Vicio y subcultura Paolo Vasile es dios en la tierra

Más allá del guantazo, el escupitajo, las chotis, los ciclados y las folclóricas, Blánquez rinde culto a un titán contemporáneo: el hombre que transformó por los restos la televisión y la cultura popular española.

Con Lara Álvarez
Javier Blánquez | 27/07/2015 - 17:23

Hay gente a la que el verano se le está poniendo muy cuesta arriba, gente que suda la gota gorda por el puto calor mientras intenta que no le dé un síncope, personal que apura como puede sus últimos días de trabajo -agónicos, insoportables- y que se resigna a que, una vez llegue el mes de agosto, éste transcurra en una plácida normalidad, sin viajecitos, ni escapadas, ni siquiera con actividad dentro de la localidad -terracitas, playa y esa mierda-, porque está todo el mundo fuera, o en la misma situación, es decir, hasta los cojones de todo, y del calor, por este orden.

Y para toda esa gente desesperada, aburrida, necesitada de una excusa para seguir adelante, siempre está ahí nuestro tito Vasile, don Paolo, el padrino, para hacerles la vida más llevadera.

Vasile, con el equipo de 'Lo imposible'

Dejémonos de culturetadas, de esa solemnidad airada que muchos transmiten en las redes sociales, donde luchan enconadamente por las libertades a golpe de tuit -con lo efectivo que sería empuñar un trabuco, como Luis Candelas-, y reconozcamos un hecho fundamental en la cultura (basura, pero cultura) de la España del siglo XXI: Paolo Vasile es Jesucristo, una linterna en la oscuridad, un referente moral.

Qué hubiera sido de nuestras horas de aburrimiento, del hastío de vivir, sin este paladín de la basura de luxe, es ahora mismo un misterio puesto que es inconcebible entender nuestra existencia sin el periódico chute de mamarrachez, patio de corral, verdulería, gestos torcidos por el espasmo de un tertuliano cualquiera, homosexualidad light, cirugía estética, famoseo venido a menos, guarradas cotidianas, divas en decadencia, puñaladas traperas y trapos sucios que diariamente nos aportan Telecinco y sus programas estrella.

Porque yo les aseguro una cosa: no es incompatible levantarse por la mañana, levantar el país con trabajo duro, y de paso escuchar, pongamos por caso, la sinfonía ‘Heroica’ de Beethoven, y luego leer a Schopenhauer en el metro de camino a donde toque ganarse las habichuelas, y por la noche conectarse a lo que ese día estén presentando Jesús Vázquez o Jorge Javier Vázquez (no son parientes) como si fuera un suero y alimentarse de morralla nutritiva.

Traca final en la edición 2015 de 'Supervivientes'

 

Un titán de la cultura popular

Vasile es dios siempre y cuando no se le tenga por el becerro de oro, que se adoraría ciegamente negando la realidad alrededor, sino como una especie de ser inmanente, que flota y todo lo ocupa, casi en un sentido budista de la divinidad, y que siempre está ahí para cuando le necesitemos. Desde que este italiano españolizado, máximo renovador de la larga tradición de la caspa ibérica, subió al cargo de consejero delegado de Telecinco en sustitución de Maurizio Carlotti en 1999, y más todavía desde que es consejero único -y por tanto la mano de hierro que maneja el volante de la telebasura, o de la McTele, que sabes que te va a causar una explosión de hígado tarde o temprano pero no puedes evitar devorar como si se fuera a acabar el mundo-, no ha dejado de darnos alegrías.

Lo que ha conseguido Vasile es milagroso: no solo consolidar a Telecinco como la televisión con más audiencia, sino además conseguirlo sin pudor, inyectándonos la pura esencia del morbo, el pensamiento unineuronal, el low cost de pacotilla, la discusión de taberna, el guantazo y el escupitajo, en las horas en las que el intelecto no está para lindezas y se apodera de nuestro cuerpo el cerebro de reptil.

