Vicio y subcultura ‘Nymphomaniac’, guarrería al máximo en su ‘Director’s Cut’

Blánquez se ha pillado el montaje del director de ‘Nymphomaniac’, la polémica peli de Lars von Trier que ofrece su visión sobre la sexualidad, para ver si en ella hay más trajín sexual. Y, en lugar de masturbarse con lo que ve, reflexiona en voz alta sobre ello.

nymphomaniac
JAVIER BLÁNQUEZ | 26/11/2014 - 14:56

Cuando Lars von Trier anunció el proyecto ‘Nymphomaniac‘, en los primeros meses de 2013, hubo un humedecimiento colectivo, no sólo porque el director danés venía de firmar dos de sus películas más tremendas -‘Melancholia‘ (2011) bastante por encima de ‘Antichrist‘ (2009)-, sino porque parecía estar dejando claro desde el principio que el motor argumental y estético de su próxima obra iba a ser el porno.

Cuando aparecen Von Trier y pornografía -y no precisamente pornografía emocional, que es lo que al tipo le va-, es necesario activar todas las alarmas del intelecto y prestar mucha atención. ¿Una versión Dogma del típico vídeo de Brazzers? Necesitábamos urgentemente esa mierda. Y eso fue lo que ocurrió: la atención previa a ‘Nymphomanic‘, incluso antes de que se mostrara un miserable trailer o una mínima descripción argumental, ya se había disparado porque las especulaciones lúbricas se agitaban como ombligos de huríes en el inconsciente colectivo.

Cuando nos enseñaron el logotipo -ese paréntesis, como en el segundo disco de Sigur Rós, que sugería de manera un poco burda una vagina abierta-, y más tarde los carteles con todos los actores poniendo la cara de esfuerzo al correrse, parecía como si Von Trier estuviera confirmando las sospechas: esto no iba a ser una película, sino una orgía.

Menos chicha de la esperada

Luego se estrenó en cines la primera parte y resultó que no. O al menos, que no era exactamente lo que se esperaba: Lars von Trier no había dirigido una película porno, sino una película de Lars von Trier -más pedante aquí de lo habitual- acerca de una adicta al sexo con la autoestima hecha puré que recuerda su vida en un extenuante monólogo y en la que ocasionalmente se mostraban escenas abiertamente explícitas, pero también premeditadamente breves, de folleteo sórdido.

Esto fue algo frustrante desde el inicio, sobre todo porque Von Trier se había encargado de explicar que había rodado las escenas de coito con actores porno profesionales a los que les había insertado en la cara y algunas partes de su cuerpo esos puntos de motion capture con los que Peter Jackson, por ejemplo, se recrea un Gollum o un Smaug la mar de creíbles: la idea era tener un pene entrando en un coño con todo lujo de detalles -pelambreras generosas, venas hinchadas, ese brillo rojizo del glande, que diría Sánchez Dragó, antes de erupcionar como un géiser de Islandia, o el archiconocido cipote de Archidona que inmortalizara Camilo José Cela en un hilarante cuadernillo hace ya unas décadas en la editorial Tusquets- y luego sustituir las anodinas caras de los profesionales del cine X por los rostros de star system de Hollywood como Shia LaBoeuf o la protagonista, Charlotte Gainsbourg. Y bueno, sí, nabo e higo había, pero tampoco tanto.

Recuérdese, eso sí, que al comienzo tanto de la primera como de la segunda parte de ‘Nymphomaniac‘, aparecía un cartel de advertencia: Lars von Trier se negaba a firmar su película al no reconocerla como ajustada a su visión, mutilada por mano ajena en la sala de montaje. Por una parte, sonaba a artimaña comercial para hacernos caer en lo que los americanos -incorporando a su lenguaje un neologismo creado por George Costanza en ‘Seinfeld‘- llaman el “double dipping“: hacerte pagar dos veces, o incluso más, por lo mismo. Dos entradas para el cine, una copia de sendos DVD, quizá otra entrada para el extended cut y luego el extended cut en vídeo doméstico.

Desde el principio Von Trier avisó de que la versión completa de ‘Nymphomaniac‘ se iba a las cinco horas y media, y en cine se vieron sólo cuatro. ¿Qué contenía esa hora y media cercenada? ¿Qué nos estaban negando? ¿Sería guarro?

El contenido oculto 

Esa era la pregunta importante: para no ser calificada de película X, el montaje para cines comerciales tuvo que prescindir -se nos decía- de los momentos más explícitos. El rodaje de ‘Nymphomaniac‘ parecía envuelto en un secreto casi militar, y no se filtraban datos fiables: unas fuentes decían que había mucho sexo, muchísimo, de un naturalismo casi propio de las producciones del estudio Mofos, y otras aseguraban que la película era más cruel de lo que finalmente se vio en cines.

Para comprobar quién tenía razón había que ver el edit del director, ya que el montaje en cines se había hecho por mano ajena y con una aceptación de Von Trier a regañadientes para no arruinarse, y no había manera de verlo porque ningún cine lo iba a pasar en ningún mercado importante porque todavía hay formas de censura. Finalmente tampoco se pudo ver en Cannes por aquello de Hitler.

