Vicio y subcultura Houellebecq es un tío muy chungo

‘Sumisión’, opina Javier Blánquez en su rincón del vicio y la subcultura, tal vez no sea la obra maestra de Michel Houllebecq, pero sí la campeona indiscutible en la liga de la provocación.

Michel Houllebecq
Javier Blánquez / Foto: Marta Calvo | 13/05/2015 - 17:58

No se sabe si Michel Houellebecq tiene madera de suicida y si, llegado el momento, sería capaz de tirarse desde un noveno piso, dispararse una bala en el paladar o arrojarse a las vías del tren.

Para dar ese paso hay que tenerlo muy claro y un valor inimaginable. Pero sin duda, el escritor francés ha fantaseado más de una vez con acabar con todo y verse muerto. En su penúltima novela hasta ahora, ‘El mapa y el territorio’ (2011), incluso aprovecha la impunidad de la ficción para introducirse como personaje de la historia -el protagonista, el artista Jed Martin, le contrata para que firme un texto para el catálogo de su primera exposición y como regalo le pinta un retrato-, y acaba hecho tiras de carne y sangre tras un violento asesinato en el que el modus operandi es convertir su cadáver en una pulpa digna de un cuadro de Jackson Pollock. Si nos preguntamos por qué Houellebecq es un escritor de tanto éxito, la respuesta es fácil: el tipo es un chungo, altamente peligroso peligroso. Es a la literatura lo que Michael Haneke al cine, y el lado oscuro nos mola.

Del carácter misántropo de Houellebecq se ha hablado mucho. Una actitud así no puede ser una simple pose para crear controversia y vender libros: el hombre es un verdadero inadaptado social, está hasta los cojones del mundo y de la gente, se la suda este texto y se la sudamos nosotros, y demos gracias al menos de que es una persona civilizada, educada, y prefiere canalizar sus frustraciones, su agotamiento y su decepción por medio de la literatura y no con un lanzallamas -que es lo que diferencia al genio del psicópata-.

 

Así era Michel

Cada una de sus novelas es un diagnóstico de una sociedad que le repugna porque le excluye, y de una civilización que va camino de la descomposición inevitable. Al principio, la culpa la tenía el liberalismo económico: los progres del Mayo del 68 traicionaron sus sueños de utopía y se plegaron al capitalismo, y Francia, como el resto de Occidente, se lanzó por la pendiente de la pérdida de valores a cambio de nadar en el dinero. Todo se convirtió en una selva en la que triunfaban los más fuertes: los que ganaban más y los que follaban más. Esa división de la sociedad entre folladores consumados y excluidos del sistema era la que articulaba ‘Las partículas elementales‘ (1998), su libro más lúcido, el que diagnostica de manera más original el cansancio de Occidente.

Pero a medida que han ido apareciendo nuevos libros, sobre todo desde ‘Plataforma’ (2001) y hasta llegar al recientísimo ‘Sumisión’ (2015), lo de Houellebecq ya no es la expresión de un desafecto, sino la rendición a lo que él -y no sólo él- percibe como un declive irreversible del predominio de la civilización occidental. Los personajes de Houellebecq no es que estén cansados de vivir, como si fueran evoluciones del pesimismo de Kierkegaard o la desazón existencial de Camus, sino que han percibido que ya no tiene ningún sentido seguir luchando como colectividad. En su primer libro, ‘Ampliación del campo de batalla’ (1994), era una sola persona la que bajaba los brazos. En ‘Sumisión’, es todo un país: en veinte años, Houellebecq ha detectado los síntomas de algo mucho más perverso, más peligroso: ya no somos lo que éramos como civilización. Fuimos el faro del mundo, y nos hemos apagado.

 

Polemista contumaz 

Se le ha acusado repetidamente de islamofobia, y él se ha defendido diciendo que sólo se limita a constatar hechos y a crear una ficción a partir de ellos. Ningún tribunal le ha condenado, sobre todo porque no se puede condenar una ficción ni tampoco las críticas razonadas, amparadas por la libertad de expresión [Je suis Michel], contra otro modo de vida, tan diferente al suyo.

También porque cuando Houellebecq ha detectado en el islam algo preocupante, la realidad ha superado lo que dicen sus palabras y, para según qué gente, sus libros se han convertido en proféticos: en ‘Plataforma’, que comenzaba como una exploración cínica del mercado de la prostitución en Tailandia, la historia concluía de manera sangrienta con un atentado contra turistas en el sudeste asiático. A los pocos meses, Al Qaeda mató a más de 200 personas en una discoteca en Bali. Y en ‘Sumisión’, que explica hacia la mitad un periodo de revueltas urbanas en París, con atentados y muertos, parece como si Houellebecq tuviera la visión de Casandra -la sacerdotisa troyana capaz de percibir y explicar el futuro, pero a la que nadie cree-: el mismo día que el libro se ponía a la venta, se producía el ataque contra la redacción del semanario satírico ‘Charlie Hebdo’ por las viñetas contra Mahoma.

El prejuicio contra los “moros” ya venía de lejos: el momento culminante de ‘Ampliación del campo de batalla’, el que resume el fracaso del protagonista -un tipo feo, incapaz de gustar a las mujeres, un derrotado en la carrera sexual-, es cuando la chica que había estado intentando ligarse toda la noche decide pasar de él e irse con un chico joven, al que le chupa el cimbrel en medio de la playa ante la humillada mirada de su álter ego literario.

