Vicio y subcultura Sabina, el retorno del yuyu

Ahora que el cantautor ha podido completar su segundo concierto en Madrid sin duelos ni quebrantos, Javier Blánquez indaga en las razones del misterioso Pastora Soler que sufrió Sabina hace unos días.

Sabina-en-Madrid
Javier Blánquez | 17/12/2014 - 10:41

No nos ha llegado ningún parte oficial del médico de cabecera de Joaquín Sabina, ni tampoco tenemos los estudios reglamentarios para hablar con absoluta propiedad de temas de salud, que no son cosa baladí. Pero algo nos da en la nariz de que detrás de la espantá del sábado pasado en Madrid, cuando tras hora y media de actuación el cantante jienense se bajó del escenario, despidiéndose a la francesa, sin ni siquiera mirar atrás, dejando en suspenso dos bises realmente largos, abundantemente nutridos de hits de los suyos, pasó algo que no nos han dicho claramente qué fue.

Sabina, con su característica diplomacia, dijo luego que le había dado “un Pastora Soler”, o sea, un episodio de pánico escénico, y que no pudo seguir su programa en el antiguo Palacio de Deportes de Madrid, atenazado por la responsabilidad, maniatado por los nervios.

¿Nos lo creemos? Que a su edad le pasen estas cosas, después de haber lidiado en las peores plazas, dándole a la matraca durante horas en fiestas de pueblo, antros de todo tipo y coliseos latinoamericanos, lo cierto es que no cuela, Joaquín, oyes. Alguien con los huevos tan pelados como Sabina no se baja a los camerinos porque le haya dado una miaja de apechusque. No: aquí ha pasado algo serio.

 

Miseria de la teoría

Tampoco seremos tan sucios de sugerir, como las hordas de Twitter y demás bárbaros insensibles de otras redes sociales, que el problema de Sabina tiene que ver con un regreso a las drogas que ni él ha confirmado ni tendría por qué ser categórico.

Es cierto, citando el refrán español, que cuando el río suena, agua lleva, y seguiríamos, como Sancho Panza a lomos del rucio, con que cuando veas las barbas de tu vecino quemar, pon las tuyas a remojar: cuando a Sabina le pasa algo malo, lo rápido y fácil es sospechar que detrás hay un tema blanco de mayor o menor gravedad, una recaída en la farla, una loncha furtiva, un juego de manos con el perico que nunca se fue del todo -excepto fosa abajo-, y mientras nos vendían limpieza de sangre había, en realidad, más tiros largos que en los pantalones de Mario Conde. Al fin y al cabo, fue el propio Sabina -cuenta la leyenda- quien, en Televisión Española, y en 2011, cuando ya llevaría cinco años sin consumir nada, se refirió a su ictus como “un marichalazo”.

La expresión “marichalazo” es importante. Se había puesto de moda el verano anterior porque al exconsorte de la Infanta Elena también se le presuponía cierta afición por la fariña y se le atribuía a esta misma ser el origen de un derrame que -a Dios gracias- no le mató, pero le dejó su aristocrática efigie algo más rígida. Al decir “marichalazo”, Sabina venía a confesar que se había vuelto a pasar con la cocaína, la misma que había estado tomando (la aclaración es propia y registrada con luz y taquígrafos en diferentes medios) durante 20 años en cantidades propias de un Tony Montana, o un Coto Matamoros.

Cuando decíamos “marichalazo” no estábamos diciendo que el ictus venía por un problema cardiovascular de tensión arterial alta, o por hacer deporte sin control y preparar maratones sin la genética adecuada, sino que estábamos asegurando, con un punto de orgullo proletario, que se nos habían reventado varias venas del cerebro por pasarnos con el alpiste.

 

De rimas y ripios

Joaquín Sabina rima con cocaína -ahora no nos consta si ha recurrido a una figura lírica tan vulgar en alguna de sus letras, que podría-, y lo ha sido durante muchos años. Sabina ha vendido esa imagen a lo largo de incontables canciones, la del rufián de barrio popular al que se le acaban las noches en el bar bebiéndose los cubatas a pares, el que siempre lleva una petaca en el bolsillo por si las moscas, el que entre vasito y vasito de whisky -aunque él, como Umbral y Ángel Antonio Herrera, probablemente escribiría güisqui, que queda más español, en la línea del guáter que acuñara Cela– se retiraba con los colegas, precisamente, al guáter para cortar unas rebanadas de colombiana sobre la tapa del inodoro. Invitando él, por supuesto.

Sabina ha proyectado una sombra de maldito y de despojo, de perdedor con honra al que le salva la poesía, el rock, una mujer fatal sedienta de sexo a la luz de la luna y, como colofón de todos los vicios, el estimulante definitivo que te hace sentir invencible, que te seca la boca y necesitas refrescártela con cerveza y besos. Hasta que la cosa se desmadró, lógicamente, que uno no es joven para siempre, y decidió bajarse de la montaña rusa aprovechando una curva suave. En 2006, Sabina anunció que se había retirado del juego de las drogas.

Sólo conservaría, dijo, algo del alcohol, algo de los porros y el tabaco, porque le ocurría como a consumados fumadores como el maestro Antoñete y Keith Richards, que por mucho que lo intentara no había manera de alejarse de esa chimenea envenenada, que no podía estar en un sitio sin fumarse encima, y que con la colilla de un Ducados encendía la punta del siguiente, y así día tras día, cartón tras cartón, hasta emitir en la atmósfera más cantidades de dióxido de carbono que unos altos hornos.

