Vicio y subcultura El DJ fiestero ha vuelto

Ricardo Villalobos o la leyenda del indomable. El dj más golfo y tóxico de la escena internacional ha vuelto a las andadas, pinchando hasta las trancas, y Javier Blánquez no podía dejar pasar la oportunidad de venir a contárnoslo en su rincón de la desvergüenza y el desmadre.

Ricardo-Villalobos
Javier Blánquez | 16/07/2015 - 16:22

A Ricardo Villalobos un buen día le colgamos el mote de Ricardo Pillaglobos, y todo el mundo comprendió al instante que el juego de palabras era una obra maestra.

Villalobos empezó a ser célebre en el mundillo de los dj’s por varias razones, entre ellas la longitud exagerada de algunos de sus tracks –Fizheuer Zieheuer, del año 2006, duraba 15 minutos en la cara A del vinilo y 22 minutos en la cara B, y cuando lo pasó a CD lo extendió hasta 70 y pico-, así como un sonido propio tirando a líquido, que sugería un estado de cuelgue feliz, suspendido en una nube narcótica de muy variada composición.

Pero lo que más ha calado en el imaginario del clubber cotilla, ese que además de salir de fiesta y pegársela gorda también disfruta entre semana de la comidilla de la escena, de los memes en Tumblr y los vídeos de ciegazos en YouTube, y que tiene al productor germano-chileno como un dios a la misma altura de Sven Väth, otro artista con tabique de platino, quistes tóxicos en la chepa, ojeras permanentes y células más entrenadas que las de Burroughs, es el Villalobos drogado. Cuanto más, mejor. Porque Villalobos siempre pilla, y siempre lleva un globo encima. Quien necesite un dios tóxico, le tiene a él, y él nunca nos ha decepcionado.

A lo largo de una década, Ricardo Villalobos no ha dejado de ser polémico por sus pasotes con la droja. Él ni siquiera lo niega, lo más que ha llegado a decir al respecto es que le jode que la gente se burle de su aspecto desencajado, o de que los fotógrafos estén ojo avizor, esperando el momento preciso, como si estuvieran en pleno Himalaya a la caza de una instantánea del leopardo de las nieves, para sacarle con la cara más torcida posible, los ojos mirando uno a Cuenca y el otro a Sebastopol, la mandíbula de viaje y la lengua fuera.

Ricardo-Villalobos

De todos los greatest hits de Villalobos, unos se quedan con 808 the bass queen, que es un track tremendo de house maquinal y pulsátil, pero hay muchos que recuerdan sus principales apariciones fotográficas en la red: dentro de una caja de cartón en un after en Cracovia, después de que se acabara el festival Unsound, o en la cabina del piso de arriba de Watergate, con la camiseta sudada dibujando las formas de las caras de Bélmez, gafas de sol mal ajustadas y flotando tras una lonchita de anestesiante, o en las fiestacas que se pega en Ibiza, siempre de amanecer, en camiseta de tirantes, rodeado de amigotes del palo.

 

Cualquier tiempo pasado…

Todo esto lo recordamos con nostalgia porque hacía mucho tiempo que parecía que Villalobos se había medio reformado y disimulaba mucho mejor sus estados alterados. Pero hace un par de días empezaron a circular por la red dos vídeos de Villalobos pinchando en la fiesta Cocoon in the Park en Leeds -a nosotros nos lo ha hecho llegar don Jaume Torres (@jaumetorres14), incondicional de Villalobos cuando se pasa de la raya-, en la que también estaban anunciados dos titanes de la juerga techno antigua como Carl Cox y Sven Väth.

Allí se produjo un revival que nos retrotrajo a los mejores días canallas del minimal en Berlín, cuando cualquier imagen de Villalobos en un foro de internet generaba una avalancha de comentarios, chascarrillos y primitiva viralidad a propósito de su cara, más propia del Vaquilla circa 1985.

Esta vez, la cosa va así: estaba el tipo pinchando, pero muy a su bola, pasando de todo, de la gente y de la sesión en sí. Y se dio cuenta todo el mundo. Esto no es nuevo con Villalobos: durante años se ha sabido que era el Curro Romero de los dj’s, que un día te hacía una faena histórica, saliendo a hombros por las calles de Kreuzberg, con el fular ondeando en la madrugada berlinesa a orillas del río Spree, camino del after más cercano a cascarse otro set de pedorretas, ruidos de bolas metálicas y trompetas gitanas, pero al otro día se marcaba un bodrio infame en el que no era capaz de cuadrar ni una.

Esa inconsistencia, lógicamente, venía dada por las condiciones físicas en las que atacaba muchas veces su presencia tras los platos, así como por el exceso de trabajo. Villalobos pinchaba mucho y no siempre bien, y ocasionalmente pillaba un pedo tan severo que su imagen era la de un alma en pena vagando por el garito como si estuviera levitando a la manera de Santa Teresa.