Existía otro problema: un extended cut abiertamente porno tendría que venderse, por ley, al menos en España, solo en el circuito de sex shops, y nunca en El Corte Inglés. Todo era confusión. Sabíamos que en ‘Nymphomaniac‘ había manjares de follamenta muy misteriosos, pero eran fruta prohibida, información vedada, uno de los archivos del Obeso Nicolás -ni Pequeño ni zarandajas de esas; vaya papada tiene la criatura, ¡por los clavos de Cristo!-.

Desde esta semana, en cambio, si usted va a FNAC, o a El Corte Inglés, puede comprarse el montaje del director de ‘Nymphomaniac‘, que acaba de poner a la venta Cameo Media. Y ahí está, en los créditos, lo que en su día prometió Von Trier: una versión extendida de las dos partes de la película, los 90 minutos que desaparecieron sin darnos cuenta como un saco de billetes en manos de un Pujol.

¡90 minutos rebosantes de porno rodado por Lars von Trier, que podía ser la versión altamente intelectual y con aún más mal rollo que una cinta de Max Hardcore! ¡Por fin la película que rompería la baraja, que dinamitaría el debate (extendido, cansino, sin llegar a ninguna conclusión) de la influencia del cine convencional en el porno, y del porno en el cine convencional.

Una película que dejaría en meros ejercicios arty a títulos como ‘9 songs‘, de Michael Winterbottom -donde se veía al actor protagonista eyacular copiosamente, y donde no se escondían los coitos, pero siempre en escenificaciones bonitas en la bañera o entre gasas mecidas por el céfiro- o ‘Shortbus‘, esa especie de ‘Vidas cruzadas’ sobre la insatisfacción sexual en la que, como giro distintivo, se normalizaba el discurso sobre las relaciones gays. ‘Nymphomaniac‘ tenía que ir al límite, borrar las líneas entre porno y cine, o sea, hacer un porno con medios propios del mainstream.

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Sabemos por los montajes en cine que no es exactamente así. ¿Y el director’s cut? La respuesta es que tampoco.

El material nuevo abiertamente sexual en la versión de cinco horas y media de ‘Nymphomaniac‘ no es demasiado relevante: lo que hay, ante todo, son decoraciones mejoradas de las escenas sexuales ya previamente incluidas en el montaje.

Por ejemplo, en las escenas entre la joven Joe y su amor verdadero, Jerôme, se ven más penetraciones. Es lo que en primera instancia se ocultó y ahora se muestra: la caidita de Roma, la entrada al túnel, no puedor, no puedor, como decía Chiquito de la Calzada en uno de sus chistes.

Pero son planos poco insistentes, pinceladas húmedas que apenas dan tiempo para fijarse un poco en lo habitual en estos casos, colores y texturas, pero poca gimnasia. Solo en una escena, que en el primer montaje quedó visiblemente coja, Von Trier se recrea: la del sándwich que se monta Charlotte Gainsbourg con dos africanos en un hotel de mala muerte.

Antes, se nos dejaba pensar que había doble penetración y que ellos cruzaban sables en un trance fortuito, de ahí la discusión acalorada y cargada de reproches entre los dos machos zainos. En el montaje definitivo se ve con más detalle cómo ambos penes entran en el organismo de Charlotte/Joe, que parece de verdad ella a menos que le hayan puesto su cara y sus pechos a una señorita no identificada, al estilo Gollum. Típico de Blacked, o de Black on Blondes, aunque ella no sea ‘blonde’.

 

Pornografía de todo tipo

Finalmente, el extended cut de ‘Nymphomaniac‘ resulta decepcionante en relación a las expectativas primeras, las del año pasado: no se puede negar que hay sexo de todas clases y de todas las obsesiones a lo largo de la película, que es casi una taxonomía de la enfermedad y la adicción sexual.

La película es perversa en cualquier caso: ella se moja cuando muere su padre, se lo monta con muchos hombres en todas las posiciones distintas, se toca el interracial y el lésbico casi incestuoso y fuera de los plazos de edad permitidos por la ley, hay DP y cunnilingus muy explícito en el nuevo montaje -en la parte en la que Joe relata su actividad sexual como si fuera un motete renacentista, con bajo continuo y cantus firmus, hay un primer plano de un clítoris que parece una berenjena-, y todo el semen que no salía en la primera parte ahora corre abundante, como los ríos de leche que cruzaban la mítica tierra de Jauja.

Pero lo nuevo, lo verdaderamente nuevo de ‘Nymphomaniac‘ en versión completa, consiste en cómo se llena la historia, y no los orificios de Joe. Hay mayor carga de pedantería en los diálogos de Stellan Skarsgard -que es de verdad donde está la pornografía del guión; pornografía intelectual, exhibicionismo hueco-, los momentos decisivos de la vida de Joe aparecen mejor explicados y permiten comprender mejor sus decisiones, y de este modo el final resulta menos patillero y moralista.

Y sobre todo hay minutos añadidos en una larga escena que se quedó fuera porque lo que renueva no es el porno, sino el gore: en la segunda parte, durante un metraje que se hace interminable, agotador, asqueroso, Joe se practica un aborto casero en el suelo de la cocina, explicado con lujo de detalles y hasta un atlas anatómico, con hierros candentes rasgando su útero, con sangre y vísceras dejando perdidos los azulejos, con el feto al final perfectamente visible, insoportable. Lo que, y esto es indiscutible, se corresponde con el significado que le da la RAE a “pornografía”: “Carácter obsceno de obras literarias o artísticas”.

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