Vicio y subcultura Guía breve de libros sobre heroína

Un chute de literatura opiácea. La segunda entrega de las memorias de la yonqui alemana Christiane F. sirve de pretexto para un recorrido vicioso y subcultural por la obra de Irvine Welsh, Aleister Crowley, Jean Cocteau o William S, Burroughs.

Christiane-F-en-Hamburgo-a-los-19-años
Javier Blánquez | 27/01/2015 - 10:31

Desde hace unos días se puede encontrar en las librerías uno de esos títulos que concitan, a partes iguales, el alcance pop con el toque morboso: ‘Yo, Christiane F. Mi segunda vida’ (Alpha Decay), una autobiografía sin apenas pelos en la lengua y bañada en opiáceos, enfermedad y descontrol, en la que la celebridad yonqui más reconocida de la segunda mitad del siglo XX, con el permiso de William S. Burroughs, expone el gran fracaso de su vida: después de saltar a la fama como precoz comedora de pollas por cuatro chavos en la estación de metro del Zoo de Berlín para financiarse el caballo, y después de haber conseguido desengancharse de la adicción con 15 años, los años de madurez de la berlinesa y ‘yonqui star’ Christiane F. fueron un descenso en picado al infierno -o sea, sin nada del glamour que le dieron los poetas de la generación beat– de las jeringuillas compartidas y los programas de metadona.

La llegada de este libro a las mesas de novedades es un acontecimiento extraño, en cierta manera: hace tiempo que la literatura yonqui no está de moda. Tiene mucho que ver el bache largo y estigmatizado que sufre la heroína como droga dura de elección -reina absoluta de los 50 hasta principios de los 90, absolutamente desprestigiada desde entonces aunque con sus pequeños y tímidos revivals-, lo que ha llevado a que cada vez menos se genere literatura o cine yonqui con la hipodérmica como protagonista.

Christiane-F-a-los-18-años

En la bolsa de los narcóticos cotiza muy alto el alpiste y el MDMA, repuntan los alucinógenos naturales y se va retirando el crystal pese al pelotazo de la serie ‘Breaking Bad’, pero el trono que un día ostentó el jaco parece ser que ya no se recuperará.

Si buscamos la conexión entre drogas y literatura, ninguna otra substancia ha generado un río de títulos tan caudaloso y de tanto valor como la heroína. La coca tiene sus grandes momentos -desde la ‘Novela con cocaína’ del misterioso ruso Ageev a los ‘Escritos sobre la cocaína’ de Sigmund Freud hasta llegar a Bret Easton Ellis y diversos reportajes sobre narcotráfico y trapicheos-, como los tienen el costo y el LSD, pero a la hora de hablar de letras yonquis -esos paraísos artificiales de Baudelaire-, nada como los derivados de la amapola.

El caudal de palabra y estómago revuelto que concitan estas historias de antihéroes -algunos ficticios, otros reales, y casi siempre en primera persona- que decidieron llevar una vida alternativa al calor del opio, en casas mugrientas, sobre colchones quemados y botes vacíos de yogur, es verdaderamente ruidoso y fuerte. Tanto, que nos da para elaborar una mini-guía de escritos con heroína para ir a escarbar, quienes no los tuvieran o carezcan de alguno de ellos, entre las pilas de segunda mano. Libros que, como los discos en vinilo, también se pinchan. Podrían ser más, pero para qué. Eso sería ya vicio.

 

1. Thomas de Quincey: ‘Confesiones de un inglés comedor de opio’

Apareció en 1822 -fue el primer libro de De Quincey, con el que empezó a forjar una carrera de prestigio como pocas en los primeros años de la era victoriana-, y el texto fue expandido en 1856, poco antes de su muerte. El opio, que llegaba a Londres entre las mercancías importadas por los barcos de las posesiones del Imperio Británico en ultramar, juega un papel fundamental en la vida recreativa de la gran metrópoli del siglo XIX, y este texto fundacional marcó un camino: el de reforzar la idea de que las drogas eran alimento para la imaginación, ingrediente necesario en la receta de éxito para un artista. El opiófago De Quincey -tardarían en llegar las jeringuillas, aunque no tanto las pipas- le abrió el camino a Baudelaire, a Huysmans, a Lorrain, a todos los futuros decadentistas, exploradores del lado oscuro de la psique; escritores que, desde la más brillante inteligencia, odiaron el cuerpo y la sociedad.

