Mad Men Lab La erótica del yacer

Silvia Cruz no comparte el entusiasmo por los políticos que parecen sentir muchas mujeres. Ni Hollande ni Monago ni casi ninguno de los políticos a los que ha entrevistado durante su carrera periodística tienen para ella la menor erótica.

Julie Gayet, víctima de la erótica del poder
Silvia Cruz | 21/11/2014 - 13:21

Estoy de la erótica del poder hasta más allá del moño.

Veo las imágenes del presidente francés François Hollande charlando con su nueva chica, desparramado en una silla, sin americana, marcando panza y encantado de conocerse y sigo sin entender qué carajo es eso de la erótica del poder. No es que dude de sus habilidades comunicativas, que las desconozco, ni de su poder de seducción, pero tiro de mis conocimientos, extrapolo conclusiones y no hay manera posible de que me trague que Julie Gayet anda con él por alguna de esas cualidades.

Que sí, que lo sé, que la gente no es sólo cuerpo y que si fuera así la mayoría de los humanos no encontraría la manera de dormir con compañía. Pero hay historias que no cuelan, que tengo muchos años y algunos espolones como para saber que las penas con pan son menos y que algunos son capaces de tragarse un sapo con tal de no doblar el lomo para ganárselo. O para ganárselo más fácilmente.

 

También por estos pagos

Pero volvamos a casa, que Francia nos queda lejos y aquí aún anda coleando el asunto Monago. El presidente de la Junta de Extremadura tiene aún que aclarar (un poquito más, por favor) si determinados viajes que hizo a Canarias los hizo para ver a su “chati” o para currar de lo lindo y si los pagó de su bolsillo o a cuenta de todos nosotros.

En España nos jactamos mucho de que no nos interesan los asuntos de cama de nuestros políticos siempre y cuando hagan bien su trabajo. Que muchos no lo hacen bien lo sabemos de sobra y aún así se callan sus andanzas amorosas, más por tradición que por falta de ganas de contarlo. Se lo digo, yo que soy periodista.

A mi lo de la erótica del poder me suena a excusa fácil de hombre o mujer que se deja caer en los brazos de un poderoso en busca de cosas que poco tienen que ver con el amor, el calor o la simpatía y que luego tienen que justificarse como sea. Porque hay casos en los que no basta con explicarse, hay justificarse ante el mundo, tu dios y tú mismo. Y en algunos casos, estaría bien incluso lavarse con lejía.

Yo he conocido a unos cuantos políticos, bastantes, por mi trabajo y estoy en disposición de afirmar que el que se deja embaucar por uno de ellos es porque tiene ganas o porque gustos los hay de todos los colores. No conocí a ninguno al que no se le viera el cartón a mil kilómetros de distancia. Guapos había pocos, educados y cultos unos cuantos y además encantadores diría que uno o dos y estaban casados y sin ganas de complicarse la vida.

Lo que sí saqué en claro de aquellos años es que a los políticos les pasa como a los músicos: tienen grupis en cada sede y en cada ciudad. La diferencia es que en lugar de canciones, entonan eslóganes y si tienen suerte, se saben hasta el programa electoral de carrerilla.

 

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