Vicio y subcultura Manos arriba, Tidal es un atraco

Lo de Tidal, opina Javier Blánquez, no es la panacea que nos están vendiendo, sino un bochornoso fraude piramidal que consiste en robar a los pobres y no tan pobres para dárselo a los asquerosamente ricos.

Jay-Z-y-Beyoncé
Javier Blánquez | 02/04/2015 - 17:08

Hace unos meses, se acordarán, Taylor Swift dio la orden de retirar toda su música de Spotify.

La decisión de la sílfide de las piernas aseguradas en más de un millón de dólares causó bastante revuelo en la industria musical porque, al fin y al cabo, ponía el dedo en la llaga del gran problema de las plataformas de streaming: mientras los directivos se lo llevan crudo, mientras los sellos discográficos se acaban embolsando una generosa parte del león en beneficios por los derechos de propiedad, los artistas son los que acaban pillando las migajas de un negocio muy lucrativo.

Se dirá, con razón, que Taylor Swift no necesita unos pocos miles de dólares más para llegar a fin de mes, pero ésa no es la cuestión: independientemente de lo lucrada que esté, y de la calidad de sus canciones (que tiene tantos fans como detractores que piensan que Gemeliers son mejores), lo que no debe permitir un artista es que otros se hagan de oro a costa de su trabajo (y el de su equipo).

Taylor

 

¿Una diva con carácter?

De entrada, el gesto de Taylor molaba porque venía a decir: Spotify, no vais a sacar ni un euro más a mi costa. Olía a chamusquina, pero empezaba bien. Y habría sido un gesto muy punk, valiente y pionero si se hubiera limitado a eso: a sacar de la circulación pública su música hasta que no se encontrara una manera justa de remunerar a los autores por la difusión indiscriminada de su música.

Pero no sólo la de Taylor Swift; la de todos. El problema es cuando los discos de Swift se pueden escuchar ahora en Tidal, una nueva plataforma de streaming comprada a tocateja por Jay Z -el rapero que se parece a Jorge Luis Borges se ha gastado 56 millones de dólares en reflotar una marca fracasada-, y que esconde un mensaje muy perverso: las estrellas del pop se montan su propio cortijo para llevarse el beneficio que no obtienen con Spotify, Pandora o Rdio.

Si vas a buscar el nuevo single de Rihanna a Spotify, no lo encontrarás. Pero en Tidal sí. Poco a poco, el material de los artistas que han impulsado Tidal como parte del accionariado sólo podrá escucharse ahí -o en las plataformas que les garanticen una buena tajada del pastel-, y esa actitud egoísta, en un tiempo de transición en el modelo de negocio de la música digital, aunque parece astuta, es verdaderamente miserable.

Recuerda, por poner un ejemplo, al comportamiento de ciertos políticos, que pudiendo encontrar soluciones en beneficio de todos, prefieren movilizar a sus votantes -en este caso serían los fans- para intentar elevar sus propias estructuras de gestión, únicamente para su enriquecimiento. No importa la música, sino su música. En realidad, ni importa su música: sólo el balance de cuentas.

 

Atraco a mano armada

Detrás de otras marcas como las citadas Spotify o Rdio, hay grupos de tecnología que invierten fuerte en el streaming, ahora mismo la porción del mercado musical que más crece y que genera más beneficios por publicidad y suscripciones. Su modelo de negocio es carroñero, pero al menos no discrimina a nadie en particular: si ingresan 10 euros de tu pago mensual, igual 1 euro se reparte entre todos los autores. No da ni para pipas, pero precisamente los artistas tienen que encontrar una manera de unirse y presionar para que primero sean 2 euros, y luego 5. Pero la mayoría no tienen fuerza ni para levantarse de la cama, así que se dejan llevar por la corriente: lo que caiga, bueno es, y a picar piedra como cada día.

Paradójicamente, aquellas figuras que tienen más ingresos -entre los socios de Tidal están Madonna, Kanye West, Alicia Keys, Daft Punk, Arcade Fire, J. Cole, Coldplay y deadmau5– son las ratas que primero han abandonado el barco para construirse el yate de 30 metros de eslora que creen acorde con su posición privilegiada.