Thomas-De-Quincey

 

2. Jean Cocteau: ‘Opio. Diario de una desintoxicación’

Cocteau, sublime entre los escritores franceses del siglo XX -admirado por los surrealistas, triunfador en el teatro y la poesía, héroe de la primera generación de genios del cine europeo, incluso libretista de ópera-, sufrió un episodio de adicción a finales de la década de los años 20. Como De Quincey, consumía opio en dosis irresponsables, acabó atrapado, causó la muerte a su alrededor y decidió desengancharse. Este texto, un diario pormenorizado de los días de mono, sufrimiento y tentaciones, es uno de los títulos clásicos de la adicción a los opiáceos: está escrito desde la distorsión del pensamiento, y aunque Cocteau sabe que tiene que salir de donde se ha metido, toda la escritura avanza dando tumbos, conjurando elipsis.

Jean-Cocteau

 

3. Aleister Crowley: ‘Diario de un drogadicto’

Crowley, el gran mago, lo probó absolutamente todo, como Sánchez Dragó, pero fue su adicción a la heroína la que quedó plasmada en forma de libro, este ‘Diario de un drogadicto’ siempre mal editado y traducido en español, pero que resulta un título básico para comprender la plena dimensión de un personaje escurridizo, único, referente de todo lo que permanece en los dominios a los que la razón no puede acceder. Se decía que consumía 11 gramos de heroína al día, y esa experiencia es la que plasma en un texto en el que se mezcla lo oculto con lo nebuloso, el ritual del conocimiento esotérico con el otro rito de la intoxicación.

Aleister-Crowley

 

4. William S. Burroughs: ‘Yonqui’

Podría haber sido ‘El almuerzo desnudo’, pero ‘Yonqui’, además de ser un libro más fácil -el otro es una redacción de efectos y bajo los efectos, sin ningún sentido a menos que se esté dentro de una mente completamente drogada y en plena deriva de la percepción-, es también el título de Burroughs que mejor explica lo que es inyectarse caballo, estar prisionero de la droga durante todo el día (durante toda la vida), y luchar por mantener viva una adicción esclavizante. Retrata a los yonquis como una sociedad solidaria en la búsqueda -esas patrullas de adictos que bajan al metro a conseguir el dinero para una dosis-, pero egoísta en el pinchazo. Como una legión de zombis con una sola idea para toda la vida: alimentar a esas células que piden a gritos un pico profundo.

William-S.-Burroughs

 

5. Mijaíl Bulgakov: ‘Morfina’

Bulgakov, autor inmortalizado años después por ‘El maestro y Margarita’-una revisión desde el lado infernal del mito fáustico- trabajó como médico en su juventud, y manejando dosis de anestesia acabó inyectándose él mismo aquellos chispazos de olvido, entrando en el universo borroso de la morfina. Sus experiencias de adicto son las de una nube que acabó dando forma a este relato extenso -la edición de Anagrama son algo más de 100 páginas-, en el que desdobla su personalidad en un ente alucinado y otro consciente y sereno que dialogan entre sí, como unos Jeckyll y Hyde del proceso narcótico. Esa paz que los yonquis describen en el momento en el que la heroína entra en el sistema circulatorio, ese nirvana multiplicado, es la sensación de partida para un relato que, después del cielo, decide describir con dureza también el infierno que viene después.

Mijail Bulgakov

 

6. Hubert Selby Jr.: ‘Réquiem por un sueño’

Toda la obra de Hubert Selby Jr. trata sobre la pesadilla americana -en contraposición al sueño, que no aparece por ninguna parte-, y sus personajes acaban sometidos a toda clase de abusos, a un aparatoso golpe de realidad. Le encantaban las prostitutas, los delincuentes comunes y los matones de bar, y tarde o temprano tenía que ocurrir que este maestro del realismo sucio se acercara al Grial del mal rollo urbano de los 60 y 70, la heroína. ‘Réquiem por un sueño’ (1978) es posterior a la más dura y estomagante ‘Última salida para Brooklyn’, pero no menos devastadora: la trama de Harry, Marion y Tyrone, aspirantes a traficantes convertidos en los peores adictos del barrio, es un crescendo de humillaciones que acaba tomando la forma de relato con moraleja: ella prostituida, él mutilado, Tyrone en la cárcel. Los tres son el ejemplo de que la vida te castiga muy duro si te drogas, porque la droja es mala.

