Vicio y subcultura De mayor quiero ser Tom Cruise

Toca rendirse a Tom Cruise, el tipo endiosado, desquiciado y loco de atar que viene a rescatarnos de la mediocridad urbana con su eterna ‘Misión Imposible’ ahora que se acerca agosto y las ciudades se quedan vacías.

Tom Cruise
Javier Blánquez | 27/07/2018 - 16:47

Si cuando me muera resulta que la reencarnación es cierta, y las almas se transmigran y volvemos a nacer en otro cuerpo, a mí me gustaría que, llegado el momento, mi ser no se transformara en gato o en animal de granja, sino en la criatura más fascinante de la naturaleza, que es Tom Cruise.

Me gustaría ser Tom Cruise algún día porque seguramente es una experiencia más fuerte que escalar las montañas del Himalaya, viajar a Japón con todos los gastos pagados, nadar entre delfines y recorrer África de norte a sur. Ser Tom Cruise significa que puedes ver el mundo a través de los ojos de Tom Cruise, que es un tipo que está crecidísimo, forrado, que está a un nivel de fama insuperable y que, por lo que nos podemos imaginar, debe estar como una cabra. Mejor que el peyote.

Es por esto, y por muchos otros motivos, por los que Tom Cruise es dios.

Hay actores de edad avanzada que se resisten a reconocer que ya no son jóvenes marchosos con el cuerpo tenso y fibroso y el furor sexual en auge, como Matt Damon, Mark Wahlberg o Ben Affleck, pero ninguno como Tom, porque Tom ya tiene 56 años y no es, ni de lejos, el ídolo que forraba con su cara de niño bueno las carpetas de las adolescentes en los ochenta, aquella época en la que protagonizó películas inolvidables como Top Gun, Cocktail y la mejor de todas, Risky Business.

Pero él sigue creyéndose joven, entre otras cosas porque bebe diariamente litros de agua embotellada de Royal Desidee, un manantial de Escocia que, dice, retrasa los efectos del envejecimiento y le mantiene más embalsamado que el bótox. O también porque, esto se ha sabido esta semana, cada día se pone emplastos de excrementos de ruiseñor en la cara, a modo de máscara de belleza, para mantener la piel perfecta. Tom Cruise es como Cleopatra, y como se cree joven, atlético e invencible, por eso Tom sigue dándonos la droga que más nos gusta y la mierda que más nos excita, o sea, las sucesivas entregas de la franquicia Misión Imposible, que es al cine lo que el perico en el backstage de Guns’n’Roses, el verdadero motor del espectáculo.

Tom Cruise

 

Dosis extra

La sexta entrega de la serie, titulada Fallout, llega a los cines hoy y, como era de esperar, es un chute de adrenalina más fuerte que el que John Travolta le inyecta a Uma Thurman en Pulp Fiction, una de esas películas con más acción que una escena porno de James Deen, con más cambios de ángulo que el plano de un laberinto, y con más velocidad que Usain Bolt en su época de plenitud.

Hay en los últimos años varias sagas cinematográficas de entretenimiento que han pasado el test más difícil, que es el de las palomitas –uno o dos cubos grandes son los que suelen caer, de media–, y que tenemos en un altar del cine para pasar el rato y disfrutar como un enano, que son Vengadores y Jason Bourne. La serie Misión Imposible, sobre todo en su cuarta y quinta entrega (Ghost Protocol y Rogue Nation) eran exactamente lo que nos la ponía como la vena de un cantaor: acción delirante, finales épicos, trucos de magia tecnológica, viajes por el mundo y, por supuesto, un Tom Cruise desbocado que pedía que cualquier parte del guion estuviera diseñada para su lucimiento. No se había visto nada así desde Mel Gibson en Braveheart.

Tom Cruise se sabe inmortal, un dios en la tierra, y por eso pide que sus líneas de diálogo sean memorables y que sus escenas de acción entren en el juego del más difícil todavía. Lo que ocurre en Fallout es, como no podía ser de otra forma, para mear y no echar gota: se sube a aviones en marcha, se libra de explosiones, se tira por acantilados y desde arriba del todo de edificios.

Tom Cruise

 

Y además, se empeñó durante el rodaje en hacer él casi todas las escenas sin la ayuda de un extra especialista en maniobras peligrosas, lo que ocasionó un retraso en la producción porque se lesionó una pierna. Pero así es Tom: un hombre DE VERDAD que hace todo lo que sea necesario para que lo flipemos cuando estemos en el cine y aparezca su rostro tenso y brillante en pantalla.

