Vicio y subcultura Nunca olvidéis que Andre Agassi es dios

La biografía de Andre Agassi ha llegado a las manos de Blánquez y, como si fuera un passing shot decisivo, el autor de este blog no la desaprovechará. Con golpes profundos a las líneas, traza un retrato de uno de los mitos del tenis en los años 90.

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JAVIER BLÁNQUEZ | 09/12/2014 - 12:15

Recordamos perfectamente el momento en el que Andre Agassi irrumpió en el circuito profesional del tenis, y lo recordamos por el pelo. No el pelo de la cabeza, esa escultura capilar imposible, esa urdimbre de estalagmitas bicolores como la mirada de David Bowie que recordaba al cardado de Cindy Lauper.

No era por eso. La peluca de Agassi era lo primero en lo que todo el mundo se fijaba -la fascinación por las mechas es algo muy anterior al boom de las chonis-, pero en realidad Agassi no era sólo cabeza, sino que era pelo everywhere: en la espalda cuando se quitaba la camiseta, en cantidades parecidas a las de un licántropo, y por supuesto en la barriga, una alfombra de hombre cada vez que se secaba el sudor en plan guarro con el dobladillo, pero sobre todo pelo en las piernas. Agassi no necesitaba pantalones para pasar el frío en invierno: sus piernas eran una concentración exagerada de pelambrera espesa, negra y rizada, el típico pelo que, cuando se queda sudado, adquiere ese brillo como marmóreo que resulta tan asqueroso, el mismo que perla el pecho de los flamencos en plena soleá y compite en fulgor con la cadena de oro y la cruz de Caravaca. Andre Agassi no sólo fascinaba a peluqueros trendy como Llongueras, sino que, de pies a coronilla, pudiera haber suministrado género durante meses a varias clínicas de implantes. Lo único que no le llegamos a ver fue el pubis, como a Butragueño en Sarrià, pero seguramente aquello era el Amazonas y la hucha, la jungla de Tarzán.

Luego descubrimos que Agassi se había quedado cartoniano y que el peinado escultural era en realidad una prótesis con la que minimizar la inseguridad que le provocaba la calvicie, y un día, tras dejar atrás el trauma, se reinventó como el Pirata Pantani, con perilla y la cabeza levemente rapada, y un ostentoso pendiente en la oreja izquierda justo en ese momento en el que empezaba a cambiar el código del zarcillo e invitaba a ser un signo de heterosexualidad -antesala de todo lo Beckham y lo metrosexual-; lo que Miguel Bosé fue a la barba de dos días, Andre Agassi lo fue al piercing en el lóbulo, un signo de libertad, rebeldía y autoafirmación que nada tenía que ver con cuestiones tan íntimas. En lo de la perilla, que hasta entonces había sido el signo del felón, se adelantó ligeramente a la selección española de fútbol en el Mundial del 94, la que cayó en cuartos contra Italia con Luis Enrique sangrando por la tocha, y que significó un espanto estético con Julio Salinas, Caminero y Abelardo, como los Tres Mosqueteros, dejándose crecer el bigote. Para llevar bien la perilla había que tener percha, no sólo pelos en la cara, y ahí estaba Agassi para marcar la línea entre el ‘do’ y el ‘don’t’.

Un tipo raro

Más allá de su tenis, que cuando funcionaba era como la explosión de una bomba atómica -Agassi fue el precedente de Rafa Nadal, el tenista de piedra, la mosca cojonera, ese hijo de puta que, sin moverse de la línea de fondo, lo devolvía todo, ABSOLUTAMENTE TODO, clavando las pelotas en los ángulos, apurando las líneas, rebasando la red por milímetros para que siempre fuera más difícil el contraataque; el típico tenista con un sprint infernal que llegaba a los extremos imposibles de la pista-, lo que molaba de Agassi, más allá de su tenis, decíamos, era su carácter. Si el viejo McEnroe tenía genio, lo que Agassi tenía eran muy malas pulgas, y más de una vez se ganó la expulsión de la pista por llamar “mamonazo” al juez de línea o cagarse en los muertos de un recogepelotas. Si lo que nos gusta de Djokovic es cuando se desconcentra, maldice y retuerce alguna raqueta con el pie, Agassi era el triple de cáustico, machacaba la herramienta contra el banco como si fuera un aizkolari talando un tronco a hachazos, juraba en hebreo y, cuando perdía, perdía a lo grande. Algo que molaba mucho de Agassi era que solía fracasar estrepitosamente: era inevitable ir con él de la misma manera  que Axel Torres va con el Arsenal -sólo un acérrimo mourinhista, o un fan de Michael Schumacher, o un simpatizante de los Bulls de Chicago, tendría los arrestos para ir con ese muñeco Kent de cejas tupidas, maxilar prominente y perfeccionismo cargante llamado Pete Sampras, el Cristiano Ronaldo del tenis de los 90-, y lo que se esperaba de un partido de Agassi era el todo o nada, la gloria eterna o la caída del Imperio Romano en la pista central -siempre envuelto en dolor, y no únicamente el de los calambres: el dolor de tener el partido en su mano y arrojarlo al retrete en un mal saque, o un error no forzado, para luego tirar él mismo de la cadena con una doble falta estúpida cuando el oponente tenía match ball, o el dolor de no estar ni siquiera en la pista, con la cabeza en otro sitio, y perder en primera ronda de Wimbledon-.