Hubert Selby Jr.

 

7. Christiane F.: ‘Hijos de la droga’

El primer relato autobiográfico de Christiane F., berlinesa, adolescente, yonqui, prostituta, fan de David Bowie, fue un hit en los años 70: no sólo se obligaba a leer en los colegios para alertar de los peligros de la droga -con efecto completamente opuestos-, sino que escandalizó a una sociedad que no estaba preparada para comprender que la heroína podía llegar a cualquier rincón, incluso a manos de chiquillas adorables y preciosas. Descubierta por dos periodistas de la revista ‘Stern’, Christiane F. explica aquí cómo fue su infancia, su descubrimiento de las drogas, su primera raya de caballo y su escabroso deambular por la Estación del Zoo de Berlín, donde buscaba clientes para financiarse el hábito y el de su novio. El mensaje positivo del final en realidad era un espejismo: la segunda parte, recién publicada, confirma que lo mejor (o sea, lo peor) aún estaba por venir.

Christiane-F

 

8. Alexander Trocchi: ‘El libro de Caín’

Otro hito de la literatura yonqui, en paralelo a los grandes títulos de Burroughs: relato autobiográfico y transoceánico, ‘El libro de Caín’ es la historia de un marginado, un adicto nómada que prolonga su camino desde Glasgow a Nueva York, siempre con una obsesión por las drogas tan fuerte, tan indomable, que su vida queda anulada. Trocchi, epígono de la generación beat con experiencias tóxicas más poderosas que las de Kerouac o Ginsberg, explica así, de la manera más cruda y directa, lo que era ser un adicto a la heroína en los 50: otra forma de vida, al margen de la ley de la sociedad, no tanto un error como una elección meditada que, durante un tiempo, fue motivo de orgullo. ‘El libro de Caín’ es el máximo ejemplo de la literatura maldita del siglo XX.

Alexander Trocchi

 

9. Irvine Welsh: “Trainspotting”

Irvine Welsh leyó bien a Trocchi, y sus personajes están moldeados de la misma manera: entran y salen de la droga cuando quieren, y porque quieren. Y aunque Renton aspira abandonarla para siempre (“choose life”), sus compañeros de fechorías no están exactamente por la misma labor: para este gang de Glasgow, la droga es una forma de vida, una vía para encontrar una alternativa a la sociedad. Más allá de la trama noir que ocupa la segunda parte del libro y los episodios de clubbing y costumbrismo, la fuerza de ‘Trainspotting’ está en cómo explica de manera vívida lo que ocurre en esa zona apartada de la sociedad que es el gueto yonqui: cómo hablan, cómo se comportan, cómo se desintoxican y cómo siempre, siempre, vuelven.

Irvine-Welsh

 

10. Ann Marlowe: ‘Cómo detener el tiempo (La heroína de la A a la Z)’

Tiene forma de diccionario, pero es un manual de comprensión de cómo funciona toda la cadena de la heroína en el adicto: cómo se llega, cómo se siente, cómo se transforma el cuerpo, la vida y la relación social, cómo el entorno se hunde y emerge otro distinto, más sórdido e inestable, cómo se sale -con qué dificultades y sacrificios-, y cómo se ve todo aquello una vez superado el trance. Ann Marlowe fue yonqui durante siete años: ha recordado todo lo que hay que recordar, y lo ha contado en un libro que podría titularse también ‘guía de comprensión del cuerpo y la mente yonqui’.

 

  • Imprimir
  • Enviar por e-mail
Este mes, en 'Primera Línea'
Amarna Miller: "El discurso contra el porno tiene las patas muy cortas"
Este mes, en 'Primera Línea'
publicidad
publicidad
Búscanos en Facebook
publicidad

© Ediciones Reunidas, S.A. | Todos los derechos reservados