Ricardo-Villalobos

Esta actitud abrió muchísimos debates entre los aficionados al techno, a saber: 1. ¿Es una falta de respeto al público pinchar hasta las trancas? Porque la fiesta se comparte, pero no la tiene que capitalizar sólo el dj. 2. ¿Es justo que te cobren una pasta en la entrada y en las barras para que luego el dj no esté dando el 100%? ¿Le toleraría esto a su dentista, por ejemplo? 3. Villalobos, ¿es un espíritu libre o un payaso?

Nunca nos hemos puesto de acuerdo. Hay un elemento aparte que es la calidad de la música de Villalobos. Nunca se podrá negar que dentro de la escena minimal ha sido un visionario, un productor singular con un sonido único -muchas veces imitado, casi nunca superado-, y un experimentador de primer orden.

Los clubbers más intransigentes, los que se mueven como borregos al son de un bombito duro, nunca entenderán que Villalobos ha propuesto ideas muy interesantes que desde hace varios años le copian dj’s rumanos y búlgaros: por ejemplo, utilizar las intros y las salidas de los tracks largos para experimentar con ideas armónicas desquiciadas, efectos y tempos extraños, en vez de conformarse con la repetición de un beat para ponérselo fácil al dj en la mezcla, o también jugar con la sensación de tiempo con piezas muy largas que crean una ilusión de trance -una música casi budista, podría decirse-.

Pero una cosa es comprarse un disco de Villallobos, música que él suele hacer entre semana, cuando se le ha pasado la papa, y otra muy distinta es ir al club y jugártela. Porque si tú has llamado a tu camello por la tarde, él puede que lo tenga metido en la cabina, sentado sobre una caja de botellas de San Miguel, echándose unas risas.

Ricardo-Villalobos

Algunas de las imágenes más vergonzosas que nos ha dejado el clubbing playero -la cabina como una especie de camarote atestado de cazafortunas en bikini, maromos con gomina y gafas de sol, el manager y los colegas del barrio, sirviéndose cubatas y bailando mientras el dj va colando hitazos, echándose unas risas y pensando en la pasta que va a cobrar después, para luego pulírsela en marisco y yates-, y que se han vuelto recurrentes en vídeos de los afters de Ibiza, sesiones del club itinerante (y en streaming) Boiler Room y eventos con Steve Aoki de protagonista; algunas imágenes de esas, decíamos, comenzaron porque Villalobos, Väth, Hawtin, Carola y sus colegas las pusieron de moda. Ellos fueron los primeros en convertir la cabina en un circo, y no en un sancta sanctorum, los primeros en mezclar las bebidas antes que los vinilos, los primeros en considerar que la fiesta de verdad estaba de los monitores para atrás, y no donde el público se hacinaba como ganado al sol tórrido del verano.

El show de Villalobos en Cocoon In the Park, bailando con golpes de cadera muy extraños, completamente desconcentrado de la sesión, eligiendo los discos a bulto, mezclándolos mal y sin ganas, sin mirar a la gente y echándose todo el rato unas risas con el entourage de atrás, pensando en la turca privada que se iba a pillar luego, en cuánto sobraba del gramo del día antes para hacerse un ‘paluego’, recuerdan a los momentos más memorables de su apogeo fiestero entre 2004 y 2008, cuando se alzó al primer puesto de los dj’s más fiesteros del planeta (y que dio origen a uno de los artículos más brutos que se han publicado jamás en ‘Primera Línea’).

Cuando creíamos que había relajado la actitud después de su primera paternidad, cuando pensábamos que había aprendido a distinguir la profesionalidad de la charlotada, cuando llevaba una buena racha de pinchar bien y sin llamar la atención (y sin bajar caché), ha vuelto el Villalobos mítico, el héroe del higher state of consciousness, el de los chupetones con el dedo y los piquitos con la llave, el del ron con cola y un poquito de aderezo en polvillo y el de las escapadas al servicio con un par de colegas de esos que te traen tema guapo.

Llegados a este punto, ya no nos conformamos con menos. Queremos otra vez memes de Villalobos como si fuera el grito de Munch, pero con keta. Queremos cada semana vídeos de cualquier jodida fiesta en la que vaya a pinchar, para ver cómo refina su comeback tóxico. Queremos en todo momento infiltrados en todos los festivales y en todos los garitos para que nos cuenten a qué hora se acuesta (si es que se acuesta) y a qué números llama. Queremos fotos del susodicho con la barba empapada, las retinas del diámetro de Plutón, la camiseta sudada como si hubiera estado en una competi de cerdas en Magaluf, el pantalón desabrochado y esa boca un poquito abierta, con sequedad. El retorno del dj será fiestero o no será. Queremos todo eso porque nuestra vida canalla sin un Villalobos en plena forma no es nada.

Ricardo Villalobos

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