Vicio y subcultura Obsesionados con Riley Reid

Blánquez se rinde al encanto abrumador de una actriz X que desafía casi todos los cánones: ha llegado a la cúspide con su cuerpo menudo, sus pechos discretos y naturales y sin depilarse la entrepierna ni renunciar a su eterna sonrisa.

Riley Reid
Javier Blánquez | 31/10/2016 - 17:53

Como bien reconocía Asa Akira en su último libro de memorias, ‘Dirty Thirty’ –artefacto guarrísimo y lujurioso del que ya hablamos aquí, utilizando sólo la mano izquierda al escribir–, no hay momento más granado, importante y de esos de marcar en rojo en el calendario, para una actriz porno que haya conseguido escalar hasta la élite, que la semana de circo y promiscuidad que se organiza a mediados de enero en Las Vegas, con motivo de la entrega de los premios AVN, ya conocidos como ‘los Oscar del porno’.

No sólo se trata de un escaparate fundamental y un momento especialmente delicado para las relaciones públicas –pues ahí se negocian contratos y exclusivas, se pisa a las rivales para conseguir las mejores escenas del futuro–, sino que el hecho de coronar el fin de semana con alguna estatuilla especialmente preciada, ya sea mejor starlett, mejor escena chicho/chica, o cualquiera de esas, puede marcar en buena medida la evolución de una actriz en la selva de los vídeos X.

Acabar coronada como la ‘female performer of the year’, que es el reconocimiento máximo, como en los últimos años les ha ocurrido a chicas como Tori Black (2010 y 2011), Brooklyn Lee (2012), Asa Akira (2013), Bonnie Rotten (2014) o Annika Albrite (2015), significa que, al menos en cuanto a reconocimiento por toda una carrera dedicada al sexo desbocado, una puede dormir tranquila para la eternidad. El dios Eros te ha sonreído.

 

Nunca llueve al gusto de todos

Los premios AVN son un poco como el Nobel, que siempre generan discusiones acaloradas y no parecen contentar nunca a nadie. El año pasado, y quizá contra todo pronóstico, la porn star del año fue Riley Reid, una chica que parece no generar ningún tipo de conflicto grave –a todo el mundo le gusta, en gran medida–, pero que nunca había parecido estar en esa posición de privilegio en la que, como diría Pablo Iglesias, se pueden asaltar los cielos.

Ocurre, sin embargo, que Riley Reid echó el resto durante todo el año 2015, estrenándose en su película ‘Being Riley’, para el sello Tushy de Greg Lansky, en disciplinas como la doble penetración y el santo grial de cualquier actriz porno, la primera escena anal, y con semejantes armas arrasó a sus rivales, que igual ya venían con la retaguardia más castigada, pero sin la florarl virtud de la novedad.

Riley Reid

 

Cuando se estrena un orificio, en el porno eso se traduce en oro. Ninguna de las otras competidoras por el galardón, como Carter Cruise, Romi Rain, August Ames o Eva Lovia, podía presentar una hoja de servicios tan abrumadora. En nuestra humilde opinión, seguramente Aidra Fox, Adriana Chechik y Keisha Grey –grandes favoritas para 2017– habían rodado escenas más explosivas y más intensas, de una guarrería deluxe, pero Riley había ofrendado a los dioses del porno su posesión más preciada, la virginidad de su ojete, y eso cuenta mucho.

 

De un tiempo a esta parte

Es prácticamente seguro que Riley Reid no repetirá como la diosa del sexo que es ahora mismo en la ceremonia del próximo 21 de enero en Las Vegas. Están a punto de conocerse las nominaciones para los premios de este año, pero está claro que Reid no ha redondeado un ejercicio tan perfecto como el de la temporada pasada. Seguramente se pueda llevar alguna estatuilla menor, pero no le queda otra que ceder el testigo.

Así es el porno: una maquinaria feroz que impide que los ídolos se sostengan arriba por mucho tiempo, donde cuesta horrores y el sacrificio de más de una apertura del propio cuerpo para llegar hasta arriba. Y, sin embargo, a Riley Reid le ha ocurrido en todo este tiempo lo mismo que a Lisa Ann en sus mejores días: la gente la adora, no importa si gana o pierde; es como la favorita de todo el mundo.

Sin ser un ejemplo de perfección, algo tiene Riley Reid que cae bien, gusta y excita, y además se mantiene fiel y constante en una manera de hacer las cosas en el porno, algo que acaba por generar frutos y distinciones interesantes. El premio AVN de hace unos meses a la ‘female performer of the year’ no deja de ser eso: un reconocimiento obligatorio, un acto de justicia.

