Vicio y subcultura La música clásica me la pone dura

Esta frase, “la música clásica me la pone dura”, es la primera de ‘Instrumental’, el libro de memorias que ha escrito el pianista inglés James Rhodes y que justo ahora publica, en buenísima traducción castellana, la editorial Blackie Books.

Rhodes
Javier Blánquez | 12/11/2015 - 11:46

Dice Rhodes -un tipo de casi 40 años, con abultadas gafas de pasta, barba desaliñada y aspecto de ser más un asistente habitual al Primavera Sound que al Carnegie Hall– que quizá no sea un comienzo prometedor para un libro, ya que en nuestra sociedad decir que te gusta la música clásica y que, es más, te provoca una excitación -física e intelectual, electricidad cerebral y tripas revueltas de la emoción-, se ha convertido en algo impopular, motivo de vergüenza, porque es inevitable identificar la música clásica con algo aburrido, carca, una ceremonia que se recluye en auditorios apolillados, con muchas jubiladas de blancas permanentes ocupando el patio de butacas.

Y es esta caracterización caricaturesca lo que jode muchísimo a Rhodes, porque esto no debería ser así: más que ninguna otra, la música clásica es capaz de conmover a las personas, hacerles reír y llorar, gritar de alegría y encontrar un consuelo para cada día. Esa es su experiencia: si no fuera por la música clásica -y en especial la obra de Johann Sebastian Bach– él habría muerto.

Instrumental

 

Amor barroco

‘Instrumental’ no es únicamente un libro sobre música -de hecho, la música es la menor parte del mismo-, sino sobre la vida, y sobre cómo recomponer una vida rota gracias al poder curativo de la música. Suena a mierda de autoayuda, la verdad, pero juramos por la Séptima de Beethoven que no va por aquí.

Para comprenderlo, antes hay que saber varias cosas sobre la historia de este libro y del propio Rhodes. De hecho, este libro pudo no haberse publicado nunca: tenía que haber visto la luz en 2014, y no ha sido hasta ahora que un tribunal británico ha permitido su publicación. La ex mujer de James Rhodes y madre de su único hijo intentó impedir por todos los medios que contara su historia. Tenía sus motivos: a ninguna madre le apetece que su intimidad, y la de su criatura, quede tan expuesta como en ‘Instrumental’, que es un relato duro y sin compasión de lo más asqueroso de la naturaleza humana. Pero tal como dictó el juez supremo Lord Toulson -la cita aparece en la faja que rodea al libro-, “alguien que ha sufrido y luchado tanto tiene derecho a contárselo al mundo”.

 

Crónica de una vida rota

James Rhodes era un niño feliz, avispado y sonriente hasta que todo cambió. Su profesor de boxeo, un tal señor Lee, le violó repetidamente durante casi cinco años, semana tras semana, al concluir sus actividades extraescolares. Rhodes no entra en detalles escabrosos, pero sí deja intuir lo suficiente para hacernos vomitar del asco. El señor Lee le penetraba a la fuerza, le desgarró, le provocó sangre y, lo que es peor, un trauma no confesado hasta años más tarde (demasiados) que cambió su carácter para siempre. El niño risueño se convirtió en un joven autodestructivo y con sentimiento de culpabilidad que la chupaba en los lavabos públicos a cambio de helados, que a la vez sentía asco del sexo y de su propia vida.

Un joven con problemas que se convirtió en un adulto cínico e insatisfecho, manipulador y de tendencias suicidas, un adicto a las drogas y a los cortes autoinducidos con afiladas cuchillas Gillette, un ser disfuncional incapaz de confiar en los otros, que hacía daño a su alrededor -y eso le costó el divorcio, y tener que ver a su hijo sólo dos veces al año- y que tuvo que pasar varios meses en una institución mental de la que salió de milagro porque -suerte o mala suerte, según cómo se mire- no se le quebró el cuello cuando intentó ahorcarse con el cable del televisor.

Parece una historia de cine, porque al final el factor que salva la vida al pobre Rhodes -más allá del azar- es la música. Descubrió a Bach de pequeño y escuchar una interpretación de la ‘Chacona’ a cargo de Glenn Gould alivió su trauma por las continuadas violaciones de su profesor de boxeo. Empezó a dar clases de piano y tocándolo se sentía arropado, seguro, en un mundo amable y protector. Cuando a punto estuvo de ahorcarse, un iPod introducido de estraperlo en el manicomio, atiborrado de piezas de Bach, alivió sus noches y le dio la determinación de curarse, salir y continuar con su vida, cerca de las pocas personas a las que quería y que le querían.

 

¿Final feliz?

Hoy, James Rhodes es un fenómeno popular en Inglaterra con pocos equivalentes en el mundo: un concertista de piano profesional con suficiente prestigio como para ganarse bien la vida y no ser destrozado por los críticos -al menos los más jóvenes-, un apasionado divulgador de la música clásica tanto en televisión como en los conciertos, y alguien que intenta por todos los medios romper algunas de las normas absurdas que imperan en este circuito.