Con el tiempo comprendimos lo que le pasaba a Agassi. Al principio creíamos que sus prioridades estaban fuera de la pista, en las alcobas privadas, en las suites de hoteles de lujo, enredado en carnal pecado con groupies de todo tipo, dándose a los placeres del sexo abundante, atrayendo a mujeres de toda condición con el imán de su pelambre -todo tenista, a menos que seas uno en concreto y todavía en activo que lleva su homosexualidad en secreto, es por definición un empotrador-. Pero en realidad Agassi tenía gustos raros: tuvo una relación con Barbra Streisand a principios de los 90 -en su autobiografía, ‘Open’ (escrita en 2009 y traducida al español ahora por Duomo), no llega a hablar de contacto sexual, aunque parafraseando aquel anuncio de McEnroe de los 80 podríamos decir aquello de “¿bromea o qué? La bola entró”-, y cuando tuvo en el bote a Brooke Shields, de quien nos enamoramos todos de niños porque la suya fue el primer amago de teta que vimos en el cine, la dejó escapar. La mujer que le obsesionaba a Agassi era Steffi Graf, la alemana que barrió finalmente del mapa del tenis profesional a Martina Navratilova y todo el lobby bollo de los 80, una mujer con unas piernas como columnas dóricas y tan perfeccionista en su juego que hasta pasó por el quirófano a hacerse una reducción de pechos porque tanta ubre le dificultaba los movimientos y la devolución de las pelotas. Agassi y Graf inventaron, en cierto modo, el tenis moderno: una mezcla de show y alta concentración, de espectacularidad y obsesión por el detalle. Y, como si fuera el final de un cuento de hadas, acabaron juntos, casándose y teniendo dos hijos. Al final, parecía que Agassi no eran tan frívolo: cualquier hombre se hubiera agarrado a Brooke Shields como una garrapata, pero él se vendió el anillo de compromiso en una casa de empeños, destinó el dinero a su fundación benéfica, y la dejó ahí tirada, actuando en series de mierda, sin papeles en películas, mientras su carrera se hundía.

En aquel entonces, la carrera de Agassi en el tenis también se había ido al garete. Entre 1995 y 1998 lo perdía todo. Nunca se supo hasta que lo confesó en el libro, pero se dio a un estilo de vida autodestructivo que, en realidad, no nos sorprende: cuando irrumpió en el circuito parecía un rebelde sin causa, un equivalente deportivo al hair metal, un punk nihilista con talento para derribar gigantes -un estereotipo que a él no le satisface, porque es de gustos musicales horteras, el típico hombre con un amago de lágrima siempre a punto mientras conduce por autopistas desiertas en la noche escuchando a Celine Dion en su Cadillac blanco-, pero lo que era Agassi en realidad era un emo, un sad boy, una de esas personas a las que les duele la existencia a escala cósmica. Esos pelos, que al principio parecían propios de Poison o Europe, eran en realidad un anticipo de lo que llegaría con Tokyo Hotel.