Alicia-Keys

 

Lo que pretenden es que, para escucharles, te suscribas a Tidal, abandones Spotify, y además pagues el doble porque lo que te ofrecen es un producto premium, como una especie de Macbook del software para streaming. Es una maniobra comercial delirante, porque implica lo siguiente:

Uno. La guerra en el streaming, ahora mismo, está centrada en conseguir bajar los precios. Quien tenga la subscripción más económica conseguirá arrebatar clientes a la competencia. Por ejemplo, en los últimos días se han publicado informaciones, todavía muy basadas en la especulación, sobre el servicio que está preparando Apple junto con Beats Music. Lo que ha intentado Apple es obtener los derechos de los catálogos de las majors y de las principales discográficas indies a un precio reducido, para poder ofrecer una subscripción por 7 u 8 dólares al mes. Al parecer no se ha llegado a este acuerdo, porque los sellos ya no están dispuestos a vender su fondo a peso. Pero en Apple saben que lanzar su producto por 20 dólares sería una maniobra torpe, o un suicidio.

Dos. Más allá de lo bonito que pueda ser el diseño de Tidal, el argumento de compra es básicamente subjetivo: se trata de movilizar la fe ciega del consumidor, para que compre Tidal como si fuera un disco de Jay Z o una entrada de concierto de Madonna. Pero aquí de lo que estamos hablando es de una pandilla de gente asquerosamente rica, totalmente desapegada de la realidad, que cree de veras que habrá millones de incautos dispuestos a gastarse una pasta al mes para escuchar un catálogo todavía exiguo sólo porque Calvin Harris lo dice, o lo dice el tío de Coldplay (que encima sabemos que es un calzonazos de su ex señora; hay que tener estómago para aceptarle órdenes), o lo dice Madonna, la que se va cayendo por los sitios. Sería sorprendente que funcionara.

Coldplay

 

Tres. La puesta en escena el pasado lunes, en la rueda de prensa de presentación de Tidal, fue para echarse a llorar. Ahí teníamos, en fila india, a una colección impagable de monigotes con casco, pollaviejas del rap, señoritas recauchutadas y a la Lola Flores del pop marica, todos encantadísimos de haberse conocido, con la peor ropa que habían encontrado en el armario (menos Nicki Minaj, que mientras le resalte el culo, como si se quiere poner una cortina de ducha), haciendo el paripé. Gente que con el gesto decía “si alguna vez compraste un disco mío, también puedes comprar esta cosa chachi-piruli que me he montado”, pero que no podían esconder la sensación de timo que estaban intentando perpetrar para con el personal. Muchos sentimos una vergüenza ajena inenarrable.

Nicki-Minaj

 

A estas alturas del siglo, tendríamos que estar inmunizados contra esta publicidad obscena que intenta vender buñuelos de viento con gestos enrollados. Es como comprarse el perfume de Kate Moss, que pudiendo oler a su coño o su sobaco, en realidad huele a almizcle de laboratorio: una basura de producto acompañado de una cara conocida.

Tidal es lo mismo: si no viniera apadrinado por gente de la que encuentras perfectamente 20 copias de sus discos en todas las tiendas de la cadena FNAC, nadie se habría molestado en hablar de lo que es, por ahora, un servicio insuficiente en un segmento del negocio, el de la música en streaming, en el que la gente ya sabe lo que quiere.

Y la gente quiere tener el mayor número posible de discos, hacerse playlists (o que se las hagan), que les salga baratito y que, si hay publicidad, moleste lo mínimo. Nadie se apuntó a Spotify porque lo dijera una mamarracha con rulos o un choni con casco: fue la relación calidad-precio. Y sí, Spotify les ha estafado millones a esta gente y a otros artistas con presupuestos más modestos, pero para sacarse la espina también hay que tener vergüenza, y que ahora vengan cuatro peponas multimillonarias con intención de estafarnos a todos, pues mire, no; no cuela.

Kate-Moss

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