Conocimos a Riley Reid ya hace unos años, y tal como follaba ante la cámara entonces sigue haciéndolo ahora: siempre ha parecido muy joven, incluso ahora que tiene los 25 años recién cumplidos daría el pego en cualquier serie de escenas teen, y sin ningún particular aspaviento o exhibicionismo pasado de rosca en las redes sociales ha conseguido consolidar una imagen de chica normal que disfruta extraordinariamente con el sexo, que comunica a la vez la idea de ser la vecina de enfrente y, de paso, el objeto de deseo accesible al hombre normal.

Riley Reid

 

Seguramente, más allá de sus rasgos físicos –que no son para todo el mundo, pero que son un activo imbatible en el caso de Riley–, lo que más destaca en sus escenas es la sonrisa: a diferencia de otras actrices, que mientras les están trabajando los bajos parece que ya estén pasando la factura al gestor, chicas que más que actrices parecen funcionarias de correos –lo de correos no va con segundas, pese a lo que pueda parecerles–, Riley Reid no para de sonreír.

Parece una polluela entusiasta que se sorprende gratamente cada vez que ve una barra de carne monumental, que la disfruta como si fuera regaliz y que nunca tiene un mal gesto cuando nota la introducción de anatomías ajenas en la propia, especialmente estrecha y delicada, hasta el punto que se diría de porcelana china. Ella siempre extiende las comisuras de los labios, pone ojitos y se retuerce como una anguila.

 

La secta del matojo

Riley Reid, justo después del imperio de Sasha Grey Tori Black –ambas ya retiradas, y convertidas en leyendas–, fue la estrella del porno contemporáneo que puso de moda el cuerpo natural y la abundancia de pelo. Y esto fue en gran medida una transformación importante, porque un buen sector del mainstream daba por hecho de que, en este momento, lo que gusta a la mirada de los espectadores es la juventud sin retoques.

Quedaron atrás aquellos días en los que era necesario ponerse unos pechos de plástico que parecían calabazas: Riley Reid es más fina que un silbido, tiene unas tetas que caben perfectamente en la mano –teta que mano no cubre no es teta, es ubre, dice el refrán–, y encima sobra mano, y ninguna de sus proporciones físicas es rotunda: poco culo, cara de mazapán y, como rasgo más delicioso, digamos que tiene un pelo castaño y lacio que cae en cascada y que le disimula muy bien casi todo el tatuaje japonés que le recorre la columna vertebral. Hubo un tiempo en que Riley, afectada por problemas de acné, rodaba las escenas con una cara muy maquillada, para disimular los granos, pero ahora que ha resuelto el problema, parece como si de cuello para arriba brillara un sol.

Así que su éxito es en buena medida un misterio, pero también una verdad de cajón: Riley Reid ha llegado silenciosamente hasta arriba porque ofrece un producto aparentemente especializado pero que puede gustar a mucha gente –como Radiohead, pero cabalgando a lomos de sementales y fuckers arácnidos–, y porque en cada escena se entrega y no cede ante ninguna presión.

Riley Reid

 

Seguramente, habría quien quisiera verla con algunos kilos de más, luciendo un culo más respingón, pero qué diablos: la tabla de planchar también tiene su mercado en el porno. Habría quien le demandaría que se operara las tetas, que añadiera más volumen, pero ella sabe que la tetilla de cabra también tiene su cofradía. Un día, decidió que no tenía por qué depilarse el vello púbico, y en gran medida fue una de las primeras estrellas pujantes que volvió a poner de moda el chocho peludo. Nunca se sumó a ninguna moda: creó su propio lenguaje, y durante varias temporadas ahí sigue, resistiendo, estando arriba del todo, ganando premios, erigida como la más rentable de todas las chicas Spiegler en activo. Sin dejar de sonreír nunca.

El premio AVN de 2016 fue merecido: Riley Reid culminó la curva ascendente de su carrera con cuatro escenas para la productora Tushy –la antes citada, y prodigiosa, ‘Being Riley’, donde además de superar varios de sus límites en el porno consiguió que sus ojos plateados nunca dejaran de brillar, como las lunas gitanas de García Lorca–, y desde entonces se ha mantenido en un valle horizontal y estable de excelencia.

Parece que tiene claro que el porno es una profesión a largo plazo: en sus más de cinco años de trayectoria podría haber encontrado momentos para abandonar y retirarse, pero ha conseguido derribar esa barrera psicológica y tiene pinta de que habrá Riley para rato. Si las sensaciones que nos ha transmitido son ciertas –está a gusto con su cuerpo poco ‘normativo’, no piensa operarse, y disfruta cada escena como si fuera sexo privado en su casa, que por lo que nos muestra en Instagram parece que lo practica a diario–, seguramente seguirá reinventándose y encontrando su lugar. Riley

Reid transmite felicidad en el porno. Y es por eso que el mundo se ha obsesionado con ella. Merecidamente, claro.

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