Lo de la droga

Y entonces ocurrió lo de la droga (#lodeladroga): convenientemente maquillado para no parecer un yonqui, Agassi explica en ‘Open‘ que durante un tiempo se evadió de sus problemas -el resquebrajamiento de su relación con Shields, la serie infernal de derrotas, el descenso a los infiernos de los puestos por debajo del 100 del ranking de la ATP– esnifando rayas de metanfetamina, evadiéndose en el paraíso de los enteógenos de todos los tormentos del mundo real. Su positivo por cristal nunca se hizo público -mintió en una carta atormentada y autoinculpatoria con el clásico “yo no lo sabía, me dieron a beber de un vaso que estaba cargado con esa mierda, os juro por Bjorn Borg que nunca volverá a suceder”, y la ATP corrió el tupido velo que siempre ahorra escándalos propios y ajenos-, y gracias a esa artimaña Agassi ganó el tiempo suficiente para, una vez liberado de sus cadenas -una esposa más aburrida que el cine de Angelopoulos, desafectada por todo lo que tenía que ver con el tenis y sus sentimientos, las lesiones por mala preparación y diversos casos de enfermedad en seres queridos-, volver al circuito para reconquistar el número 1. Agassi establece una relación causa-efecto entre quitarse de encima a la pija preocupada por el color de sus uñas –Shields– y conquistar por fin a la mujer diez –Graf, salvo por esa nariz a la que Quevedo dedicó un soneto: “Frisón archinariz, caratulera, / Sabañón garrafal morado y frito”– y su redescubrimiento del tenis como ese aire envenenado que, a pesar de todo, necesitaba respirar para seguir vivo. Y fue entonces cuando volvió a ganar, a marcar récords imposibles, a entrar a lo grande en una historia que lo había rechazado.

La confesión más cruel de ‘Open‘, sin embargo, no son las drogas. Es la de una adicción mucho peor: la del odio. Algo se podía sospechar viendo a Agassi en las pistas en sus años de explosión, y es que esa tortura tenía que ver con algo muy oculto. El muchacho no soportaba lo que hacía. Odiaba el tenis “con una oscura y secreta pasión […]. Ese abismo entre lo que quiero hacer y lo que de hecho hago es la esencia de mi vida”, y todo por culpa de formadores obsesivos, dictatoriales, inflexibles, como su padre y como su primer entrenador, Nick Bollettieri, el escultor de talentos perfectos como Monica Seles -antes de la puñalada-, Maria Sharapova, las hermanas Williams, Anna Kournikova -ahora señora de Iglesias, no se sabe por cuánto tiempo- y el archirrival de Agassi, Pete Sampras, el Federer de hace dos décadas, el insoportable ganador metódico e implacable. El problema de Agassi en sus primeros años fue que el odio nubló su talento, la tentación del abandono pudo más que la obsesión por los trofeos o los millones, y cuando ganaba, parecía como que era por error, como si no fuera posible que ese adicto a la autoinculpación, ese autodestructor del ego, ese saboteador de pelotas de partido, ese torrente tan incontrolado que acababa en el desborde, pudiera en realidad llevarse Wimbledon y el US Open y ser tan completo en todas las superficies. Cuando Agassi siguió el camino de Epicuro, logró la ataraxia y entendió que la felicidad se conseguía desterrando el dolor, desaparecieron los miedos, los ajustes de cuentas y, sencillamente, la pelota iba a donde él quería, y los rivales más fuertes, antes molinos de viento, acababan rebajándose a dimensiones humanas y ahí, de hombre a hombre, en cinco sets capaces de convertir los cuadríceps en arenisca, Agassi ganaba porque siempre tuvo la genética para aguantar un poco más.

Sabíamos que Agassi era dios, pero no lo recordábamos del todo. Para completar su retrato mítico hacía falta un repaso retrospectivo extenso y detallado. Eso es ‘Open‘, un libro tan bien escrito -con la ayuda de J.R. Moehringer, negro de lujo- que acaba por formar un retrato humano del ídolo, honesto, doloroso. ‘Open‘ explica que el odio se puede convertir en fuerza transformadora, pero que antes de que eso suceda hay que pasar por valles de lágrimas, rasgarse contra los alambres de espino de la vida, y que al final, si se ha tenido lo que hay que tener para no mandarlo todo la mierda y aguantar -decía Camilo José Cela que “el que resiste gana”, y el secreto es sencillo, aguantar come scoglio immoto resta, a la espera de que los demás se desfonden o no puedan más-, de modo que la frustración se convierte en triunfo y la escala humana se transforma en altura divina. Aunque lo supiéramos en lo más profundo, nos habíamos olvidado de seguir proclamando que Agassi era, es, dios. Pero nunca más.

 

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