Vicio y subcultura Peaches, reina del sobaco

A nuestro cronista vicioso se le han puesto los pelos como escarpias con el último vídeo de Peaches, testimonio de una orgía lésbica en el desierto en la que hay, según nos cuenta, coños arbóreos, comidas de clítoris y axilas ajardinadas.

Peaches
Javier Blánquez | 17/12/2015 - 16:35

Ver señoras con la sobaca peluda y el coño rebosante de matojo, aflorando por el borde de la braga como si fuera la invasión del césped en un territorio montañés tras la época de las lluvias, es algo que hemos observado cada vez con mayor frecuencia en todos los frentes. Asumámoslo: las mujeres han decidido tomar el control del mundo, y el primer paso ha consistido en hacer de su cuerpo un territorio virginal, por construir, y el vello ha sido la primera herramienta para marcar los límites. Son esa clase de mujeres, como durante el Movember no se pueden dejar bigote, lo que hacen es permitir que el sobaco crezca como la hiedra.

Quizá en la vida real y en las playas en verano esto no se aprecie del todo, porque aún seguimos viendo mozas de las de toda la vida, que se arreglan las piernas y van a tomar el sol perfectamente preparadas para que la piel se les toste sin ninguna circunstancia fisiológica que se interponga entre la melanina y el rayo ultravioleta, pero en el mundo del espectáculo hace tiempo que el paradigma muestra signos de cambio. Lo de las sobacas moras es en principio una cuestión testimonial, pero no tiene nada de anecdótico.

Peaches

El boom del enfoque feminista en el pop hace tiempo que se desarrolla, y poco a poco madura como una manzana en la rama del árbol. Si nos remontamos a décadas atrás, el gesto de rechazo al rol dominante masculino era muy puntual: lo ejercía Patti Smith cuando (una vez más) posaba con el brazo con más lianas que la selva de Tarzán o se ponía a mear en el escenario, en cuclillas, haciendo de su coño un imponente lago Victoria del cual manaban las fuentes de un hediondo y amarillo Nilo; y más tarde le podía tomar el relevo Madonna, cuando se fotografiaba con el gato acostado, o las chicas del movimiento riot grrrl, que tenían tanto de ética combativa como de estética precursora del ‘mi cuerpo es mío’.

 

Algo salvaje

Y entonces, en 2000, apareció una canadiense achaparrada, con cara de mala leche, que le dio un giro salvaje al tema al presentarse como sex symbol de la fealdad. Se llamaba Peaches (traducción: Melocotones; nombre real: Merrill Nisker) y provenía del mundo del arte contemporáneo y la performance, y cuando aún no éramos capaces de comprender cómo se comunicaban estos dos campos con la música, ella estaba en el escenario haciendo cosas que nunca antes habíamos visto, como follar con objetos, meterse el dedo por todas partes, mostrarse muy femenina con el alerón tan tupido como el pecho de un portugués, restregarse objetos y, en definitiva, exhibir una sexualidad avanzada a su tiempo. Todavía teníamos claro que sólo había dos paradigmas, el heterosexual y el homosexual, y venía una hembra fuera de cualquier representación canónica a decirnos que no, que la pansexualidad, el poliamor, el hermafroditismo y lo feminazi estaban a la vuelta de la esquina, y que nos fuéramos acostumbrando.

Peaches

No nos acostumbramos, y lo primero que hizo la industria fue, por una parte, arrinconar a Peaches en el gueto de los freaks -sobre todo desde que, en su segundo disco, titulado ‘Fatherfucker’, se fotografiara en la portada con una barba postiza-, y por otra, aprovechar el tirón de su canción ‘Fuck the pain away’ y utilizarla en miles de escenas de strippers, lap dances, puticlubes, folleteo chungo y paseíllos de izas, rabizas y colipoterras en películas y series de televisión.

Se abusó tanto de aquella canción que ya se ha convertido en un tropo al estilo medieval: señoras restregándose por una barra y estirando la pierna acrobáticamente + negro mafioso contando billetes/blanco desesperado con los ojos salidos, la corbata floja y whisky en mano + contexto de putiferio = música de Peaches. Lo cual estuvo muy bien para ella, ya que le permitió ingresar una buena cantidad de crudo para seguir haciendo lo que mejor se le daba, que era poner en solfa muchas cuestiones de género en sus canciones y hablar de feminismo mientras todo el mundo debatía, por ejemplo, sobre la extraña arquitectura del flequillo de Justin Bieber.

El retorno

El tema es que nos habíamos olvidado de Peaches, porque no había disco suyo desde 2009 (‘I Feel Cream’), que además no era demasiado bueno y venía precedido por ‘Impeach My Bush’ (2006), que en su día se nos hizo repetitivo y poco original. Pero han pasado seis años, y Peaches ha vuelto no sólo con fuerzas renovadas, sino con buenas canciones y aprovechando el contexto a favor de su proyecto. Recordemos que ella viene de las artes contemporáneas, que Peaches es un proyecto de performance, y que mostrarse como una guarra, una poliamorosa o un macho con vagina son partes de su personalidad, pero también de su mensaje político. Hay partes de mentira y partes de verdad en la construcción del personaje Peaches, pero casi todo lo que hay en Peaches ya estaba previamente en Merryll Nisker, la persona, abundantemente leída en teorías feministas y críticas a las representaciones tradicionales (o heteropatriarcales) de los roles de género.

Ahora llega ‘RUB’, en su propio sello I U She Music -después de concluir su contrato con XL Recordings, un sello más preocupado por hacer mucha pasta con los discos de Adele-, y Peaches sigue siendo la misma evangelista del ‘mi coño es mi droga’ (parafraseando a Pxxr Gvng), del ‘mi cuerpo es mi templo’, del yo me follo lo que me da la gana y la propuesta de encuentro de lo femenino y lo masculino en un mismo marco anti-jerárquico. Si fuera catalana votaría a la CUP, si hiciera porno en España pertenecería al círculo morado de Amarna Miller, y todas esas chicas del pop que en los últimos años han enseñado con orgullo sus axilas sin depilar (como Grimes), o se han llenado la boca de feminismo (como Charli XCX), o dicen abiertamente la palabra ‘bitch’ (como Nicki Minaj), están en deuda con Peaches.

Pero como no ha venido a recoger las migajas de la siembra que ella mismo plantó, ahí está el vídeo de presentación de su álbum (el de la canción ‘RUB’), en el que se representa una orgía lésbica en medio del desierto y que deja a ‘Orange is the new black’ a la altura del betún mojigato: aquí hay planos frontales de coños arbóreos, comidas de clítoris sin disimulo, intercambio de fluidos entre transexuales, apología del cuerpo serrano, tabaco y axilas ajardinadas. Lo que viene a significar: mira, Miley Cyrus, eres una aficionada; aparta, putilla, y déjame lo que te demuestre cómo se lleva la sexualidad al extremo. Y va y lo demuestra, con dos cojones.

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