El episodio es común, no es nada que no ocurra en las discotecas cada fin de semana, pero Houellebecq eligió a un magrebí: estos son, venía a decir, los que nos roban las mujeres, los que nos hieren el orgullo. En ‘Plataforma’, los islamistas eran también los que nos robaban el futuro y la seguridad, y en ‘Sumisión’ es ya todo un país. La trama es sencilla: en el año 2022 llega a la presidencia de la república francesa un político islámico, Mohammed Ben Abbes: el partido socialista y el conservador se han hundido y los votantes tienen que elegir entre susto o muerte, entre el Frente Nacional -la extrema derecha de Marine LePen, con salida del euro incluida-, o la Hermandad Musulmana, partido moderado, europeísta, que cree en una unión mediterránea, de Marruecos hasta Egipto, que recupere para la UE el terreno que ocupó en su día el Imperio Romano en tiempos de Augusto.

Sumisión

 

Pero la llegada al poder del partido islámico tiene una consecuencia inmediata: la férrea convicción de Francia como estado laico se resquebraja y pasa a ser un estado confesional inducido. No es obligatorio convertirse al islam, no hay penas para quien decida seguir siendo católico, o ateo, pero quien lo haga tendrá unas ventajas indudables: trabajos muy bien pagados, derecho a casarse con hasta un máximo de cuatro esposas, la buena voluntad del poder. El Corán es una letra más sagrada que la Constitución; Mahoma sustituye a los padres de la Revolución.

 

Perversa y lúcida

La mirada de Houellebecq es perversa, pues en el libro esta nueva Francia, aparentemente idílica, modelo para una nueva Europa, es sin duda una distopía tan lejana, pero a la vez tan posible, como la de la Europa neo-fascista de la película ‘Hijos de los hombres’. En un contexto como el actual, en el que el yihadismo atenta justo en el corazón de Occidente y sueña con reclamar las viejas fronteras del Califato en el año 743, Houellebecq ha tenido un candente material para escribir ficción y desarrollar su idea sobre el final inevitable de la civilización occidental, como inevitable fue también la caída de Roma.

La crítica no se pone de acuerdo con ‘Sumisión’: algunos comentaristas consideran que es un libro repetitivo -el cansancio vital de Houellebecq se convierte también en cansancio literario-, mientras otros lo defienden como su mejor libro. El mejor, en realidad, no lo es: ‘Las partículas elementales’ y ‘El mapa y el territorio’ son claramente superiores, entendidos como obras globales y proyectos intelectuales, en los que pesa tanto el estilo como el mensaje, el argumento o la oportunidad.

Pero ‘Sumisión’ tiene algo muy poderoso: el marco, el espacio de posibilidad. La historia particular que se explica –el protagonista es un profesor de literatura, especializado en el escritor decadentista de finales del siglo XIX Joris-Karl Huysmans, desencantado con el mundo, hartísimo de todo, que decide huir cuando avanza el cambio político para, finalmente, someterse a él- no es particularmente brillante: es lo mismo de siempre. Pero si se analiza bajo la luz de las grandes utopías políticas en literatura, las de Orwell o Huxley, incluso las de Jünger, el futuro reciente de esta Francia islamizada se vislumbra, sino factible, al menos sí plausible.

Houellebecq sigue siendo un escritor peligroso porque su pensamiento lo es: traslada ideas de derrota que ya no afectan únicamente al individuo, sino a la colectividad. Hasta su libro anterior, todo era una cuestión de cansancio: los que no tienen espacio en una sociedad que exige demasiado sacrificio, los misántropos que sólo quieren que les dejen en paz, lo tienen muy fácil: basta con con apartarse. En algún lugar podrán estar desconectados y permanecer un tiempo razonable hasta que llegue el momento del suicidio -por su propia mano o asistido: Houellebecq tiene pinta de que de aquí a un tiempo pedirá plaza en una clínica suiza-.

Pero en la utopía/distopía de ‘Sumisión’, el lobo estepario ya no tiene cabida. Para poder aislarse de la sociedad, primero hay que integrarse en ella, confundirse como una gota de agua en el mar entero. Ya no es su homólogo de ficción el que va perdido, sino que es el país entero el que, como única respuesta a su deriva ideológica y social, decide rendirse como colectivo al rival más cercano y directo.

No es ninguna casualidad que el protagonista de la novela sea experto en Huysmans. El autor de ‘Contra natura‘ [“À rebours”, 1884] fue uno de los primeros escritores en imaginar inadaptados decadentes, como el célebre Des Esseintes -un dandi hemofílico coleccionista de joyas, cuadros de escenas bíblicas sangrientas, libros en latín y aficionado a las flores frescas-; consideró el mundo un lugar tan podrido que, tal como expresó su colega Barbey d’Aurevilly, después de escribir aquello, “sólo le queda elegir entre una pistola o arrodillarse ante la cruz”.

Finalmente, Huysmans se ordenó monje y vivió el final de sus días en un monasterio. El personaje de Houellebecq, una vez resquebrajado su mundo, también se plantea el mismo dilema: o desaparecer, que en ese contexto equivale a morir discretamente, o arrodillarse. En este caso no ante la cruz, sino ante Alá. Lo más peligroso del libro de Houellebecq es que obliga a pensar. Literariamente no es un artefacto deslumbrante, pero como provocación, es la primera de su liga.

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