Siguiendo los pasos del gran Leonard Bernstein, Rhodes es un artista que habla al público antes de empezar a tocar cada pieza, que la explica con palabras comunes y comparaciones pop, que fuma y bebe en el escenario, que no sale con el frac puesto, sino con tejanos y camiseta, que considera que la música está por encima de formalismos. Que respetar una sonata de Schubert -a quien compara con Franck Ribéry, por lo bajito y feo que era-, una polonesa de Chopin o un concierto de Rachmaninov se hace desde el teclado, tocando lo mejor que se pueda, y desde la apariencia de las ropas y el rito burgués.

Rhodes verbaliza en ‘Instrumental’ muchas ideas que los fans jóvenes de la música clásica han intentado expresar y que nunca se llevan a cabo porque la mentalidad conservadora de este circuito nunca deja poner en práctica. Cosas sencillas como acercar la música a nuevos públicos por la vía casual, divertida: eliminando los códigos de etiqueta -basta de arreglarse para ir a un auditorio; ve como si fueras a un concierto de pop-, variando la iluminación y la decoración del escenario, dejando que el intérprete lleve un micrófono para que haya un diálogo educativo y divertido entre el músico y la gente, permitiendo que la gente acceda a su asiento con una cerveza en la mano y que se pueda aplaudir cuando apetezca hacerlo.

Y, sobre todo, haciendo participar al público de la experiencia, facilitándole el acceso a la música sin simplificarla. Simplificarla significa inventarse una aberración como Il Divo -una boy band para suegras-, mientras que facilitarla implica tocar la música tal como es, sin edulcorarla o resumirla, sin pompa cutre, pero explicándola como no se ha hecho (casi) nunca. Como mínimo, con pasión.

El libro que ahora publica Blackie Books es extraordinario por estos dos motivos. Primero, porque la historia de James Rhodes es conmovedora, y la explica sin que queramos sentir pena por él, con un lenguaje grueso -lleno de tacos, de expresiones tipo “mierda” y un léxico que utilizaríamos en el bar con un amigo de toda la vida-, y unas verdades hirientes como sólo la existencia más dura puede permitir.

Es un milagro que este hombre siga vivo, y es todavía más milagroso que, pese a todo, haya podido reponerse de tantos traumas y movidas jodidísimas para acabar aportando un testimonio que se lee extrayendo muy valiosas lecciones -sobre el amor, el esfuerzo, la culpa y la amistad- y que, esto sería también lo ideal, ayude a mucha gente a reevaluar sus opiniones sobre música clásica y, en caso de tenerlas positivas, ubicar esta música en una nueva posición, ojalá más central, en la dieta cultural del día a día.

James Rhodes

Rhodes viene a decirnos que es una pena que nos perdamos mucha música maravillosa porque no tenemos la paciencia para escucharla bien, por prejuicios o porque nadie nos ha indicado el camino correcto para entrar y empezar a descubrir, y también porque la propia industria de la música clásica, refugiada en su torre de marfil, no ha hecho una mierda por acercarla al público mayoritario. Que cuando lo hace se inventa galas horrorosas que intentan reproducir los peores tics del pop comercial o enfundando a mujeres guapísimas y talentosos en ropas que podrían ser las de nuestra abuela; que es incapaz de dejar a los músicos que se expliquen, que no incentiva la comunicación ni hace lo posible por liquidar ritos pasados de moda y que se convierten en impedimentos antes que en incentivos. Que estereotipa la idea de que ir a escuchar música clásica es un coñazo insoportable, o que se hace de vez en cuando por quedar bien, en vez de extraer de ese legado inmortal todo lo que conecta, une y enriquece, y presentarlo con el mismo garbo con el que presentaríamos una canción pop bien hecha -que no es lo mismo que un producto pop bien diseñado-.

Es tan sencillo como explicar quién es Brahms, y por qué es maravilloso Brahms, antes de tocar una de sus obras, dar las claves mínimas para no perderse en los laberintos verdes de sus sinfonías, o en los meandros rítmicos de una partita de Bach. Y que entonces todo cobra sentido y fluyen emociones escondidas.

James Rhodes puede ser acusado de hipster, y quizá lo sea en sus formas, pero en el fondo tiene algo muy necesario: el alma de divulgador apasionado, es alguien que cree en lo que hace y que sabe que en el fondo tiene razón, ya que las cosas no han funcionado de la otra manera. Y que ha demostrado que se pueden vender todos los tíckets de un auditorio con una comunicación imaginativa y una actitud más horizontal, comprensiva y -esa palabra tan de moda que han puesto de moda los feminismos y las izquierdas- completamente inclusiva.

Él sostiene en su libro que la música clásica se la pone dura, y durante casi 300 páginas intuimos en cada una de las frases el nacimiento de una erección, incluso cuando explica los pasajes más tormentosos de su inestable existencia. Hay libros que cambian vidas -no sólo la suya-, y éste es uno de ellos.

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