Algunas malas lenguas aseguraban que todo esto era de cara a la galería, pero que de puertas para adentro la tarjeta de crédito seguía teniendo una actividad frenética, y no precisamente realizando compras en El Corte Inglés como un directivo de Bankia. Gente que había trabajado en los montajes de sus conciertos comentaba historias terribles sobre una especie de habitación privada en el backstage en la que se había dispuesto un cubo en el que, en los descansos, acababan recogidos vómitos y demás inmundicias.

Todo esto es posterior a ese 2006 que aparece en la biografía de Joaquín Sabina como el año cero del organismo saneado, el de su nueva vida monacal, ascética, serena y sin los upde juernes a domingoand downs -de lunes a miércoles- de tiempos pasados, mucho más acordes con su aureola de maldito, de Rimbaud de Úbeda, de rockero castizo, de rapsoda del arroyo. O mienten ellos o miente él, pero alguien miente.

En todos estos años ocurrió de todo, pero lo que nunca ocurrió es que Sabina se bajara de un escenario. Antes tendrían que haberle agarrado con ganchos, o dispararle balas de cañón, o rociarle con ácido, para que él cometiera el ultraje para con sus fans de dejarles a medias: ningún gramo aguantaba entero en el bolsillo, y ningún concierto se acababa, a la manera springsteeniana, sin haber tocado todas las canciones que había que tocar.

Es que a Sabina ni se le movía el bombín: en el escenario era señor del rectángulo, dominaba la situación, se acercaba a los músicos con tanta seguridad que hasta podría sacar un botijo mientras se hacían un solo de guitarra, y compartiendo el chorro, no fallar ni el chorro, ni el solo. He podido ver a Sabina en algunas ocasiones -todas cuentan como algunas de las peores noches de mi vida-, y allí he visto horrores, he escuchado ladridos de podenco donde otros oídos se han extasiado con un bardo andaluz emborrachado de Bukowki, pero nunca he visto a un hombre inseguro. Precisamente, en el estado en el que salía Sabina a cantar, lo que se sentía era indestructible, eufórico, dueño del mundo.

Sabina

¿Puede el pánico escénico aparecer cuando se desvanece la seguridad artificial? Sabina venía, antes de lo de Madrid y la espantá, de una gira por Sudamérica, donde el público es el doble de exigente, tan insistente que no te dejan, no sólo irte al camerino antes de tiempo, sino ni siquiera retirarte cuando te lo recomienda el mismo doctor de Oiga doctor’. Los problemas de salud –esa letra memorable: “oiga doctor, que ya no se me empina”– siempre le han rondado, había una consciencia latente de que este ritmo infernal no sería para siempre, que tal como venía una bajona le acompañaba también un gatillazo, y que detrás de una tos y un pollo verde escupido en el fregadero había también un hígado que iba tras los pasos del de Raphael y un amago de taquicardia.

Si algo podía bajar a Sabina de un escenario, o del taburete alto de una barra de una tasca de Lavapiés o Malasaña, no era el miedo, sino el exceso. El pánico escénico es una cosa muy seria, y ocurre cuando hay mucho que demostrar: le ocurre a artistas de mentalidad débil y carisma frágil –la pobre Pastora Soler-, y a quien debe rozar la excelencia cada noche. Cuando eres cantante de ópera y debes hacer malabares con la voz, y te arriesgas a un abucheo por no llegar a la nota más alta, el pánico es real, muchas carreras han muerto en esos trances, sepultadas por una responsabilidad atroz, inhumana; no es el caso de Sabina, el que quiso ser el Tom Waits de la plaza Tirso de Molina, el gruñidor de versos consonantes y vestidor de metáforas en las antípodas del simbolismo.

Resulta que anoche, en el segundo concierto en Madrid, no pasó nada; o sea, pasó lo de siempre. Joaquín Sabina profesional, en su línea, sin sustos. Lo llaman pánico escénico cuando quieren decir yuyu. Yuyu como síntoma del cuerpo, como flojera del ánimo, como vahído o bajón: puede ser la salud, que dice basta, que ya no soporta estos trotes -el estrés, la fatiga, la rutina machacona que a cierta edad relaja las defensas y abre la puerta al desvanecimiento, la pesadez de párpados y la laxitud de brazos; es en esos momentos como, cuando Ricardo III, daríamos nuestro reino por una cama-, o puede ser cualquier otra cosa, en píldora o en polvo.

También es cierto que a Sabina, en las últimas semanas, se le han trastocado los equilibrios emocionales. Poneos en su situación: de ser un cantautor de éxito, todavía respaldado por su gente pero pasando de puntillas por la actualidad para beneficio de su páncreas, a volver a estar en boca de todo el mundo: Diego A. Manrique reivindicándole de manera ruidosa en ‘El País’ por un quítame allá esas pajas con la revista ‘Rockdelux’, a Juan Carlos Monedero abroncándole en la prensa porque de política sólo puede opinar él y no un cantante, que lo que tiene que hacer es cantar y no opinar de Podemos, y al mismísimo Pablo Iglesias declarándose fan del susodicho en el prime time de La Sexta y situándole como el referente musical de la nueva izquierda de las clases medias.

A cualquiera le daría un síncope de responsabilidad, y no es para menos. Estaba muy curtido Sabina, pero no para que a su edad le pusieran en estos pedestales y en estas refriegas. Decía que se iba a retirar, poco a poco, siguiendo el clásico plan del mañana lo dejo. Y sí, tal como está el patio, ya va siendo hora de dejarlo.

 

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