desayuno con tintorro, misa de doce, lacón en Casa Lucio, puro en los toros, copazo de coñac y luego a putas. Esa gente que le daba carácter a la capital hasta que llegó la gentuza de pies hediondos con sus huertos ecológicos, sus solares ocupados para montar museos y sus libros de Capitán Swing bajo el brazo, mezclando Lenin y Owen Jones en cada frase.

Pero mientras la cara buena iba ganándose fans de a uno y para siempre -servidor-, la cara mala iba arrasando la pradera de San Isidro o los cajeros de Callao con un aliento de fuego. Se fue de la presidencia de la Comunidad cuando intentó rivalizar con Rajoy y perdió -o no; su retirada muchos pensaron que fue estratégica, sobre todo porque los motivos de salud aducidos no eran ni siquiera serios-, y a la que vio la oportunidad de regresar a lo grande y with a vengeance, allá que se puso ofrecida para ser candidata a la alcaldía de Madrid, el gran broche de oro para su carrera si la ganaba, más que nada porque sería la baronesa más fuerte en un partido en descomposición que muy pronto buscaría un relevo con nervio, autoritas y principios firmes para la Moncloa. Ya se sabe que, desde que se fue Aznar, por donde pasa el partido ya no crece el bigote.

 

Crónica de una derrota inesperada

La campaña, joder, iba la mar de bien. Espe iba ganando de calle. Poco antes había ido a El Hormiguero y se había cantado un chotis en un inglés de Cambridge -fuera coñas; buen acento, pronunciación precisa, para que luego digan que los políticos no saben hablar inglés-, y luego volvió a hacerlo el día del patrón de la ciudad, poco antes de cumplir con sus obligaciones de buena cristiana, tocada con el mantón y la peineta, entre flores y fans. Quién necesita a Olga Ramos, aquella cupletista de los años de La Movida, habiendo lideresa aspirante a La Voz.

Los días previos a la votación no había día en que Espe no nos diera un hit: yendo a barrios populares, donde la odian más que Morrissey a Margaret Thatcher, y echando su meadita del perro sin pudor, o incluso el día del debate en Telemadrid, donde se hizo un Chelsea en toda regla, sin regar el césped, cortando el juego y segando algún tobillo sibilinamente. Estaba todo muy bien orquestado: desmerecer al rival, ningunearlo, extenderse como una negra ola del mal.

¿Qué es lo que falló? Aparte de la bomba informativa (Butano dixit) que fue la filtración de su declaración de la renta, fue precisamente pasarse de mala. Llegó un punto en el que se pasó de vueltas y no midió la frenada. En estas elecciones lo que Espe necesitaba era ser Angela Channing, no la madrastra de Blancanieves, porque como si fuera un cuento de hadas, al final se combatió la maldad absoluta -esos dientes brillantes, esa mirada de villana (astray)- con el bien absoluto, o sea, con los dibujos cuquis de Carmena, transformada en la abuelita Paz, en un icono de chapita y póster de la Súper Pop. Lo tenía a punto, pero en el último minuto a Aguirre se le escapó el triunfo porque, como dice Michael Mayer -el DJ de Kompakt-, “love is stronger than pride”.

Pero incluso en la derrota íbamos a ser fanísimos de Esperanza Aguirre, teníamos que serlo, seguro que estaba lo mejor por venir. Nunca subestmes a una fiera herida.

Hay que admirar siempre lo chungo, la picaresca, el juego sucio; hay que ser más del Cholo que de Ancelotti, porque la elegancia solo sirve para que te humillen y te pisen, mientras que el ataque preventivo intimida y amedrenta al rival. Hay que ser un Churchill en la calle y un Pepe en la cama.

Pero lo que ha pasado desde el lunes hasta hoy ha sido el despiporre, el súmmum, porque ha elevado a Aguirre al Valhalla de los grandes antagonistas, a la categoría -como dijo en Facebook el amigo Marc Piñol– de un villano de película de James Bond. Diríamos más: están Lex Luthor, Spectra, Atila, Hitler, Long John Silver, Mourinho, Billy Laimbeer, y luego está Esperanza. Histérica como nunca, desquiciada por la derrota, humillada por un miserable escaño, sacó la verdadera cara de áspid, de vípera, con la rojez intensa y el maxilar desencajado en su cara como de máscara funeraria en yeso, inventándose embustes, tratando a la desesperada de desestabilizar los cimientos de una alianza carmesí que se la va a comer a base de democracia.

 

Un digno epílogo

Los últimos días de Espe, los de su decadencia y caída, han sido gloriosos. Pero no por la humillación, que es lo que le gusta al personal, sino por la vuelta de tuerca. Lo cutre sería alegrarse por revanchismo -y que conste que a uno se la suda, que vota en Barcelona, y a Madrid sólo se va a escarbar por Claudio Moyano, donde tiempo ha se daba placer con la mano, cenar gallinejas y saludar a Fernando Porres-, sino desde la admiración por un icono pop que sus supporters han sabido vender mal.

Si Carmena era la abuela de Caperucita, Espe podría haber sido el Joker, podría haber dado pie a graffitis y pegatinas, a memes siniestros, podría haber reinventado el márketing desde el lado oscuro, que siempre tiene un magnetismo irresistible. Dice el evangelio de Lucas: “Entonces el diablo llevó a Jesús a un lugar alto y en un instante le mostró todos los reinos del mundo. El diablo le dijo: ‘Te daré la autoridad y grandeza de todos ellos. Me las han dado a mí, y se las puedo dar a quien yo quiera. Si te arrodillas y me adoras, todo será tuyo’.”

Quien ha sido fan toda la vida de Esperanza, ahora puede sentirse orgulloso de ello: incluso en su más amarga hora, Aguirre no ha fallado. Nos ha dado una invocación al Espíritu Santo en día de votación, nos ha dado soviets sin contrastarlos, nos ha dado un programa que no existe en papel (en sus propias palabras, “nadie se los lee”; ella predica con el ejemplo, respetadlo, hostia), nos ha dado histeria, berrinches y, por encima de todo, nos ha dado momentos de absoluta locura. La queremos en la oposición, completamente ida, levantando el tono y el dedo índice, con su actitud desencajada, aplicando políticas personales de tierra quemada, faltando al respeto. Necesitamos que alguien bata por fin el récord de mala educación de Jesús Gil y en Espe we trust. Será una bonita inmolación a la altura de su leyenda.

Leyenda que será más grande cuando, dentro de un tiempo, vuelva. Porque Espe es como un ‘revenant’, como Nosferatu: siempre vuelve. Sus haters, esa pobre gente, aplaude su caída sin darse cuenta de que antes habría que convertir Malasaña en Chernóbil para evitar que Espe se cobre su venganza, surgiendo de la tumba. Recordad las palabras de Carlos Jesús: “Hoy ríen, mañana llorarán”. Porque, mañana, España será esperanciana. Tened miedo.

 

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