 

Una experiencia religiosa

Por lo demás, ser Tom Cruise debe parecerse mucho a una experiencia extracorporal o una abducción por alienígenas, porque lo que pasa por su cabeza no tiene pinta de ser normal. Antes decíamos lo del agua, pero las excentricidades del actor que nos fascinó con personajes como Frank T.J. Mackey en Magnolia –responsable de la frase mítica “respetad la polla”– son aún mayores.

Exige que en los contratos de todas las personas que participan en una película suya se incluya una cláusula que obliga a que nadie le pueda mirar a la cara, y en su tiempo libre se gasta el dinero en caprichos como aviones de la Segunda Guerra Mundial. Por lo demás, hace cosas que ya nos gustaría a los demás poder llevar a cabo, como no tener correo electrónico ni teléfono móvil, ni llevar dinero encima, como Jordi Pujol, que es un gesto que transmite poder y liderazgo: cuando todo en tu vida es gratis, como le ocurre a Carlos Herrera, o paga un asalariado que se encarga de las tareas sucias, es que sin duda eres un dios en tu propio entorno. Por lo demás, si cobráramos tantos millones por película como Tom, sin duda pasaríamos de artilugios del diablo como el móvil y el email, que sólo nos hacen perder el tiempo.

Tom Cruise

 

Más cosas para desear ser Tom. Por ejemplo, la libertad personal de la que disfruta, una vez roto su matrimonio con Katie Holmes en 2012. Tom lleva seis años soltero, dedicado por entero a la fe en la cienciología, y aunque el dictamen que extraemos de muchos de sus actos es que está loco de atar –llegó a pensar que su hija Suri era la reencarnación de Ron L. Hubbard, el gurú de la cosa, e incluso llegó a quererle hacer un exorcismo–, al menos hay que saber reconocerle que sólo se arrima a las mujeres cuando le compensa.

Aquí podemos introducir la variable de la homosexualidad, y dar espacio a las insidias, propagadas por Hollywood desde hace décadas –sobre todo desde que encarnó al piloto de aviones Maverick en Top Gun, una película abiertamente gay de la que habrá continuación en 2019–, e incluso recordar aquella mítica portada de la revista Star, que decía que había existido un romance (bromance) continuado durante 30 años entre Cruise y Travolta a la luz de la cienciología, y que estaba ocultado por sus matrimonios tapadera. Pero en el caso de que Tom fuera gay, en el ínterin habría tenido comercio cercano con la Penélope Cruz post-Nacho Cano –época Vanilla Sky, la mejor de todas–, con Nicole Kidman en su plenitud –época Eyes Wide Shut– y con Katie Holmes, de la que no recordamos ningún papel bueno.

 

Sin control

Nos fascina Tom Cruise porque es exceso incontrolado en todos los aspectos de su vida. Si se trata de ir a sitios, tiene chorrocientos jets privados.

Tom Cruise

 

Si se trata de comer, lo hace en los sitios más lujosos, pero siempre a partir de su estricta dieta, con la que combate al milímetro el envejecimiento y la oxidación de sus moléculas corporales. Si se trata de trabajar, siempre será en proyectos hechos a su medida –la saga Jack Reacher, La momia, Knight & Day, cosas con Spielberg–, o asumiendo papeles pequeños y vistosos en proyectos de amigos o con autores de mucho prestigio, como lo que hizo en Magnolia o disfrazado de hombre gordo y calvo en Tropic Thunder, con número final bailando trap en los títulos de crédito.

Son por cosas así por las que Tom Cruise siempre está un paso por delante en el mainstream: es arrogante, vanidoso, insoportable, pesetero, pero lo lleva todo tan al límite, al borde de la locura –de ahí que se involucrara en películas como El filo del mañana–, que sólo él puede hacerlo. Cualquier otro actor se sentiría estúpido, o como un insecto de mierda. En cambio, Tom es Tom. Y tiene la mejor sonrisa del planeta.

Tom Cruise, en definitiva, ha vuelto para salvarnos el verano.

Tom Cruise

 

Ahora que se acerca agosto y las ciudades se quedan vacías, tendremos la oportunidad de refugiarnos del calor estival y de la mediocridad urbana con un nuevo título de acción en el que se desparrama como un poseso y vuelve a subir el listón del ego al servicio de Ethan Hunt, el héroe de acción más pasado de vueltas de la historia. Y seguro que en su cabeza ya se plantea volver a las andadas, cuando tenga 60 años y se siga creyendo joven e inmortal gracias al agua escocesa, la macrobiótica, la mierda de ruiseñor, la fe en la Dianética y cualquier otra mercancía new age que le esté flipando en ese momento.

Ojalá poder ser Tom Cruise por un día, porque Tom Cruise es lo mejor que nos ha pasado en la vida.

 

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