La era Vasile, o el año 1 d.C (después de Carlotti), es en nuestro calendario gregoriano el año 2000. Cuando llegó el primer ‘Gran Hermano’, la televisión cambió definitivamente. Qué importa que desde entonces hayan crecido alarmantemente los índices de fracaso escolar, analfabetismo, incremento de la masa muscular en aspirantes a tronistas ciclados, la negritud de las cejas y las almejas de las chonis en proporción inversa a la rubiez de sus mechas, el de consumo de alcohol en camerinos y de paso haya descendido el vocabulario básico de la población, si a cambio hemos tenido horas y horas de solaz de noche y madrugada para pasar alegremente el rato en nuestras casas, comentando animadamente por el móvil con los colegas cómo le suda el labio a éste (los focos, que calientan mucho), y cómo se le gira la mandíbula a aquella (en el fragor de una discusión, tras recibir un revés), o como humillan a una folclórica, a una cazafortunas operada, a una estrella del teatro en plena recesión, haciéndole todo tipo de perrerías. Lo llaman pan y circo, pero es que los coliseos romanos molaban un huevo. Es mejor un debate con Jordi Glez. que el fútbol o los toros.

Fin de-fiesta en el plató de 'Sálvame'

El estilo Vasile se divide en dos líneas de fuerza principales: por un lado, la humillación del famoso, cada vez menos famoso y más humillado en islas perdidas del Caribe, pasando hambre y calamidades, pescando anguilas a mano, sometido a una dieta severa de abstinencia (¡pobre Nacho!), soportando el olor corporal de todos, y por otro lado la discusión encarnizada, el linchamiento.

Es magistral la manera en que Vasile y su equipo han diseñado las parrillas en los últimos años: un reality que sustenta la base de la programación (y de la audiencia), un programa de debate para mantener la continuidad, y luego programas satélite de cotilleos que se alimentan de esos mismos realities y de sus participantes baratos, obligados a firmar contratos leoninos para que luego sean explotados con charlas post-expulsión, polígrafos, revelaciones de secretos, careos, etcétera.

 

Los orígenes

Hubo una época en la que la televisión del corazón tenía un cierto glamour. Una época en la que las cadenas apostaban por soltarle una morterada a Chábeli Iglesias, por ejemplo, para que fuera a explicar los detalles de su boda con Ricardito Bofill. La tele era una extensión catódica del ‘¡Hola!‘, y en aquellos platós había periodistas con solera y muchas horas de vuelo en el papel couché como Jesús Mariñas, Ángel Antonio Herrera y Chelo García Cortés en sus años de esplendor.

Pero como ya sabemos que ha ido ocurriendo, el buen periodista se ha tenido que reciclar en un buen púgil, y eso Vasile lo ha sabido ver: en ‘Sálvame’ hay mamporreros que machacan sin piedad, que es lo que nos gusta, que se ensañen con Amador Mohedano por hacer de cuerpo en la playa, o con Belén Esteban por tomarse unas vacaciones en una granja, o con Coto Matamoros por hacerse un tatuaje maorí en la calva, y así se ha ido degradando todo, en una versión esperpéntica del famoseo que es profundamente española. Si ‘Tómbola’ era como Unamuno, ‘Hombres y Mujeres y Viceversa’ es como Valle-Inclán: dos visiones del mismo dolor. Una con poso heroico, la otra con el espejo deformado delante de nuestras miserias, que nos gustan por lo feas que son.

Chabelita y Suhaila Jad, dúo de supervivientes

La nueva España trágica, que a la vez es España cómica, se lo debe todo a Vasile: el auge de la choni, la popularidad de nuevas expresiones como ‘¡te arrastro!’, el incremento de los niveles de consumo de alcohol en domicilios particulares los viernes por la noche, viendo como Alberto Isla confiesa un nuevo embarazo de la guarrilla random que le haya tocado ese mes, disfrutando de los paripés de parejas con la máquina registradora bien engrasada como la de Pipi Estrada y Míriam Sánchez -que gran verano aquél de hace dos años-, el saber que, pase lo que pase, nunca estarás sólo un viernes por la noche, o un domingo de madrugada antes de irte a la cama y encarar una nueva semana laboral tediosa.

Vasile nos tiene ahí, adictos a ‘Supervivientes’, esperando con fervor la llegada de un nuevo programa (se estrenó hace unos días, se llama ‘Pasaporte a la isla’, y es lo que va a salvarle el verano a los parias de la tierra que no tienen para irse de vacaciones a Japón, ni a Berlín, ni siquiera a Salou), dándonos nuevos ídolos a los que adorar -un día se le desinfla la musculatura a Rafa Mora, pero llega Christopher, y la rueda sigue-, y haciendo más llevadero este dolor de espíritu al que llamamos vida. Desde el corazón, querido Paolo, te transmitimos estas palabras de sincero aprecio: muchas gracias por todo.

Con María Teresa Campos

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